
Siimo Kaasik. Foto cortesía del autor, utilizada con autorización.
Por Siimo Kaasik
Este artículo de Nikolai Levasov se escibió con la colaboración del Movimiento Global contra la Apatridia (GMAS, por sus siglas en inglés), socio de contenidos de Global Voices. Este artículo forma parte de la serie Spotlight de julio de 2026 de Global Voices, «Apatridia«. Esta serie ofrece una visión detallada del problema de la apatridia y cómo limita la libertad de movimiento, oportunidades educativas, acceso político, y más. Puedes apoyar este reportaje con una donación.
Tenía 26 años cuando la Unión Soviética se desintegró.
Su desaparición fue literal; la Unión Soviética dejó de existir. La mayoría presenció su disolución por televisión, periódicos, y mapas que, de un momento a otro, debieron revisarse. Yo me enteré a través de documentos. Desgraciadamente, el papeleo sobrevive a los Gobiernos.
Cuando la Unión Soviética se disolvió en 1991, 15 nuevos países emergieron de sus ruinas. Millones de personas se transformaron en ciudadanos de esos nuevos Estados independientes. Otros se perdieron entre las grietas.
En el caso de Estonia y Letonia, la caída de la Unión Soviética no solamente creó nuevos Estados. También restableció ciudadanías que habían existido antes de la ocupación soviética de 1940. Quienes habían sido ciudadanos antes de la ocupación, y sus descendientes, recuperaron automáticamente su ciudadanía. Muchos otros debieron cumplir requisitos para nacionalizarse. Algunos cumplieron. Muchos otros no. Décadas después, miles de personas viven aún con las consecuencias de esas decisiones. Yo soy uno de esos miles.
Nací en Tallin, Estonia. Hablaba estonio. Iba a la escuela ahí. Trabajé ahí. Pasé 26 años de mi vida ahí, Sin embargo, cuando Estonia recuperó su independencia, no me convertí en ciudadano inmediatamente.
Lo que vino después no fue un hecho dramático sino algo mucho más extraño. No pasó nada. Mi situación quedó sin solución por años, luego décadas.
La gente suele imaginar la apatridia como algo tangible. Se imaginan refugiados cruzando fronteras o familias huyendo de guerra. Tiendas de campaña puntos de control y cámaras de televisión. La realidad es más silenciosa. Ocurre en oficinas de Gobierno. Una solicitud preguntan tu nacionalidad, pero ninguno de los recuadros es aplicable. Un funcionario revisa tus documentos un poco más que los de los demás. Entonces tu expediente pasa por un programa de computación hecho bajo la premisa de que toda persona pertenece a un lugar, solo para encontrarse con alguien que oficialmente no pertenece a ningún lado
La misma pregunta me siguió me siguió por continentes: «¿qué ciudadanía tienes?» A veces venía de funcionarios de inmigración. Otras veces de empleadores. Los ejecutivos de bancos también me lo preguntaban mientras miraban pantallas que no tenían ganas de aceptar mi existencia. La respuesta nunca se hizo más fácil.
Y aprendí a reconocer lo que venía luego. Curiosidad. Confusión. Una pausa. A veces, sospecha.
La mayoría piensa en la nacionalidad como piensan en su fecha de nacimiento. Todos tienen la suya. La posibilidad de que alguien no encaje en esa idea general genera un breve silencio.
Durante esos silencios, a menudo me sentía menos invisible que expuesto. Un apátrida se convierte en una complicación inesperada en un sistema construido para ser eficiente Llaman a un supervisor. Los documentos cambian de manos. Alguien entra a una oficina trasera. Pasan los minutos mientras todos los demás avanzan, y tu trámite común y corriente se convierte en un misterio administrativo. Nadie pretende ser cruel. La mayoría simplemente no tiene idea de qué hacer con alguien que cae fuera de las categorías que sus sistemas tienen para reconocer a las personas. Cada demora parece insignificante. Juntas se convierten en años.
La apatridia rara vez se presenta como una sola puerta cerrada. Llega con miles de puertas entreabiertas. El mundo moderno se enorgullece de su documentación. Los Gobiernos verifican identidades en segundos. Los bancos rastrean transacciones financieras a través de continentes. Los teléfonos inteligentes reconocen caras al instante. Pero durante por 35 años, a los Gobiernos tuvo dificultades con una simple pregunta: ¿quién es responsable por mí?
La ciudadanía casi no ocupa lugar en el pensamiento de las personas. Se sienta en el fondo hasta que un pasaporte vence o llegan elecciones. Se parece a una fuga de agua. Nadie se da cuenta hasta que deja de funcionar. Los apátridas nunca han tenido ese privilegio. Cada institución hace las mismas preguntas de distinta forma. Sin ciudadanía, muchas tareas cotidianas se vuelven complicadas. Las oportunidades de trabajo se estrechan. Viajar al extranjero se vuelve difícil o imposible. Los trámites de acceso a vivienda, bancarios, educativos, de salud e inmigración se transforman en ejercicios de explicaciones. Te encuentras contando la misma historia a personas que nunca antes han conocido a alguien como tú. La mayoría son educados. Muchos están confundidos. Otros concluyen que debes haber hecho algo malo. Después de todo, ¿cómo puede alguien no pertenecer a ningún país? Suena imposible.
Aun así, millones de personas en el mundo viven en esa condición. Solo en Estados Unidos se estima que cerca de 200,000 personas pueden ser apátridas o estar en riesgo de apatridia. Sus circunstancias varían. Algunas pertenecen a minorías étnicas a quienes sus Estados han negado el reconocimiento. Otros huyeron de países que se desintegraron o se transformaron. Otros quedaron atrapados dentro de contradicciones legales que nadie ha podido resolver. Lo que los use es la incertidumbre. Un apátrida puede pasar años reportándose a autoridades migratorias y que sea imposible que lo deporten porque ningún país va a aceptarlo. Pueden cumplir todas las reglas y aun así quedar suspendidos entre sistemas.
Lo sé porque lo he vivido.
Por más de tres décadas, me presenté ante las autoridades de inmigración en Estados Unidos. Mi caso tenía una categoría particular. El Gobierno no podía sacarme del país, pero tampoco podía darme una solución permanente. El idioma oficial hacía que la situación pareciera casi inofensiva. Palabras como “fuera de situación” u “orden de supervisión” tiene la cómoda neutralidad de mobiliario de oficina. No revelan casi nada. No pueden describir qué significa pasar años sin poder responder una pregunta que la mayoría no siquiera tiene que considerar.
¿De dónde eres? La respuesta obvia es Estonia. Es donde nací, donde crecí, y dende viven mis recuerdos. Pero la respuesta legal resultó ser mucho más complicada.
Por 35 años ocupé un espacio entre países. El tiempo suficiente para ver gobiernos ir y venir. Lo suficiente para ver la tecnología transformar la vida cotidiana. Lo suficiente para ver generaciones enteras llegar a la adultez. Lo mas raro de la apatridia no son sus inconvenientes. Es el mensaje que yace enterrado debajo.
La ciudadanía normalmente se entiende como situación legal. Tras 35 años sin ciudadanía, he llegado a comprenderla de otra manera. Es un reconocimiento de responsabilidad. Un pasaporte no es solamente un permiso para viajar. Es evidencia de que en alguna parte del mundo, hay un Gobierno que acepta que tiene una obligación hacia ti. La mayoría obtiene ese reconocimiento inmediatamente al nacer y nunca vuelven a pensar al respecto. Los personas apátridas pasan años descubriendo lo mucho que la vida moderna depende de eso.
Los apátridas no son abstracciones políticas. No son anomalías legales. No son problemas de papeleo que esperan una solución administrativa. Son personas. Trabajan, estudian, pagan impuestos, tienen hijos, cuidan a padres cuando envejecen, construyen amistades y aportan a sus comunidades. Viven vidas ordinarias bajo una incertidumbre extraordinaria.
Treinta y cinco años es tiempo suficiente para que una persona nazca, crezca, se eduque, vaya a la universidad y tenga sus hijos. Es suficiente tiempo para que Gobiernos se alcen y caigan, para que las tecnologías se vuelvan obsoletas, y que capítulos de la historia comiencen y terminen.
No pasé 35 años buscando un país. Pasé 35 años esperando que los países decidieran si les pertenecía. Ninguna persona debería esperar tanto.
Siimo Kaasik es un escritor nacido en Tallin, Estonia. Luego de pasar más de 35 años como apátrida, obtuvo recientemente su ciudadanía en Nauru. Su trabajo explora identidad, pertenencia e intersecciones absurdas entre burocracia y vida cotidiana.







