Los aviones no vuelan gracias a la masculinidad: Por qué la sociedad considera a las mujeres en transporte una anomalía

Black woman driving a car

Mujer conduce un auto. Imagen de Gustavo Fring vía Pexels. Licencia: uso libre.

Por Langalihle Mhlanga

El avión apenas se había levantado del suelo antes de que todo empezara a salir mal.

Los controladores de tráfico se quedaron pasmados cuando una fuerte explosión y una espesa nube de humo negro remplazaron el espacio aéreo donde el vuelo 6289 de Air Algerie había estado apenas momentos antes.

En el sétimo episodio de la temporada 26 (la más reciente) de mi programa favorito, Catástrofes aéreas, con el título “Divididos en crisis” que se transmitió el 16 de febrero de 2025, los investigadores revisan la desgarradora tragedia del vuelo 6289 de Air Algerie, un Boeing 737-200 que se estrelló poco después de despegar del aeropuerto de Tamanrasset, el sur de Argelia al final de una pista  del 6 de marzo de 2003.

Lo que empezó como un vuelo de rutina con condiciones climáticas perfectas pronto llegó a ser una catástrofe cuando el fallo de un motor en el despegue obligó a la tripulación a tomar decisiones inmediatas que, a la larga, terminaron con la pérdida del vuelo. Había dos pilotos en la cabina de mando ese día: la mujer piloto, que debía estar a cargo de los controles del vuelo, y el piloto supervisor, un hombre de más edad.

Ver este episodio en particular me inquietó, pero no por las razones obvias. Es bastante aterrador ver lo rápido que decisiones cotidianas y momentos mundanos pueden convertirse en tragedias irreversibles. Este episodio en particular me obligó a escarbar en por qué la sociedad em general ve a las mujeres que trabajan en transporte como una anomalía.

Estereotipos sobre mujeres africanas en el transporte

Soy africana, tengo 23 años y he pasado la mayor parte de mi vida viendo que se sigue tratando la competencia como un rasgo masculino. No en la manera ruidosa y obvia en que la gente imagina que es el sexismo hoy. El sexismo moderno suele ser más silencioso que eso. Se esconde en reacciones, suposiciones, lenguaje corporal, bromas, dudas y la extraña sorpresa que aún existe cuando una mujer ocupa puestos asociados con control. Sobre todo, detrás de un volante; sobre todo en una cabina de mando aéreo.

Incluso ahora, hay personas que se incomodan visiblemente cuando ven que llega un Uber conducido por una mujer. Algunos cancelan viajes calladamente. Otros pasan el recorrido hiperalertas de cada giro, cada frenada, cada cambio de carril, cada pequeña maniobra, como aguardando una prueba de que las mujeres, naturalmente,  conducen peor que los hombres.

Noto esta dinámica en todos lados. En muchos países africanos, los espacios del transporte pertenecen a un género. Paradas de taxi, ómnibus, buses, rutas de camiones y espacios de aviación siguen abrumadoramente asociados con hombres. Una mujer que conduce un ómnibus sigue sorprendiendo a la gente de maneras que nunca ocurriría con un hombre. La voz de una mujer piloto por el intercomunicador aún sorprende a los pasajeros. Algunos confían instintivamente en un hombre conductor antes que confiar en una mujer con exactamente las mismas calificaciones.

Lo que me fascina es lo normalizadas que están esas reacciones. La gente se burla de las mujeres que conducen tan casualmente que casi no se detienen a preguntarse exactamente qué insinúan. Porque, ¿qué es lo que la sociedad cree? ¿Tal vez que los aviones se mantienen en el aire por la masculinidad? ¿Tal vez los buses se vuelven más suaves porque los conducen manos de mujer? Creo que viene de la creencia de que liderazgo, precisión técnica y calma bajo presión son  características biológicamente masculinas.

Suena absurdo cuando se dice en voz alta.

La habilidad nunca ha sido cosa de un solo género

Los sistemas de transporte no funcionan por género. Funcionan por capacitación, comunicación, disciplina, regulaciones, trabajo en equipo y habilidad. Un Boeing 737 no responde diferente porque una mujer esté en la cabina de mando, ni tampoco un bus ni un camión.

Y de todas maneras, a las mujeres que trabajan en transporte se les sigue tratando como fenómenos y no como profesionales. Lo que más me frustra sobre esto es que la sociedad ya ha probado que puede evolucionar más allá de estos estereotipos cuando quiere.

Durante años, a los hombres que trabajan como cajeros en tiendas minoristas se los veía con extrañeza porque el servicio al cliente y el trabajo de cajera se consideraba “trabajos de mujer”. Un hombre parado detrás de una caja registradora hubiera sido inusual hace unos años. No obstante, con el tiempo, la sociedad se adaptó. Ahora, la mayoría casi no piensa nada sobre ver hombres trabajando como cajeros.

Entonces, es claro que estas ideas pertenecientes a un género no son fijas. Pero cuando se trata de mujeres que trabajan en transporte, la sociedad aún se siente emocionalmente atascada en el pasado.

Se sigue esperando que se ponga a prueba a las mujeres antes de que se les dé confianza. Por su parte, se suele confiar en los hombres y se les evalúa después.

Y la presión que esto crea es agotadora.

Doble rasero contra las mujeres

Como mujeres, sobre todo mujeres africanas, crecemos con el entendimiento de que los errores casi nunca se consideran individuales. Una mujer que lucha en un espacio dominado por hombres de alguna manera se convierte en evidencia contra las mujeres en su conjunto. Por su parte, a los hombres se les permite el lujo de que se les vea individualmente. Un hombre que conduce mal es solo un mal conductor. Un mal conductor de alguna manera se vuelve una conversación sobre mujeres.

Este doble rasero sigue a las mujeres por todos lados. Se ve en el lugar de trabajo, aulas, espacios de liderazgo, en conversaciones sobre ingeniería, tecnología, política y ciencia. La confianza en los hombres se interpreta como autoridad, mientras la confianza en las mujeres suele interpretarse como actitud. A los hombres se les permite ser resueltos. Se espera que las mujeres sigan siendo agradables y que simultáneamente prueben que son suficientemente competentes para pertenecer.

Es agotador desempeñarse constantemente con excelencia solo para que se te considere adecuada. Y tal vez es por eso que esta conversación importa más allá de aviones y buses. El transporte es simplemente una de las reflexiones más claras de un asunto social más grande; a la sociedad le sigue incomodando que las mujeres ocupen espacios asociados con autoridad, capacidad técnica y control, incluso en 2026, entre personas que dicen ser progresistas.

Lo que hace dolorosa esta ironía es que las africanas siempre han cargado una enorme responsabilidad. La sociedad confía en que las mujeres críen hijos, sostengan hogares, mantengan emocionalmente a las familias. sobrevivir dificultades económicas y conducir comunidades enteras a través de crisis. Pero pones a una mujer al mando de los controles de un avión y repentinamente la gente se pone nerviosa. Esa contradicción lo dice todo.

El mundo ya ha cambiado, ya sea que la sociedad esté preparada emocionalmente o no. Las mujeres vuelan aviones, conducen buses, operan sistemas de transporte público, recorren ciudades y mueven economías todos los días. Las muchachas crecen viendo mujeres en puestos que a generaciones anteriores se les decía que no estaban a su alcance.

Sin embargo, el verdadero progreso empieza cuando las mujeres en estos roles dejen de sentirse simbólicas. Cuando oír la voz de una mujer piloto por el intercomunicador sea algo completamente ordinario. Cuando la competencia deje de tratarse como un rasgo masculino. Y cuando la sociedad finalmente crezca para entender que la capacidad nunca ha pertenecido a un género.

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