«Antillano por convicción»: El Caribe se despide del poeta y escritor Ian McDonald

Poeta y escritor Ian McDonald en el festival literario Bocas de 2013 en Puerto España, Trinidad. Foto cortesía de festival literario Bocas, usada con autorización.
Ian McDonald fue un consumado escritor. Cierto, era naturalmente curioso, demostró profundo conocimiento de los temas que trataba y tenía voz propia, y a la vez dominaba varios géneros, lo que significa que podía escribir cualquier cosa.
A McDonald se le conocía principalmente como poeta, escribió 11 poemarios, y más recientemente “La imposibilidad de la nada”. Al admirar su “hábil uso del dialecto; su poesía sobre la naturaleza se impregnó de los misterios del interior guyanés; su sombrío conocimiento de la mortalidad”, Macmillan Caribbean lo llamó “el equivalente sudamericano de Robert Frost; poeta que escribe en un país joven que, con el corazón abierto y en lenguaje limpio y honesto, ha dejado sus personajes y acontecimientos, sus paisajes, tradiciones y mitos, para que las futuras generaciones descubran”.
Pero su poesía, aunque sobresaliente, generalmente no es el trabajo que se asocia con Ian McDonald. Su novela “El árbol de los colibríes”, publicada en 1969, fue su única novela, pero es tan buena que fue suficiente. Pronto se convirtió en clásico de la literatura caribeña. Está ambientada en Trinidad en la década de 1940, y sigue el desgarrador recorrido de Alan, muchacho adinerado blanco que se hace amigo del trabajador indio de su familia.
En el contexto anterior a la independencia de la región, una asociación así puede parecer bastante riesgosa, pero Alan complica más las cosas cuando se enamora de la hermana de su nuevo amigo, que también trabaja pata la familia. La historia es un examen profundamente perceptivo de los límites sociales de raza y clase, incluso cuando la propia sociedad se encuentra al borde de un cambio significativo.
En su poesía y su prosa, ya fuera su trascendental novela o su columna en Stabroek News que tuvo cerca de 40 años, de alguna manera McDonald pudo dirigirse al centro de la vida caribeña; lo que emocionó. Los lectores le tenían cariño a McDonald porque pudo capturar limpiamente los matices de las sociedades regionales en toda su turbia complejidad, mientras deja espacio para la ternura y la empatía.
De McDonald se dice que es un escritor guyanés, pues decía que Guyana era su hogar, donde vivió la mayor parte de su vida adulta, aunque en realidad nació en Trinidad el 18 de abril de 1933. Era un verdadero caribeño, la familia de su padre tenía lazos con Antigua y San Cristóbal, y su madre era trinitense.
En el resumen de su biografía, McDonald se describe como “antiguano por ancestros, trinitense por nacimiento, guyanés por adopción y antillano por convicción”. El festival literario Bocas, al referirse a su muerte el 24 de julio, dijo que “dejó en claro su conciencia y compromiso regionales”. La publicación en Facebook de Bocas continuaba, “Su muerte a los 93 años es un pérdida inmensa para la literatura y la cultura caribeñas”
McDonald era el mayor de seis hermanos y creció en St. Augustine, donde su padre era director agrícola de la empresa exportadora Gordon Grant Limited. Escribir estaba en la familia; su abuela es la poeta Hilda McDonald, que también es la primera mujer en integrar la Casa de la Asamblea de Antigua.
McDonald se educó en el Real Colegio de la Reina en Puerto España, donde tuvo un destacado desempeño académico (con distinciones en Historia e inglés) y deportivo (tenis, específicamente aunque siempre fue hincha del críquet de Indias Occidentales y en sus últimos años representó a Guyana en squash). Estudió Historia en la Universidad de Cambridge entre 1951 y 1955, fue capitán del equipo de tenis y fue elegido presidente de la Sociedad de las Indias Occidentales de la Universidad de Cambridge. Se graduó con honores y luego obtuvo su maestría. Cuando estaba en Reino Unido, McDonald también compitió en campeonatos de Wimbledon y jugó el primer partido de las Indias Occidentales en la Copa Davis en 1953.
Tras la universidad, tuvo un cargo en la entonces Guyana Británica con la empresa Booker Group, propietaria de varias haciendas azucareras. Cuando la empresa fue nacionalizada en 1976 con el nombre de Corporación de Azúcar de Guyana, se quedó hasta su retiro en 1999. McDonald representó a Guyana y la Comunidad del Caribe (CARICOM) en conferencias internacionales relacionadas con el sector azucarero.
Fue muy activo en la vida cívica, trabajó para varios causas que le eran preciadas, como educación, integración regional y deportes. Sin embargo, el impulso de escribir nunca lo abandonó; sus primeros poemas se publicaron en la década de 1950 y han aparecido en incontables antologías. También escribió historias cortas y hasta una obra de teatro, “El vagabundo”, pero “El árbol de los colibríes” consolidó su influencia como voz literaria regional después de ganar el Premio Conmemorativo Winifred Holtby de la Sociedad Real de Literatura por la mejor novela regional.
El libro sigue apareciendo con frecuencia en el currículo regional en inglés, y en 1992, año de una nueva edición a cargo de Heinemann, la BBC produjo y emitió una película de la historia.
McDonald también editó su diario literario “Kyk-over-al”, coeditó dos antologías de literatura caribeña y, en palabras de Bocas, fue «amigo y mentor de generaciones de escritores caribeños”.
Al enterarse de su muerte, el presidente de Guyana, Irfaan Ali, llamó a McDonald “figura literaria de valía y uno de los hijos destacados del Caribe. El doctor Ian McDonald era el Caribe encarnado: La sangre de Antigua estaba en sus venas, Trinidad acunó su primer aliento, Guyana reivindicó la plenitud de sus años, e Indias Occidentales reclamaron su alma”.
El tributo de Ali en Facebook continúa, “Era un poeta de gracia inusual, un escriba de elocuencia, un cuidador de nuestra frágil y feroz llama cultural […]. Nos mostró que el lenguaje es un andamio en el que construimos nuestros mañana. Sus versos cantaban nuestras fracturas y nuestras plenitudes, nuestra angustia y nuestro éxtasis, tejió el deshilachado tapiz de la vida del Caribe en algo luminoso y duradero.
Es triste que nos deje ahora, en un tiempo tan oscuro y cuando nuestra nación anhela la sabiduría que brotaba de su pluma […]. Que su alma encuentre la paz que sus palabras impartieron con tanta generosidad.
Guyana está actualmente de luto por una tragedia en un ferry que causó la muerte de más de 70 personas.
McDonald se mantuvo activo hasta bastante mayor, ganó el Premio de Literatura de Guyana 2024 por su colección de poesía «En busca de Marbleau», y escribió para el Stabroek News hasta que dejó de imprimirse en marzo de 2026. En una de sus últimas columnas, describió la poesía como «la pasión silenciosa de mi vida», recordó que su madre le leía viejas canciones infantiles a la hora de acostarse. «Tenían el ritmo de la poesía», explicó, «que se quedó conmigo para siempre».
Al recordar a McDonald, la editorial trinitense Paria Publishing citó la última línea del libro del autor «Herencia: Historia de una familia de Indias Occidentales»: «Lo que uno hereda, y lo que a su vez transmite, es la esencia misma de la vida y siempre lo será».
«Encontramos consuelo en nuestros gratos recuerdos de Ian y, especialmente, en sus poemas, donde celebraba los lazos personales que trascienden la mortalidad humana», publicó el festival literario de Bocas. «Como escribió alguna vez: ‘No hay límite para nuestro amor, / ni siquiera la muerte le pondrá límite'».
A McDonald le sobreviven su esposa, Mary; sus dos hijos, Jamie y Darren; y su hijo Keith, de su primer matrimonio con Myrna.






