
Ilustración dividida que resalta la distancia entre los funcionaron ghaneses y los activistas. Ilustración de Minority África, uso autorizado.
Este artículo de Abdul-Wadud Mohammed se publicó originalmente en Minority África el 7 de mayo de 2026. Esta versión editada se reproduce como parte de un acuerdo de intercambio de contenidos. También es parte de la serie Spotlight de junio de 2026 de Global Voices, «Diversidad de género«. Esta serie ofrece una visión de la diversidad de género y de cómo se ve amenazada, protegida y preservada en todo el mundo. Puedes apoyar este reportaje con una donación.
En marzo, la comunidad internacional observó que una resolución presentada por Ghana fue aprobada en Naciones Unidas, que declaró la trata trasatlántica de esclavos como un «grave delito contra la humanidad». Fue un momento de profunda validación histórica, una victoria diplomática que no posición a Ghana como una víctima de la historia, sino como conciencia moral de un movimiento global para justicia reparadora. Por unas horas, el Gobierno de Accra se sostuvo en pie, cubierto con el manto de la justicia, que condenó una estructura centenaria de violencia, deshumanización y opresión sistémica.
Debería haber sido el punto de presión perfecto. En cambio, se convirtió en una declaración evidente de la bancarrota intelectual y la timidez estratégica que ahora define al movimiento por los derechos queer en Ghana. Para ser claros, no es un ataque a una persona, sino al colectivo.
Durante la mayor parte de los últimos cinco años, la coalición de organizaciones por los derechos LGBTQ+ en Ghana operó bajo un libro de tácticas predecible, estático y, en último caso, poco efectivo. Los comunicados de prensa, que resaltan titulares sin análisis, y pedidos desesperados a las embajadas occidentales se han convertido en la suma de su actividad. No hay innovación, no hay heterogeneidad estratégica, y lo peor de todo, ningún entendimiento del antiguo principio militar: divide y conquistarás.
Todas las organizaciones parecen estar haciendo lo mismo al mismo tiempo. Cuando la ley anti-LGBTQ+ fue aprobada en 2021, yo estaba al frente de la defensa pública como director de Comunicaciones de LGBT+ Rights Ghana. Vi gran indignación, no solo del público sino de las mismas organizaciones que se suponía que estaban junto a nosotros, luchando. Cerraron sus oficinas y me señalaron por atreverme a cuestionar la situación.
Y volvamos al presente: la ley se volvió a presentar en el Parlamento y se aprobó en mayo, y la respuesta del colectivo fue un coro uniforme de indignación. Aunque moralmente se justifica, es estratégicamente perezoso, y permite que el Gobierno y los impulsores de la ley consoliden su defensa contra un enemigo único y predecible.
La resolución de Naciones Unidas sobre la trata de esclavos fue una oportunidad única para cambiar la arquitectura del campo de batalla. Fue un momento en el que los activistas ghaneses tuvieron influencia. El Gobierno buscaba legitimidad global y reconocimiento por su liderazgo moral sobre atrocidades históricas. Quería que el mundo lo viera como un defensor de los oprimidos.
¿Dónde estaban las organizaciones queer? Con total honestidad, no me sorprendió. Al reflexionar sobre el cuarto ciclo de Revisión Periódica Universal de Ghana en Naciones Unidas en Ginebra en 2022, fui testigo de la poca preparación y falta de voluntad que la mayoría de los representantes de las organizaciones queer ghanesas tuvieron para participar de verdad en trabajo diplomático. El 29 de noviembre de 2022, la fecha dispuesta para evaluar la situación de los derechos humanos en Ghana, durante la que fui orador oficial, lo que destacó las burdas violaciones de derechos humanos contra la comunidad LGBTQ+, no se les vio por ningún lado durante el proceso. Solo aparecieron después. Su excusa: «no pudimos encontrar la sala2.
Imagina si, pocas horas después de aprobar la resolución, una coalición de activistas queer hubiese publicado una declaración que no solo condenara la ley anti-LGBTQ+, sino que también estableciera una relación directa, jurídica y moral, entre ambos.
Se necesitaron algunas iniciativas nuestras para plantear esta cuestión en X que, por suerte, logró algún grado de conversación. Un resultado a destacar fue que JustRight Ghana llamó la atención de la Universidad de Lincoln sobre el asunto, lo que llevó a que se cancelara una presentación para otorgar el grado honorífico al presidente ghanés, John Dramani Mahama, que citó la ley anti-LGBTQ+ como justificación.
Esto es el arte de «divide y conquistarás»: no dividir a la comunidad, sino separar al Gobierno de su propia narrativa. Se trata de explotar la hipocresía que surge cuando un régimen tiene dos posiciones contradictorias.
En lugar de unificar a toda la clase política en su contra, los activistas podrían haber utilizado este momento para apelar al interés propio de los mismo diplomáticos y políticos que celebraban la victoria en Naciones Unidas. Podrían haber argumentado que aprobar la ley anti-LGBTQ+ días después de recibir un reconocimiento global por la defensa de los derechos humanos podría exponer a Ghana a acusaciones de hipocresía descarada, y menoscabar potencialmente el diálogo reparador que el Gobierno asegura priorizar.
Esta perspectiva hubiese requerido un nivel de matiz que parece faltar en el movimiento actual. Esta obsesión con la «unidad» dentro del espacio activista ha conformado una cultura de la conformidad. No hay diversificación de tácticas. Ningún grupo está dispuesto a ser el «policía malo» mientras otro es el «policía bueno». Ninguna organización se centra únicamente en la presión económica, mientras que otra se ocupa solo de la ley internacional, y otra crea alianzas nacionales religiosas. En cambio, todos luchan por los mismos titulares, y alejan a los mismos aliados potenciales con políticas nimias.
La reintroducción de la ley anti-LGBTQ+ es una amenaza existencial. Requiere mentalidad de guerra. Las guerras no se ganan con todos agarrados de las manos y cantando la misma canción; se ganan flanqueando al enemigo, explotando contradicciones y atacando cuando la guardia está baja.
El 30 de marzo de 2026, durante el Diálogo Presidencial con las Organizaciones de Sociedad Civil —en el que las organizaciones de sociedad civil queer sospechosamente no estuvieron— el presidente Mahama declaró que la ley anti-LGBTQ+ ya no era una prioridad:
I explained during my recent engagement with the World Affairs Council that it is not the most important issue we face as a nation. We are still grappling with the provisions of basic needs of education, health care, jobs, food, clothing, and shelter.
Expliqué en mi última participación en el Consejo de Asuntos Internacionales que no es el problema más importante que enfrentamos como nación. Todavía estamos atravesando problemas con la satisfacción de necesidades básicas como educación, salud, trabajo, comida, vestimenta y refugio.
Esto causó indignación en la oposición, que creen que el actual gobierno solo usó a la ley anti-LGBTQ+ para asegurarse el poder. La oposición, esta vez liderada por John Ntim Fordjour, tuvo una conferencia de prensa en la que acusó al actual gobierno de evitar deliberadamente asuntos relacionados con el colectivo LGBTQ+ y permitir que los activistas promuevan su agenda en monumentos nacionales.
La resolución de Naciones Unidas provocó una grieta en la armadura del Gobierno, momento de vulnerabilidad en el que su deseo de prestigio internacional chocó contra sus impulsos nacionales autoritarios. Explotar esto podría haber cambiado el rumbo de la lucha a favor de la comunidad LGBTQ+ en Ghana, incluidos los términos del discurso nacional. Que el movimiento no lo haya logrado no es solo una oportunidad perdida; es una crítica a unos dirigentes actuales que no están dispuestos a adaptarse.
Este fracaso también es el abandono respecto a un manual de estrategias de defensa bien consolidado. La historia nos ofrece precedentes claros. Durante el apartheid, el deseo de Sudáfrica de legitimidad internacional se convirtió en su talón de Aquiles. Dado que buscó mantener su lugar dentro de Naciones Unidas mientras institucionalizaba la opresión racial, desde 1950, la comunidad internacional y subsecuentemente las recién independizadas naciones africanas utilizaron la plataforma de Naciones Unidas para aislar sistemáticamente al régimen, y lo transformó en un Estado paria con sanciones y condenas diplomáticas.
Recientemente, la sociedad civil egipcia demostró el poder de explotar la dependencia gubernamental de las relaciones exteriores. Cuando el régimen del presidente Abdel Fattah al-Sisi tomó medidas drásticas contra activistas y ONG, incluido al notorio «caso 173″, los activistas por los derechos humanos presionaron con éxito al gobierno de Biden para que condicionara la ayuda militar estadounidense, y se retuvieron casi 130 millones de dólares en 2022. Esto culminó con la liberación de algunos prisioneros y pasos parciales para cerrar el caso.
Incluso el embajador de Israel en Ghana, Roey Gilad, demostró sin quererlo el poder de esta táctica cuando reveló que Israel, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea presionaron a Ghana para que eliminara la frase «el delito más grave» de la resolución de Naciones Unidas, lo que comprobó que, en aquel momento, el Gobierno de Ghana estaba altamente sensible a la opinión internacional y dispuesto a negociar.
Si los activistas egipcios pudieron aprovechar la ayuda estadounidense para forzar un nuevo juicio, y los movimientos antiapartheid pudieron usar como arma a Naciones Unidas para aislar un régimen, ¿por qué el movimiento queer ghanés no pudo enfrentar al presidente Mahama con la evidente contradicción entre demandar reparaciones por la histórica deshumanización mientras que promovían una ley que deshumanizaba ghaneses vivos? El libro de tácticas existe. Simplemente no se usó.
Si los activistas queer ghaneses continúan dependiendo de las mismas tácticas antiguas —y se niegan a aceptar las innovaciones y la necesidad incómoda de asimetría política— no solo perderá la batalla contra la ley; permanecerá de manera perpetua a la defensiva, reaccionará a un Gobierno que ha demostrado ser mucho más despiadado y estratégicamente capaz.
No puedes derrotar un Gobierno que entiende cómo utilizar a la historia como un arma si no sabes cómo usar el presente como un escudo. Una pregunta más urgente queda en el aire: ¿aprenderá finalmente el movimiento queer a dividir y conquistar? Las palabras del presidente le dieron la daga estratégica. Estas declaraciones no pasaron desapercibidos. Si los líderes religiosos pueden presionar públicamente al presidente sobre sus contradicciones, ¿por qué no puede un movimiento queer hacer lo mismo?







