Sentir de apatridia: La ópera cantonesa «La princesa de las flores» en Reino Unido

princess flower

Foto tomada por Benson Wong, usada con permisos.

Este artículo forma parte de la serie Spotlight de julio de 2026 de Global Voices, «Apatridia«. Esta serie ofrece una visión detallada del problema de la apatridia y cómo limita la libertad de movimiento, oportunidades educativas, acceso político, y más. Puedes apoyar este reportaje con una donación.

Hong Kong no es un Estado, aunque en ocasiones la literatura académica ha descrito a la excolonia británica (o territorio británico de ultramar, según la terminología adoptada ahora) como «ciudad-Estado», que en 1997 se convirtió en una Región Administrativa Especial de China. En consecuencia, el concepto de apatridia rara vez se ha aplicado de manera significativa a los hongkoneses, en gran parte porque la visión política predominante sigue confinando a Hong Kong a un territorio y no a una nación.

Sin embargo, desde 2021 al menos 200,000 hongkoneses han emigrado a Reino Unido. Muchos han descubierto que, pese a la distancia, siguen añorando Hong Kong de distintas maneras, y uno de los pocos espacios donde esa nostalgia compartida se hace visible es a través del arte y las presentaciones culturales.

El 21 de junio de 2026 viajé de Woking a Nottingham, trayecto de dos horas y media, para asistir a una representación de la célebre ópera cantonesa La princesa de las flores (Di Nü Hua). La obra narra la trágica historia de amor entre la princesa Cheung Ping y su esposo, Chow Sai-him, que presencian la caída de la dinastía Ming. Aunque logran sobrevivir a la caída del imperio, ambos dedican sus vidas a garantizar que el emperador fallecido reciba una sepultura digna y a poner a salvo al joven príncipe. La ópera culmina con el suicidio de la pareja, acompañado de un emotivo dúo que evoca el dolor eterno, la lealtad, la separación y un amor imperecedero. En ese desenlace resuenan con fuerza temas como la apatridia, el desarraigo y la pérdida.

Cuando vi esta misma ópera en Hong Kong, la aprecié sobre todo como una obra maestra artística, digna de admiración por su sofisticado canto e interpretación. Sin embargo, verla en Reino Unido fue una experiencia completamente distinta. Las limitaciones de recursos obligaron a adaptar la puesta en escena al contexto local. En lugar de los suntuosos decorados palaciegos, el escenario estaba presidido por un único árbol adornado con listones amarillos.

En el contexto político de Hong Kong tras las protestas del Movimiento de los Paraguas de 2014, las cintas amarillas se han convertido en un símbolo del movimiento prodemocracia, de los valores liberales, de la resistencia al autoritarismo y de la oposición al Partido Comunista Chino. Esta sencilla escenografía añadía una dimensión política adicional que difícilmente podría existir en el Hong Kong de hoy.

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Imagen tomada por Benson Wong, usada con autorización.

Entonces, ¿cómo se conectan «La princesa de las flores», la apatridia y la hongkonesa en el extranjero?

Una observación inmediata es que la apatridia y la pérdida del hogar se vuelven casi inseparables al describir la condición emocional de los hongkoneses que han dejado su hogar.

Visto en retrospectiva, muchos consideran que el Hong Kong “real” cayó tras la entrada en vigor de la ley de seguridad nacional el 30 de junio de 2020, norma que transformó profundamente el panorama político y jurídico de la ciudad al restringir de manera considerable las libertades, la participación democrática y el Estado de derecho en los años posteriores. Al mismo tiempo, el creciente flujo de inmigrantes procedentes de China continental hacia Hong Kong también puede entenderse como parte de un proyecto más amplio de asimilación cultural.

Dos acontecimientos simbólicos merecen especial atención. El primero fue el cierre del medio independiente hongkonés Apple Daily, que no representó únicamente la desaparición de un periódico, sino también el silenciamiento de una importante voz independiente y democrática. El segundo fue la desaparición efectiva de las manifestaciones públicas, especialmente las marchas anuales del 1 de julio, que ocurrieron desde 2003 como una forma institucionalizada de expresión ciudadana y un pedido de reformas democráticas, incluido el sufragio universal para el Consejo Legislativo y para el jefe ejecutivo.

En este sentido, la caída de la dinastía Ming que se representa en «La princesa de las flores» evoca inevitablemente paralelismos con lo que muchos hongkoneses perciben como la desaparición del Hong Kong que conocieron.

El siguiente video, producido por Atomic Cantonese Theatre, expone explícitamente estas implicaciones políticas al entrelazar fragmentos y audios de su producción de «La princesa de las flores» con fotografías e imágenes de las protestas del Movimiento de los Paraguas, medios independientes clausurados, actos de desobediencia civil, el perfil urbano de Hong Kong y otros elementos visuales de carácter político.

Otra observación tiene que ver con la interpretación que el público hace de la propia ópera. Tras la caída de la dinastía Ming, el emperador Chongzhen ordena a su hija, la princesa Cheung Ping, que muera para preservar su honor antes de la entrada en Pekín de las fuerzas rebeldes. Aunque logra sobrevivir, se ve obligada a ocultarse. Su experiencia refleja, sin intención, la de muchos hongkoneses que se trasladaron al Reino Unido para escapar del creciente control autoritario tras la introducción de la ley de seguridad nacional.

Su posterior reencuentro con su prometido, Chow Sai-him, también resulta igualmente significativo. Al principio, la princesa se niega a verlo como una forma de protegerse emocionalmente. Solo después de que Chow demuestra su lealtad inquebrantable —al honrar a su padre fallecido y rescatar a su hermano encarcelado— decide reunirse con él. Juntos negocian con el emperador Qing, cuya política de clemencia busca asegurar la colaboración de los antiguos leales a la dinastía Ming. Una vez cumplidos sus objetivos, el emperador Qing organiza su matrimonio como una muestra de benevolencia imperial. Sin embargo, la boda se convierte en el escenario de su suicidio conjunto, que simboliza su lealtad permanente a la caída dinastía Ming, en lugar de su sometimiento al nuevo régimen Qing.

Vista desde otra perspectiva, su suicidio también transmite una sensación de liberación. La muerte les permite reencontrarse más allá del sufrimiento terrenal, la opresión política y la separación definitiva. Para muchos hongkoneses que viven en el extranjero, este trágico desenlace encuentra un profundo eco en sus propias circunstancias. Pocos saben si algún día podrán regresar a su hogar, o cuándo podrán hacerlo. Al igual que Chow Sai-him y la princesa Cheung Ping acaban comprendiendo que no se puede restaurar la dinastía Ming, muchos hongkoneses también enfrentan la posibilidad de que el Hong Kong que conocieron nunca vuelva a existir.

La introducción de la vía de visado para quienes tienen categoría de Nacional Británico (de Ultramar) —British National (Overseas), o BN(O)— en enero de 2021, junto con la posterior migración de cientos de miles de titulares de esa categoría y de sus familiares al Reino Unido, ha convertido a ese país en un segundo hogar para muchos hongkoneses. En consecuencia, estas nuevas comunidades han creado un público estable para las actividades culturales vinculadas al patrimonio hongkonés, ya sea tradicional, moderno o contemporáneo.

Un ejemplo es la circulación internacional del cine hongkonés. En 2026, dos películas —Ciao UFO y We're Nothing at All— fueron recibidas favorablemente tanto por el público hongkonés y el británico. A su manera, cada una retrata la nostalgia y la oscuridad. Ciao UFO evoca la desaparición del Hong Kong familiar anterior a 2019, mientras que We're Nothing at All retrata el surgimiento de una ciudad deteriorada y desconocida después de esa fecha. En conjunto, ambas películas reflejan la experiencia de la apatridia: una lamenta lo que ha desaparecido; la otra confronta aquello que lo ha reemplazado.

También recuerdo un amigo en Facebook que describió cómo fue para él ver películas contemporáneas de Hong Kong desde el exilio. Escribió que, una vez comenzada la proyección, «las lágrimas simplemente no paraban», en una expresión del dolor y el trauma acumulados tras las profundas desilusiones políticas y sociales de los últimos siete años. Reacciones como esa sugieren que estas producciones culturales han dejado de ser un mero entretenimiento para convertirse en espacios colectivos de memoria, duelo y construcción de identidad para los hongkoneses en el extranjero.

Charles Dickens abrió célebremente «Historia de dos ciudades» con las palabras: «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…». En gran medida, esa frase resume la condición paradójica que hoy viven los hongkoneses, dentro y fuera de Hong Kong. Habitan un mundo suspendido entre la memoria y la realidad, entre la pertenencia y el desarraigo, entre la esperanza y la pérdida.

Por todo esto, ver «La princesa de las flores» en Reino Unido fue mucho más que asistir a una representación de ópera cantonesa: fue un encuentro con el paisaje emocional de la apatridia misma.

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