Basura y dignidad: Aumentan proyectos de reciclaje inclusivo en Latinoamérica

Eloisa Cartonera books, made by unhoused workers. While the project was born in Argentina, it has expanded to other Latin American countries, like Perú, Ecuador, Chile and Colombia. Creative Commons.

Libros Eloísa Cartonera, hechos por trabajadores sin hogar. El proyecto surgió en Argentina, pero se ha extendido a otros países latinoamericanos como Perú, Ecuador, Chile y Colombia (Creative Commons).

Esta publicación es parte de la serie Spotlight de Global Voices, «Crisis globales, soluciones locales«. Puedes apoyar esta cobertura con una donación.

En toda Latinoamérica, el reciclaje juega un papel social y económico mucho más importante de lo que podrían indicar las medias globales. A pesar de los avances en gestión de residuos en el mundo, el índice promedio de reciclaje en la región continúa siendo sorprendentemente bajo: en torno al 4%. No obstante, se calcula que dentro de este limitado sistema formal hay dos millones de personas que se ganan la vida gracias al reciclaje informal y que conforman un pilar esencial, a menudo invisible, para recuperar residuos urbanos.

Para muchos de estos trabajadores, reciclar es más que una práctica ecológica: es un medio para sobrevivir. Mujeres, migrantes, poblaciones desplazadas y personas sin hogar que viven en condiciones urbanas precarias están entre quienes dependen de recolectar, clasificar y vender materiales reciclables para sustentar sus vidas cotidianas. En este contexto, la basura se transforma en recurso y en sustento.

Entonces, ¿cómo sostienen a estas comunidades las diferentes iniciativas de la región? Y, ¿cómo los proyectos de reciclaje van más allá de los beneficios ambientales para promover dignidad, generar ingresos y abrir caminos para la inclusión social de algunas de las personas más vulnerables de las ciudades latinoamericanas?

Eloísa Cartonera: Libros hechos por cartoneros en Argentina

Eloísa Cartonera es uno de los proyectos editoriales independientes más peculiares de Latinoamérica. La iniciativa se fundó en Buenos Aires en 2002, durante la devastadora crisis económica argentina. Surgió en un momento de desempleo masivo, inestabilidad social y auge de la pobreza luego de que el país colapsó en 2001.

El proyecto trabaja con cartoneros, personas que recolectan y venden cartón desechado; muchos no tienen hogar o viven en condiciones precarias. Eloísa Cartonera les compra el cartón a un precio justo y emplea a los trabajadores para que elaboren a mano y pinten los libros, y transformar así materiales reciclados en obras de arte únicas. Las ganancias de las ventas se comparten entre trabajadores y organizadores.

El escritor Washington Cucurto, el artista visual Javier Barilaro, y un grupo de artistas y activistas fundaron la iniciativa. El colectivo promueve también el acceso a la literatura latinoamericana de autores reconocidos y emergentes, y muchos donan sus derechos para sostener el proyecto.

Cada libro se pinta por separado con coloridas témperas, por lo que no hay dos copias iguales. Durante más de dos décadas, Eloísa Cartonera ha inspirado a más de cincuenta editoriales cartoneras similares en todo el mundo.

Amazoniko: De recicladores a líderes ambientales urbanos en Colombia

The Amazoniko team collects recyclable materials after teaching community members how to sort and separate their waste. Photo by Amazoniko. Used with permission.

El equipo de Amazoniko recolecta material reciclable luego de capacitar a miembros de la comunidad sobre clasificación y separación de residuos. Foto de Amazoniko. Usada con autorización.

Amazoniko surgió en 2017 como una idea que iba más allá del reciclaje. Para su fundador, Daniel Rodríguez Paredes, el problema nunca fue la basura en sí misma, sino la pérdida de todo valor ambiental, económico y humano detrás de cada desecho. “Cuando un material termina enterrado o se desecha inapropiadamente, no solo se pierde un objeto, sino que se desperdician agua, energía, trabajo humano y recursos naturales”, explicó a Global Voices por teléfono. Lo que comenzó como una plataforma para facilitar el reciclaje en los hogares acabó convirtiéndose en un modelo de economía circular que conecta ciudadanos, empresas, recicladores y procesadores.

En Colombia, miles de recicladores trabajan en condiciones informales, a menudo sin contratos, seguridad social ni reconocimiento. Ante esta realidad, Amazoniko decidió poner a la gente en el centro del sistema. El proyecto busca comprender las necesidades de las personas que sustentan a diario la cadena de reciclaje: desde las familias que necesitan educación ambiental hasta los recicladores que necesitan mejores condiciones laborales y estabilidad económica. La plataforma organiza rutas de recolección, mejora el acceso a materiales de calidad y promueve una narrativa diferente sobre el reciclador, al que ya no considera marginal, sino “asesor ambiental” de las comunidades. Además de mejorar ingresos y estabilidad, Amazoniko fomenta incentivos como propinas digitales y micropréstamos, relacionados con el desempeño de los recicladores.

El impacto humano del proyecto se refleja en historias como la de Cristian, el primer reciclador de Amazoniko. Comenzó recorriendo la ciudad en bicicleta para recolectar materiales reciclables y, gracias a su experiencia diaria, ayudó a constituir el sistema. Hoy es director de operaciones de la compañía y una de las figuras más importantes de la operación. Para Daniel, esta historia demuestra que la inclusión social no sirve solo para conectar personas vulnerables con un proyecto, sino para reconocer sus habilidades, abrirse a oportunidades reales de crecimiento y dignificar un trabajo estigmatizado históricamente.

Migrantes venezolanos que reciclan para sobrevivir

Para muchos migrantes venezolanos en Colombia, reciclar se ha convertido en un medio importante de sobrevivencia e integración económica. Colombia alberga a una de las mayores poblaciones de refugiados y migrantes venezolanos en el mundo, con más de tres millones de personas que han cruzado la frontera en los últimos años para buscar seguridad, trabajo y acceso a servicios básicos. Ante las barreras del empleo formal, muchos migrantes trabajan en condiciones informales que incluyen recolectar y vender materiales reciclables.

En barrios del sudeste de Barranquilla, como Brisas del Río, el reciclaje es una fuente de ingresos para familias colombianas y venezolanas, que viven en condiciones vulnerables. Desde 2019, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) junto con la Pastoral Social Cáritas de Barranquilla y el apoyo de la Agencia Italiana para la Cooperación al Desarrollo han implementado programas dirigidos a dignificar el trabajo de los recicladores ambientales. La iniciativa incluye capacitación, equipo de protección y servicios de apoyo para los trabajadores del sector del reciclaje y sus familias.

Como muchos asentamientos informales que existen en Colombia, Brisas del Río enfrenta dificultades significativas, como acceso deficiente al agua, saneamiento, transporte, atención médica y educación. En este contexto, el reciclaje funciona como una actividad para gestionar residuos, y también como un camino para la sostenibilidad, la integración comunitaria y la resiliencia de las poblaciones desplazadas.

Desde 2022, más de 40 recicladores se han capacitado y recibido equipo de protección para poder realizar sus tareas con mayor eficacia y menos riesgos para su salud. Como explicó uno de los participantes en el sitio web del proyecto: “ahora, reciclar es nuestra forma de sostenernos”. Para muchos migrantes venezolanos, recolectar materiales reciclables les brinda una fuente de ingresos diaria en comunidades en las que la pobreza, la informalidad y el acceso limitado a los servicios públicos todavía siguen siendo generalizados.

En Ecuador, el 70% de quienes reciclan son mujeres

A pesar de que se lo suele sobrevalorar y estigmatizar, el reciclaje cumple un papel fundamental para la sociedad porque es esencial en la transición hacia una economía circular. Quienes trabajan en las calles recolectando basura, en su mayoría mujeres, son el primer eslabón de la cadena de recuperación, ya que recogen y clasifican materiales y contribuyen directamente con la limpieza urbana y la reutilización de recursos.

En Ecuador, cerca de 20.000 personas trabajan como recicladoras, de las que 1500 se han organizado a través de la Red Nacional de Recicladores del Ecuador (Renarec), que reúne a más de cincuenta organizaciones dedicadas a reducir la basura y a proteger a los trabajadores callejeros y a los recicladores de la precariedad.

Como describe Naciones Unidas en Ecuador, la experiencia de doña Blanca Lara, recicladora de Quito, ilustra esta realidad. Luego de una vida signada por la adversidad y la responsabilidad por su familia, ella y su hija dependen por completo del reciclaje como sustento, con ingresos que son pequeños y que varían de acuerdo con el tipo de material recolectado. A pesar de que contribuyen con la sustentabilidad ambiental, sufren discriminación, condiciones de trabajo inseguras y seguridad social limitada.

En Ecuador, miles de recicladores tienen experiencias similares, con niveles altos de informalidad y desigualdad de género. A pesar de que su trabajo es esencial para la gestión de residuos y la recuperación ambiental, sigue siendo en gran parte invisible y subraya la necesidad de mayor reconocimiento, apoyo institucional y conciencia social por su contribución ambiental y económica.

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