
Trabajadores migrantes en un edificio en Bur Dubái, Emiratos Árabes Unidos, 21 de marzo de 2023. Foto de Gaurav Dhwaj Khadka en Wikimedia Commons (CC-SA 4.0 ).
Por Noorudeen Veetykadan
En marzo de 2026, la vida en el Golfo comenzó a sentirse inusualmente frágil.
Las alertas de las noticias irrumpieron en las noches comunes. Los rumores viajaron más rápido que la tranquilidad. Misiles, drones, cierres del espacio aéreo y tensiones políticas de pronto pasaron a formar parte de las conversaciones cotidianas. Para muchas familias que viven en la región, especialmente los migrantes que están lejos de sus países de origen, la incertidumbre se asentó silenciosamente en la vida diaria.
Incluso las rutinas simples cambiaron. Las personas salían de casa con más cautela. Los padres seguían las noticias más de cerca. Las llamadas a casa se volvieron más largas, suaves y cargadas.
Desde la ventana de nuestro apartamento en Doha, veía a trabajadores reunidos en grupos pequeños después de largos turnos laborales. Hombres con uniformes desgastados, con los rostros marcados por calor, polvo y cansancio. Algunos se sentaban en las aceras. Otros se apoyaban en silencio contra las barreras de construcción. Otros descansaban en los bordillos antes de regresar a alojamientos abarrotados, después de construir ciudades a las que quizás nunca pertenecerán por completo.
Mi hija menor, Maryam, los miraba atentamente.
«¿Están cansados después de trabajar todo el día?», preguntó.
«¿Extrañan a sus familias?».
Entonces, luego de oír fragmentos de conversaciones sobre conflicto e incertidumbre, las preguntas de Maryam se volvieron más profundas.
«¿Es seguro para esos trabajadores, guardias de seguridad y repartidores de comida estar afuera?».
No siempre tenía respuestas.
Pero sus preguntas se me quedaron.
Los niños perciben lo que los adultos suelen pasar por alto. Ven al repartidor esperando en un semáforo. Al encargado de la limpieza barriendo pasillos vacíos en edificios silenciosos. Al guardia de seguridad que permanece de pie, solo y en el exterior, incluso después de la medianoche. Los mundos de los niños aún no han sido divididos en categorías de importancia e invisibilidad.
Y quizás por eso sus preguntas me inquietaron.
Porque detrás de cada casco de construcción, cada bicicleta de reparto a domicilio y cada uniforme de mantenimiento en el Golfo, suele haber otra historia en curso en algún lugar lejano. La historia de una madre que espera una llamada telefónica, una esposa que carga sola con las responsabilidades, hijos que reciben el amor de un padre a través de videollamadas y toda la familia que se vuelve dependiente de las transferencias de dinero.
La mayoría de los trabajadores migrantes no dejan su hogar en busca de lujos; se van para buscar alivio.
Alivio de las deudas.
Del desempleo.
Del hambre.
De la lenta asfixia de la pobreza.
Estos trabajadores vienen de pueblos y ciudades pequeñas de Asia y África, donde las oportunidades son escasas y la sobrevivencia en sí misma requiere sacrificio. Llevan fotografías en sus carteras desgastadas y promesas en sus corazones cansados. Algunos sueñan con darle educación a una hija. Algunos esperan construir una casa modesta. Algunos simplemente quieren que sus padres envejezcan sin preocupaciones económicas.
Llegan al Golfo para construir.
Para levantar torres a partir de la arena.
Para construir carreteras como cintas sobre desiertos.
Para limpiar edificios de cristal que tocan las nubes.
Para entregar comodidad a hogares mientras viven muy lejos del suyo.
Pero muchos de estos trabajadores nunca imaginaron que también podrían convertirse en víctimas de conflictos que nunca fueron suyos.
En ataques recientes en la región, muchos trabajadores migrantes estuvieron entre quienes perdieron la vida. Algunos murieron en silencio, sin titulares lo suficientemente grandes como para contar sus historias. Unas pocas líneas en las noticas. Una mención breve del número de víctimas. Entonces, el mundo siguió adelante.
Sin embargo, en algún lugar lejano, las familias no siguieron adelante. Una madre se derrumbó al escuchar que su hijo, que cruzó océanos para ayudarla, ahora regresaría en un ataúd. Una esposa contempló un teléfono silencioso, esperando una llamada que nunca volvería a llegar. Niños, demasiado pequeños para entender la geopolítica, aprendieron de pronto el significado de la ausencia permanente.
Para muchas familias migrantes, el trabajador no es solo un sustento económico. Es el puente que mantiene a la familia por encima de la pobreza. Un salario suele alimentar a padres, educar a hermanos, pagar deudas, mantener a hijos y sostener hogares enteros repartidos en distintos continentes.
Cuando uno de esos trabajadores muere, no es una vida la que se derrumba.
Son muchas.
Y lo que hace que la tragedia sea aún más dolorosa es su cruel ironía.
Estos trabajadores llegaron para construir ciudades, no para que los entierren bajo esas ciudades.
Llegaron con herramientas, no con armas.
Con sueños, no con peligro.
Con esperanza, no con odio.
Sin embargo, en tiempos de conflicto, se vuelven las personas más vulnerables bajo el mismo cielo. Cuando los misiles cruzan fronteras y los drones dominan los titulares, los países poderosos hablan el lenguaje de la estrategia, y los trabajadores comunes hablan el lenguaje de la sobrevivencia. Los repartidores siguen conduciendo por calles llenas de incertidumbre. Los trabajadores de la construcción siguen escalando andamios bajo un cielo intranquilo. Los guardias de seguridad permanecen de pie durante largos turnos mientras sus familias, en sus países de origen, ven noticias alarmantes y se preguntan si sus seres queridos están a salvo.
A menudo, el mundo habla de la guerra con mapas, cálculos militares y discursos políticos. Pero las personas comunes viven el conflicto de forma diferente.
El conflicto llega como noches de sueño interrumpido.
Como llamadas telefónicas cargadas de ansiedad.
Como madres que revisan una y otra vez las noticias con manos temblorosas.
Como niños que hacen preguntas que los adultos no pueden responder.
Como trabajadores que fingen estar calmados mientras cargan con un miedo invisible.
La tragedia de los conflictos modernos no se limita a los campos de batalla. Sus sombras viajan mucho más allá de las fronteras. Se cuelan silenciosamente en cocinas, salas de clases, campos de trabajo y conversaciones familiares. Incluso los lugares que nunca se han visto alcanzados directamente por la violencia comienzan a cargar con el peso emocional de la incertidumbre.
Y, en estos momentos, los trabajadores migrantes se vuelven los testigos más invisibles de todo.
Construyen ciudades a las que quizás nunca pertenecerán por completo.
Fortalecen economías que quizás nunca conocerán sus nombres.
Pasan su juventud construyendo torres, carreteras, aeropuertos, centros comerciales y estadios, mientras sus familias siguen viviendo a miles de kilómetros de distancia.
Aun así, cuando llega la incertidumbre, estos trabajadores permanecen entre las personas más expuestas; las más económicamente frágiles, emocionalmente aisladas y socialmente invisibles.
Las preguntas de Maryam me recordaron algo simple pero incómodo: la empatía suele sobrevivir de forma más natural en niños que en adultos. Los adultos se distraen con la política, nacionalidad, religión e ideología. Los niños siguen viendo primero a los seres humanos.
Para los niños, un trabajador no es una nacionalidad.
Un repartidor no es un paisaje de fondo.
Un guardia de seguridad no es invisible.
Son simplemente personas que pueden estar cansadas, solas, preocupadas o asustadas.
Quizás el mundo se vería diferente si aprendiéramos a ver a las personas como las ven los niños.
No a través de pasaportes.
No a través de profesiones.
No a través del poder.
Sino a través de la vulnerabilidad humana compartida.
Quizás el cielo sobre el Golfo finalmente se tranquilizará de nuevo. Los ciclos de noticias seguirán su curso. Los titulares cambiarán. Pero en algún lugar hay hogares que nunca se recuperarán por completo de estos conflictos.
Hogares cuyos niños crecerán con fotografías en lugar de padres.
Hogares cuyos padres ancianos seguirán esperando pasos que nunca regresarán.
Hogares cuyos sueños inconclusos permanecerán en silencio junto a maletas cerradas.
Y así, esto también es un homenaje…
A los trabajadores que dejaron sus hogares, cargaron esperanza en pequeñas maletas y responsabilidad en sus corazones pesados.
A los hombres que mezclaron hormigón bajo soles abrasadores, limpiaron torres a las que nunca podrían entrar por no poder pagar, repartieron comida mientras se perdían comidas con sus propias familias, y pasaron su juventud construyendo ciudades para otras personas.
A quienes cruzaron mares para construir vidas, pero que regresaron solo como recuerdos.
Que nunca sean reducidos a estadísticas enterradas bajo titulares políticos.
Que su trabajo sea recordado con dignidad.
Que se hable de sus sacrificios con humanidad.
Y que el mundo nunca olvide esta dolorosa verdad:
Llegaron para construir ciudades, no para que los entierren bajo esas ciudades.







