
Ilustración de Omarela Depablos, 2026. Usada con autorización.
Este artículo es parte de la cobertura especial “Dentro del desastre por el terremoto en Venezuela”, que examina las secuelas de los terremotos, cuenta historias desde el terreno y explora el impacto humano, trabajos de rescate y dificultades que enfrentan las comunidades afectadas. Los nombres de los niños se han cambiado para garantizar su protección.
Este artículo se escribió con el apoyo de Moving Minds Alliance (MMA) a través del Fondo de Reportajes de Incidencia de Reporters for Early Age Children in Crisis (REACH).
«¿Por qué la tierra se ha molestado con la gente», preguntó Elyas, de cinco años, a su abuela, acostado en el medio de un laberinto de literas dispuestas debajo de una carpa blanca en un complejo deportivo en La Guaira, Venezuela. Su familia no tiene la respuesta a una pregunta tan profunda.
El terremoto doble del 24 de junio eliminó parte de la ciudad donde creció. Docenas de estructuras que conoció son ahora pilas de escombros. Por su parte, otros edificios siguen de pie como esqueletos rajados que amenazan con derrumbarse en cualquier momento.
A la familia de Elyas le preocupa la precisión con la que el niño describe cómo se derrumbó un muro de dos niveles en la espalda de su padre y cortó la mano de su abuela. “Tratamos de distraerlo, pero empieza a hablar y pregunta todo”, dice su madre, Sandra.
En la nueva rutina del niño, la lluvia ya no es solo agua que cae del cielo. Con cada lluvia, se anticipa a la advertencia de su madre de que “la tierra va a volver a sacudirse». Según ella, el rugido del trueno le recuerda al niño el sonido que rompió su casa en Punta de Mulatos en La Guaira, la sección más devastada de los seis estados a lo largo de la costa norte de Venezuela que los sismos impactaron.
“Oye un avión y se asusta; el trueno y se asusta […] hubo una actividad con Mickey Mouse, y cuando dispararon la pistola de papel picado, sonó ‘¡pow!’, y él salió corriendo”.
Janet Guerra, psicólogo de la Universidad Católica Andrés Bello y especialista en desarrollo infantil, explica que aunque en sus primeros años los niños no procesan estos acontecimientos lógicamente, se quedan “grabados en el cuerpo”. El periodo hasta los cinco años, vital para su crecimiento biológico, también es vital para el desarrollo de la psiquis.
“Si este miedo no se trata, el menor puede desarrollar un ciclo de parálisis o desregulación emocional ante hechos estresantes futuros”, advierte Guerra, y señala que esta consecuencia puede extenderse a la adultez, donde reaccionará sin entender racionalmente el origen de la angustia.
Casi 3.9 millones de niños viven en las zonas ion afectadas por los terremotos, según UNICEF, y cientos de miles tienen una urgente necesidad de casa, comida y ayuda psicológica.
Las emociones que los niños no pueden nombrar
En un teléfono, Elyas y su madre miran fotos y videos de cómo era su vida antes del desastre: la cena de su última Navidad, la celebración de los 15 años de su prima, y cuando pintaron la casa a la que temen volver. Para Elyas es difícil quedarse tranquilo. De pronto salta, empuja la silla de ruedas de su padre y corre alrededor de césped artificial con otros niños.
Al llegar al campo, se ha vuelto más “inquieto” y “terrible”. A veces, sus padres dicen, “no hace ningún caso”. Según los expertos consultados, este comportamiento es simplemente una manera en que los niños expresan emociones que no pueden o no saben cómo llamar.
En los refugios esparcidos alrededor de Caracas y La Guaira, algunos padres y cuidadores dicen que sus hijos “no saben” o “no entienden” lo que está pasando porque “son muy pequeños”. Sin embargo, Argelia Escalona, trabajadora social de los Centros Comunitarios de Aprendizaje, desmiente ese mito: no entienden y sufren, hasta los más pequeños, desde los cero a los dos años. Absorben la tensión que los rodea y la expresan a través de su comportamiento, y por eso es que necesitan que se les observe con atención, y los cuidadores también deben cuidarse”.
El costo oculto de una rutina rota
A pocos metros de Elyas, sentadas en un delgado colchón sin sábanas, dos hermanas —Daniela de seis años y Albany de un año— lloran a la vez. La niña mayor no puede dejar de mirar sus manos; una travesura que incluye un tubo de pegamento, que ha dejado sus manos rojas e irritadas. El llanto de la bebé es más difícil de descifrar.
Tras aliviar el dolor de Daniela con hielo y crema, su madre Claudia amamanta a Albany en un intento de calmarla; en segundos, la bebé se retira y empieza a llorar otra vez. Su incomodidad es por la falta de su principal fuente de alimentación: su mamadera.
“Acá no tiene su leche, su avena ni su fororo [bebida a base de maíz]. A veces, le doy de lactar, a veces le doy comida del comedor, pero se le ha hecho difícil acostumbrarse. Por eso está así, llorando todo el tiempo”, dice.
Según Marianella Herrera, nutricionista de la Fundación Bengoa, es una respuesta prevista a la perturbación de la rutina de un niño. En las emergencias, los refugios y campos temporales del país dependen de la disponibilidad de suministros, lo que significa que la comida de las cocinas comunitarias, como arroz, frejol negro o arepas, se suele priorizar antes de las necesidades nutricionales específicas de los primeros años de vida.
Antes del terremoto, la seguridad alimentaria de los niños en Venezuela ya era complicada, y la desnutrición infantil empezó a acelerarse en 2016 como consecuencia de la crisis humanitaria. El más reciente boletín de Cáritas Venezuela, de marzo de 2024, indica que en el 67% de las comunidades supervisadas en el país la desnutrición aguda, moderada y severa entre los niños menores de cinco años excede los niveles de alerta de salud.
La tragedia de los sismos también encontró a las agencias estatales de protección “severamente debilitadas y sin recursos […] sin presupuesto, transporte ni trabajadores sociales”, denuncia Gloria Perdomo de la Red por los Derechos Humanos de Niños, Niñas y Adolescentes. Esta brecha empeora por los recortes de la ayuda internacional y las restricciones a las ONG que impuso el Gobierno venezolano.
Como resultado, la mamadera que llegaba a una hora fija ahora depende de la logística del refugio en el que la familia está, lo que interfiere con la transición del niño a alimentos sólidos. “Si el bebé aún no ha pasado totalmente a comer en la mesa familiar, su situación nutricional se vuelve crítica cuando es imposible ofrecer alimentos adaptados en medio de esa asistencia masiva de alimentos”, explica Herrera.
Esa perturbación también afecta la seguridad emocional del niño, agrega Guerra, porque rompe la rutina que daba orden y calma a la psiquis del niño.
Claudia mece a su bebé en sus brazos mientras espera en fila para recibir una bolsa de comida. Mira alrededor con señal de desconfianza: “Dicen que están entregando casas en Caracas. Es lejos, pero queremos ir”. Por el momento, ella y su familia dependen del campo porque perder su casa también ha roto la seguridad alimenticia de sus hijas. En el peor de los casos el resultado podría ser desnutrición para su bebé, algo que ya ha vivido con su hija mayor, que ha pasado por fluctuaciones en su peso y altura desde su primer año de vida.
Claudia mira la comida de la bolsa que ha recibido. Saca purés de frutas, galletas y tortillas de maíz, entre otras cosas, pero no hay leche, fórmula ni cereal. Cree que a medida que pasen los días, la bebé se acostumbrará gradualmente a la comida del refugio o a la leche materna. A su lado, Daniela saborea una galleta y pregunta cuándo llegará el camión que las llevará a Caracas. Como su madre, cree que en un nuevo refugio tendrán la oportunidad de encontrar un nuevo hogar.






