En mi tierra natal uigur, aprendí lo que es sentirse apátrida

re-education camp in xinjiang

Inside a re-education camp in Xinjiang. Screenshot from BBC News’ YouTube Channel. Fair use.

Este artículo forma parte de la serie Spotlight de julio de 2026 de Global Voices, «Apatridia«. Esta serie ofrece visión detallada del problema de la apatridia y cómo limita la libertad de movimiento, oportunidades educativas, acceso político, y más. Puedes apoyar este reportaje con una donación.

Nací cuando la Revolución Cultural china (1966–1976) estaba por terminar. Mi niñez coincidió con los primeros años de lo que luego se celebró como la era de Reforma y Apertura (1976–1989).

A diferencia de mis padres, yo no viví el caos y la violencia de la Revolución Cultural. Yo crecí durante un periodo relativamente estable. Con mis padres y hermanos, gocé de lo que aún recuerdo como una niñez feliz.

Aún puedo recordar vívidamente mi primer día en primaria. Para celebrar la ocasión, mi padre me compró una mochila brillante, una blusa blanca, calcetines blancos y un par de lustrosos zapatos. Esa mañana me sentí como el escolar más feliz del mundo.

La vida parecía simple. Los fines de semana, mis padres nos llevaban a paseos, o visitábamos a mi abuela.

La escuela estaba llena de actividades y celebraciones. Cada Día del NIño tenía actuaciones, juegos y emociones. Al recordar esas épocas, esos recuerdos aún se sienten cálidos y pacíficos.

Pero muchos años después, llegué a darme cuenta de incluso en esos años aparentemente tranquilos, ya se estaban sentando las bases de una realidad diferente.

Un día, un maestro explicó la teoría de la evolución de Charles Darwin, y nos dijo que los seres humanos habían evolucionado a partir de los monos.

Con mucha curiosidad, corrí a casa ansiosamente y le conté a mi padre de esta novedad que había aprendido.

“Papá, mi maestro dice que venimos de los monos”.

Mi padre hizo una pausa de un momento antes de sonreír.

“Tal vez tu maestro viene de un mono”, respondió. “A nosotros nos creó Alá. Nunca olvides eso”.

En ese momento, no entendí por qué respondió así.

Años después, me di cuenta de que mi padre estaba tratando de proteger mucho más que una creencia religiosa. Estaba tratando de proteger una identidad.

‘Su objetivo nunca fue hacer que la vida de los uigures fuera mejor’

Ya de grande, me dio cada vez más curiosidad sobre quién era yo. Empecé a leer y hacer preguntas. Poco a poco, llegué a entender que mi cultura, los uigures, tenían idioma, cultura y memoria histórica distintos a los de la mayoría han, que llega al 91% de la población china.

Y lo que es más importante, empecé a sentir que la sociedad a mi alrededor no era tan igual como parecía.

Mi padre fue el primero que me enseñó que pertenezco a un pueblo cuya historia no puede encajar simplemente en la historia de China. Fue el primero que plantó la palabra “uigur” en lo más profundo de mi corazón.

Un día conversábamos sobre las reformas económicas de China. Como muchos jóvenes, sabía poco de política. Lo que escuché varias veces fue que la vida había mejorado tras las reformas de Deng Xiaoping.

Así que le pregunté: “En el tiempo de Mao, fue la Revolución Cultural, y la gente sufrió mucho. Ahora, Deng Xiaoping trajo reformas, y la vida mejoró. ¿Eso no hace a Deng un buen líder?”.

Mi padre rio suavemente. Luego dijo algo que me tomó décadas entender.

“Hijo, que sea Mao Tse Tung o Deng Xiaoping, no hay mucha diferencia para los uigures. Su objetivo nunca fue hacer que la vida de los uigures fuera mejor”.

En ese momento, su respuesta me confundió. Apenas años después empecé a entender qué quería decir.

Ya en la vida adulta, cada vez más empecé a notar patrones que habían parecido invisibles antes.

Las oportunidades no siempre parecían distribuirse equitativamente.

Entrar a mejores escuelas a menudo dependía de más que el desempeño académico. Encontrar un empleo respetable a menudo dependía de más que las calificaciones.

Muchos uigures sintieron que era cada vez más difícil encontrar oportunidades importantes, mientras otros parecían avanzar más fácilmente.

Años después, cuando leía los escritos del académico uigur encarcelado Ilham Tohti, me impactó ver cómo sus observaciones reflejaban realidades que muchos uigures comunes y corrientes ya habían vivido mucho tiempo.

Escribió sobre desigualdad laboral, barreras a la movilidad social y la creciente marginación del idioma y cultura uigures.

Al leer sus palabras, a menudo sentía que describía las frustraciones que muchos habíamos cargado durante años. Sin embargo, en ese momento, esas preocupaciones quedaban muy por debajo de la superficie. La gente se quejaba en privado. Casi nunca se hablaba abiertamente. Y pese a las crecientes frustraciones, la vida diaria continuó.

Los uigures y los chinos han vienen viviendo en las mismas ciudades, estudiando en las mismas escuelas, trabajando en las mismas oficinas y compartiendo los mismos espacios públicos.

Las tensiones existían. Al igual que las relaciones humanas comunes y corrientes.

Entonces llegó el 5 de julio de 2009.

Apenas días antes, se difundieron informes entre los uigures sobre la muertes de trabajadores migrantes uigures en Shaoguan, provincia de Cantón (25 y 26 de junio de 2009).

El silencio oficial que siguió profundizó la rabia y el dolor públicos.

Estaba viajando por trabajo cuando ocurrió el incidente de Shaoguan. Cuando regresé a Urumqi el 4 de julio, pude sentir que la ciudad estaba inquieta. Pero nunca hubiera podido imaginar lo que pasaría al día siguiente.

La tarde del 5 de julio, me reuní con algunos amigos cerca del Grand Bazaar. Nos habíamos reunido simplemente para celebrar mi regreso. Antes de que llegara nuestra comida, mucha gente se lanzó a las calles.

Salimos y los seguimos. La escena era caótica.

La gente corría en todas las direcciones. Algunos lloraban. Otros parecían aterrados. Una muchacha pasó corriendo y gritando “¡están disparando!”.

Momentos después, un universitario nos dijo que a los manifestantes que protestaban contra las muertes de Shaoguan les habían disparado. Si ese rumor era cierto o no casi no importaba en ese momento.

El miedo se esparce más rápido que los hechos.

El humo se alzaba a la distancia.

El pánico se esparcía por las calles.

Nadie parecía saber qué pasaría después. En algún punto, mis amigos y yo logramos llegar a casa por calles laterales.

Esa noche, no hubo electricidad.
Los disparos resonaban en la oscuridad.

Las familias se llamaron llorando.
Los padres buscaban desesperadamente a sus hijos.
Se esparcieron rumores de que se venía más violencia.

Por primera vez en mi vida, entendí qué significaba sentirme vulnerable en la ciudad donde nací.

Pero el mayor impacto de julio de 2009 no vino solo de esa noche. Vino de lo que siguió.

Un impacto duradero

El cambio más profundo que llegó después de julio de 2009 no fue el aumento en las medidas de seguridad en la región. Fue la transformación de las relaciones humanas.

Las tensiones entre uigures y chinos han habían existido mucho antes de julio de 2009. Muchos uigures ya estaban preocupados por el cambio demográfico, las desigualdad de oportunidades y la erosión gradual de su espacio cultural. Estas frustraciones eran reales. Pero a pesar de eso, la vida continuó a través de innumerables relaciones comunes y corrientes.

Las personas siguieron trabajando juntas.
Siguieron estudiando juntas.
Vivían unas al lado de otras.

Seguían existiendo amistades, relaciones profesionales y lazos vecinales.

Después de julio de 2009, algo cambió.

Los que antes estaba debajo de la superficie se volvió abiertamente visible.

La tragedia no solo generó miedo. También generó desconfianza.

El cambio no fue inmediato. Nadie se despertó al día siguiente ni anunció que la confianza había desaparecido. Más bien, se apagó silenciosamente.

Una conversación a la vez.
Una amistad a la vez.
Un silencio a la vez.

Personas que habían trabajado juntas por años empezaron a tener más cautela a su alrededor.

Conversaciones que antes eran naturales se volvieron raras. Temas que se podían debatir abiertamente se evitaban. A veces, nadie decía nada.

El propio silencio decía lo suficiente. Un muro invisible había aparecido. Y todos sabían que estaba ahí.

Algunas amistades desaparecieron. Algunos colegas dejaron de hablar abiertamente entre sí. Algunos vecinos que habían compartido comidas y celebraciones empezaron a mirarse de manera diferente.

Para muchos, lo más doloroso no fue darse cuenta de que existían tensiones étnicas. Fue descubrir lo rápido que esas tensiones podían abrumar relaciones que antes habían parecido genuinas.

Una patria no se define solo por el territorio; también se define por las relaciones. Cuando estas relaciones empiezan a desarmarse, la sensación de pertenencia también empieza a desarmarse.

Entonces llegaron los años después de 2017 [nota editorial: el Reglamento de la Región Autónoma Uigur de Sinkiang sobre la desradicalización se aplicó el 29 de marzo de 2017.]

Para entonces, muchos temores y ansiedades que los uigures habían debatido por años ya no parecían hipotéticos.

Muchos uigures desaparecieron en instalaciones de detenciónprisiones. Intelectuales, escritores, catedráticos, figuras religiosas, empresarios, artistas y ciudadanos comunes y corrientes se vieron arrastrados en una campaña como ninguna que la región haya vivido antes.

Para muchos uigures, parecía que toda una sociedad se había vuelto en sospechosa repentinamente.

Casi todos conocían a alguien que había desaparecido.

Un pariente.
Un compañero de clase cercano.
Un colega.
Un vecino.
Un maestro.
Un amigo.

La propia incertidumbre se volvió fuente de temor.

Al mismo tiempo, el espacio para el idioma, cultura y vida religiosa uigur siguió reduciéndose.

Muchas mezquitas desaparecieron del paisaje de las ciudades.
La educación en uigur se restringido cada vez más.
Desaparecieron libros de tiendas y librerías.
Las expresiones públicas de identidad cultural y religiosa se volvieron más difíciles.

Las familias se separaron.
Las amistades se vieron interrumpidas.
Comunidades enteras se transformaron.

Al recordar eso, a menudo pienso sobre cómo esas novedades afectaron mi comprensión de la apatridia.

Eso no creó la sensación. Para entonces, la sensación ya existía.

La había encontrado años antes, en las desigualdades que observé de niño, en las tensiones que rodeaban la vida diaria, y en dolorosas divisiones que surgieron después de julio de 2009.

Lo que pasó después de 2017 no me enseñó qué era la apatridia. Confirmó lo que ya había empezado a entender.

Esa apatridia no siempre se trata de cruzar fronteras. También puede surgir cuando la gente empieza a sentir que su idioma, su cultura, sus memorias y su futuro ya no tiene el mismo lugar en la patria que siempre conoció.

La distancia entre una persona y su patria no se mide solo en kilómetros. A veces se mide en pertenencia. Y para muchos uigures, esa distancia nunca se sintió más grande.

Poco a poco, empecé a entender algo que nunca me había ocurrido de niño. Ciudadanía y pertenencia no son lo mismo.

Una persona puede tener un pasaporte y aún así sentirse políticamente invisible.
Una persona puede tener un documento de identidad y aún así sentirse cada vez más desconectada de la sociedad a su alrededor.

Esa es la forma de apatridia que aprendí.

No la apatridia de perder documentos.
No la apatridia de cruzar fronteras.
Sino la apatridia de quedarse en la tierra de sus ancestros mientras se pierde gradualmente la sensación de pertenecer ahí.

Muchos asumen que los uigures sintieron la apatridia cuando dejaron su patria y se fueron al exilio.

Mi experiencia fue diferente.

Conocí la sensación de apatridia mucho antes de cruzar alguna frontera.
La conocí cuando vi que la distancia que había con mi patria se agradaba año a año. La conocí cuando las relaciones que antes parecían naturales se volvieron tensas por la desconfianza. La conocí cuando la propia pertenencia empezó a sentirse incierta.

Mi padre ya no vive. Murió antes de que pudiera ver muchos de los cambios que después transformarían nuestra patria.

Y a menudo me encuentro regresando a esas conversaciones que teníamos cuando era niño.

Al comienzo, pensaba que me enseñaba sobre religión.
Después, pensé que me enseñaba sobre política.

Solo mucho después entendí que estaba enseñándome sobre pertenencia. Décadas después, finalmente entendí lo que estaba tratando de decirme.

Ciudadanía y pertenencia no son lo mismo.
La apatridia no siempre es no tener país.
A veces es la lenta erosión de pertenecer.

Ocurre cuando la gente empieza a sentir que su idioma, su cultura, sus recuerdos y hasta su futuro ya no tienen el mismo lugar en la tierra que llaman hogar.

Muchos asumen que aprendí esa lección en el exilio.

La verdad es más dolorosa.

La aprendí en mi propia patria.

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