
Refugiados asirios en un vagón de camino a la recién construida aldea en el río Jabur, Siria. Foto de John D. Whiting/colección de Matson (G. Eric y Edith) en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos en Wikimedia Commons. Dominio público..
Por JR Younan
Este artículo es parte de la serie Spotlight de Global Voices de agosto “Derechos indígenas”. Esta serie ofrece una visión de las vidas y experiencias de los pueblos indígenas, de las conexiones a través de regiones, experiencias indígenas y contar las historias de líderes, activistas y miembros de la comunidad y más. Puedes apoyar este reportaje con una donación.
Tenía once años cuando un amigo me dijo que los asirios no existían. Llegué a casa, me desplomé en una silla y abrí un paquete de langostinos fritos.
Los asirios son un grupo étnico indígena del oeste de Asia, y nuestros ancestros se remontan a un pueblo antiguo. Partes de Siria, Turquía, Irán e Irak son nuestro territorio. Nuestro idioma es el neoarameo asirio. Aunque somos predominantemente cristianos, mantenemos tradiciones culturales antiguas, como Akitu y Musarda.
Con la intuición en alerta total, a mi madre no le tomó mucho tiempo sonsacar qué me afectaba ese día. Con sus verduras listas para picar en su tabla, me contó de la masacre de Simele por primera vez.
La masacre de Simele
La masacre fue en 1933. El Ejército iraquí, con ayuda de las tribus kurdas, ejecutó un ataque en la ciudad de Simele y distritos aledaños habitados por asirios. Fue una campaña sistemática de limpieza étnica, el Estado publicó mucha propaganda a la opinión pública que nos describía como “agentes «extranjeros» y “coloniales”.
En el preludio de la masacre, a los hombres asirios los desarmaron a la fuerza, las familias árabes recibieron notificaciones de evacuación. La administración británica en Iraq, que sabía de la inminente violencia, se quedó inactiva. Mataron a miles de asirios en la violencia que siguió, y luego hubo celebraciones públicas. Según algunos relatos, hasta hubo conmemoraciones con sandías cortadas para representar cráneos. El comandante del Ejército que dirigió las operaciones, Bakr Sidqi, se convirtió en héroe nacional. El Estado iraquí nunca reconoció oficialmente la masacre.
El 7 de agosto, conmemoramos el Día de los Mártires Asirios, inicialmente para recordar a quienes perdieron la vida en Simele, pero que ahora incluye a todos los asirios que han sido perseguidos.
Enterarme de Simele fue un puñetazo en el estómago. Al sumergirme en nuestra historia contemporánea, su naturaleza cíclica fue evidente: genocidios, desplazamiento y que nadie asuma responsabilidades. Hubo un aspecto que demostró ser especialmente resonante: las penurias de mujeres y niñas asirias.
Observé el mismo patrón: chicas a las que sacaron de sus casas, mujeres que desaparecieron sin dejar huella, familias que buscan respuestas que nunca llegaron. En nuestras familias, viven con anécdotas: una hermana que escapa, una tía que resiste. Pero ¿cuántas fueron? ¿Cómo se llamaban? ¿Qué les pasó después?
Un pueblo invisible
Ninguna Constitución de Medio Oriente reconoce a los asirios como pueblo indígena. Somos uno de los grupos más desfavorecidos sociopolíticamente. La mirada de Occidente y de Oriente ha sido confinada a grupos demográficos mayoritarios. A los asirios se les ha dado apenas una nota al pie. El no reconocido genocidio otomano de 1915 (conocido como “sayfo”, espada en arameo) eliminó aproximadamente al 75% de nuestra población.
La Organización de Naciones y Pueblos no Representados advierte que los robos de tierra, las amenazas de seguridad y la decreciente situación política siguen impulsando nuestro éxodo. En el este de Asia, somos los marginados de los marginados. Entonces, ¿dónde deja eso a nuestras mujeres y niñas?
Violencia sexual como herramienta de genocidio
Cada vez más, los académicos especializados en genocidio entienden la violencia sexual como instrumento de destrucción. El secuestro, violación, conversión y matrimonios forzados de mujeres y niñas fracturan las estructuras familiares. Las mujeres son las custodias de la continuidad, preservan las recetas familiares, los rituales culturales y el folclore, y son la primera voz a través de la cual los niños oyen su lengua materna.
Raphael Lemkin, el jurista que concibió el término “genocidio” en 1944 y cuyas ideas fueron formadas por la masacre de Simele, sostuvo que genocidio no es simplemente matar a un pueblo o sacarlo de sus tierras. Es destruir la existencia de un grupo social. Las violencia a causa de género es importante en ese proceso, repercute a través de generaciones. Para que no olvidemos a las mujeres y niñas que vivieron esto. Es imposible comprender cómo vivieron con lo que siguió. La violencia no terminó cuando la violación terminó ni cuando se cambiaron de nombre. Siguió por el resto de su vida. ¿Cómo podemos medirlo?

Monumento al genocidio asirio en Ereván, Armenia. Foto de Divot en Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0).
Conversé con un periodista británico-árabe sobre la discriminación que enfrentan los asirios en Irak. Lo desestimó, mencionó a su bisabuela asiria de Simele. No sabía nada de la masacre, ni le interesaba saber. Fue extraño: un árabe que menciona un linaje asirio, y que a la vez es ajeno a la violencia que pudo haber originado ese linaje.
Ausencia histórica
Fuera de nuestra memoria comunal, estas mujeres y niñas casi no están en el mundo académico. Su violación ha sido triple: primero como pueblo indígena, luego a través de la violencia sexual, y finalmente en el silencio de los archivos que siguió. Si no está en los libros de historia, nunca ocurrió, la culminación de una limpieza étnica por medio de manipular la memoria colectiva.
Este silencio no es universal. Luego del genocidio de 1915, marcos legales internacionales como el Tratado de Sèvres requerían que el Gobierno turco cooperara con las investigaciones de las niñas y mujeres armenias, y que ayudara a ubicarlas. Organizaciones humanitarias como la Casa de Rescate de Alepo y Ayuda de Oriente cercano ayudaron a rastrear familias. La Liga de las Naciones encargó buscar a los desaparecidos hasta la década de 1930, y ordenó un meticuloso archivo de la documentación.
Es como debería ser. A las mujeres y niñas asirias nunca se les dieron los mismos mecanismos de identificación, documentación o recuperación. Aunque hay detalles registrados sobre la persecución asiria por parte de organizaciones misioneras británicas, son escasos. Como pueblo transnacional dividido entre fronteras trazadas arbitrariamente, a los asirios les fue difícil establecer instituciones cohesivas y representación política, a diferencia de los armenios que, a pesar de estar repartidos por el mundo, se han beneficiado de ventajas derivadas de ser una nación considerada como Estado.
Tradicionalmente, los asirios han estado indefensos geopolíticamente; entre la inexperta lucha de posguerra por la hegemonía sobre recursos petroleros, no sorprende que no hayamos inspirado asistencia.
Una justificación simplista ha sido que nuestros números son pequeños. Sin embargo, hace apenas cien años, los asirios eran la demografía mayoritaria en gran parte de nuestra tierra natal. Los Estados del este de Asia han pasado los últimos cien años cambiando el nombre a los asirios como todo menos asirios con asimilación forzada, clasificación estatal (árabe, turco semítico, kurdos cristiano) y divisiones sectarias generadas por misioneros a fines del siglo XIX que tuvo como resultado identificadores afiliados con la religión que surgen en vez de los asirios. Todos estos factores han contribuido a que se subestimara a nuestra población y, por extensión, han impactado en nuestras comunidades.
La actual situación de minoría no debería disminuir la importancia sociopolítica e histórica. Al contrario, la eleva, y en un primer momento exige preguntar por qué nos hemos convertido en una minoría, por qué los pueblos indígenas, cuya presencia abarca milenios, y al cabo de un siglo enfrentan la perspectiva de desaparecer de sus tierras ancestrales.
Sin desmerecer el trabajo dentro de nuestra comunidad en preservación histórica, organizaciones como el Centro Seyfo, la Asociación de Estudios Asirios y Estudios del Genocidio Asirio han empezado a abordar este vacío historiográfico, y la última es un archivo de relatos de mujeres. Aunque son iniciativas recientes, la carga siempre ha estado con los asirios, apoyada sobre todo en la buena disposición de voluntarios.
Violencia de género actual
El levantamiento del Estado Islámico generó renovada persecución, las comunidades asirias fueron atacadas con matanzas, desplazamiento y secuestro y esclavitud de mujeres y niñas. Los medios occidentales y el discurso liberal han dedicado una gran atención a poner en el centro las vivencias de las «novias» de ISIS, invariablemente descritas como víctimas a pesar de cada vez más evidencia que ilustra que muchas no eran actrices pasivas.
Y las verdaderas mujeres víctimas de ISIS han quedado de lado. En un panel de mujeres sobre feminismo interseccional destaqué este doble rasero. En vez de generar compromiso, el testimonio asirio fue desestimado como islamofóbico y nacionalista, y expuso los límites de un amplio discurso político binario.
El pueblo yazidí ha recibido apoyo internacional por los delitos cometidos por ISIS contra sus mujeres y niños. Su persecución fue rápidamente enmarcada internacionalmente como un genocidio cona una minoría etnorreligiosa diferente.
Los asirios quedaron subsumidos en narrativas más amplias de persecución cristiana. Esta categorización ha empañado la etnicidad asiria y las experiencias de género específicas, complicadas por el hecho de que un Occidente predominantemente laico ha considerado al cristianismo como una característica de la derecha, que puede haber contribuido a menos reconocimiento.
Sería ingenuo ignorar el potencial estigma alrededor de la violencia sexual. El temor a la vergüenza y las repercusiones sociales pueden obstaculizar los testimonios de los sobrevivientes, y las consecuencias intergeneracionales, particularmente los campos legal y social del este de Asia, donde los niños nacidos de una violación heredan la identidad religiosa del perpetrador y no la de su madre.
Pérdida continua
Después de haber actuado en diferentes lugares del este de Asia, algunos miembros del público se me acercaban. Sus historias eran sorprendentemente similares. Fueron criados como árabes, y muchos descubrieron recién de adultos que sus madres eran asirias. Hablaban de madres a quienes se les prohibía hablar asirio, de padres que menospreciaban la identidad asiria, a la que calificaban de «mentalidad de minoría» y del distanciamiento de sus familias maternas.
No estoy sugiriendo que estas mujeres no tuvieran autonomía en sus matrimonios, ni estoy equiparando estas experiencias con la violencia sexual de la que hablamos. Más bien, estoy resaltando la carga desproporcionada que se impone a las mujeres para que renuncien a su idioma, su cultura y su identidad a fin de asimilarse a la identidad de sus esposos, tal como lo establecen las leyes patriarcales de situación social del este de Asia. Una y otra vez, las personas se sintieron impulsadas a contarme estas historias porque sentían que algo se había perdido, aunque no siempre pudieran nombrarlo.
Remembranza
Mi tía bisabuela Sorayya fue sobreviviente del seyfo. Vivió con nosotros un tiempo en mi niñez. Tenía infinidad de historias. Hablaba de sus viajes a Jerusalén, de cómo se tomaba un trago de whisky antes de hacerse un tatuaje de una cruz, de cómo se disfrazaba de soldado para gastar bromas a los vecinos y de las aventuras que tuvo como niñera de un embajador estadounidense en Bagdad, pero nunca del seyfo.
Para cuando comprendí que esos silencios formaban parte de la historia, ya era demasiado tarde. Mi tía ya no estaba viva para preguntarle. A medida que las generaciones mayores van muriendo, se van desvaneciendo las oportunidades de preservar los recuerdos de primera mano y heredados de las mujeres y niñas asirias. Por supuesto, nuestro recuerdo tiene sus limitaciones; al ser lo mínimo que podemos ofrecer, está incompleto, limitado por las historias que nunca se contaron, por aquellas cuyos nombres se perdieron, con vidas que fueron trastornadas y la justicia que sigue sin resolverse.
JR Younan es comediante, escritor y médico británico-asirio.







