«Muy parecido a una insurrección»: Recordamos el primer Día de la Emancipación en Trinidad

Negro dance / R. Bridgens del et lith. ; Day & Haghe lithrs. to the King. Image of lithograph showing Afro-Trinidadians playing music and dancing via the Library of Congress. Public domain.

«Danza de negros» / R. Bridgens, dibujo y litografía; Day y Haghe, litógrafos del rey. Imagen de una litografía que muestra a afrotrinitenses que tocan música y bailan, vía Biblioteca del Congreso de EE. UU. Dominio público.

Este artículo de Judy Raymond, elaborado tras consultar registros de la época, se publicó originalmente en The Trinidad and Tobago Guardian el 31 de julio de 2014. Global Voices reproduce una versión editada con autorización.

El petit careme. breve periodo de sequía en medio de la temporada de lluvias, aún no había llegado, y el 1 de agosto de 1834 fue un día típico de la estación lluviosa. Una lluvia incesante cayó todo el día e inundó las calles de Puerto España. Aun así, una multitud desconcertada y empapada permaneció durante horas frente a la Casa del Gobierno.

Había el mismo número de hombres que de mujeres, unos 300 en total, algunos con sus hijos en brazos. Eran peones rurales, vestidos con la ropa raída que usaban para trabajar, aunque no habían llevado sus machetes a la ciudad, ni siquiera palos que les ayudaran a avanzar por los caminos embarrados y con surcos de ruedas de carretas que hacían de carreteras rurales.

Aunque en el exterior la multitud permanecía en silencio, en el interior de los edificios gubernamentales reinaba el caos, ya que a los funcionarios coloniales y los terratenientes les preocupaba cómo reaccionar ante la concentración de afuera. Algunos argumentaban que esa quietud constituía una amenaza. A lo largo de la mañana, la Policía y la caballería militar cargaron contra la multitud, que se dispersó, pero volvió a reagruparse y se negó a disolverse.

Lo que querían eran sus “papeles de libertad” que el rey les había enviado.

Era el Día de la Emancipación, una fecha que hoy se celebra con un feriado nacional y se conmemora como una ocasión gloriosa. Sin embargo, aquel día de 1834, los antiguos esclavos no sabían con certeza qué debían celebrar. Para cuando el sol se apagó tras las nubes cargadas de agua, algunos habían sido arrestados y trasladados a la cárcel, donde los azotaron.

Pero una tragedia mucho peor estuvo a punto de ocurrir. Aquel día y durante la semana siguiente, por las zanjas de Puerto España pudo haber corrido sangre además de agua de lluvia si no hubiera sido por el comandante de la guarnición de St. James, cuya prudencia estuvo a la altura de la de quienes esperaban bajo la lluvia.

El teniente coronel Henry Hardy, del Décimo Noveno Regimiento de Infantería de Su Majestad, murió en Trinidad en abril del año siguiente a los 50 años. Sus restos yacen olvidados en una tumba sin nombre, pero es un héroe anónimo. La compasión, la determinación y el buen juicio que demostró Hardy, al igual que los antiguos esclavos defraudados, evitaron una posible masacre a manos de las autoridades coloniales, y también lo que podría haber sido un complot de los hacendados locales para posponer la proclamación de la emancipación.

EL Joseph, editor británico del periódico Port of Spain Gazette, escribió una crónica de la jornada de la Emancipación desde la perspectiva de los hacendados en su historia de Trinidad, la primera, publicada en 1838. «Los negros de Trinidad”, escribió Joseph, «se comportaron de forma menos tumultuosa que los de algunas de las colonias vecinas […] mostraron mucha resistencia, pero esta, en la mayoría de los casos, fue de carácter pasivo. El uso del látigo de nueve colas convenció a algunos de los más rebeldes de que estaban equivocados […] En contra del deseo de muchos, no se proclamó la ley marcial».

Gertrude Carmichael, en su obra «Historia de las islas de las Antillas: Trinidad y Tobago 1498-1900«, publicada mucho después (en 1961), se refiere de manera despectiva a lo que describe como una turba violenta e insolente. Esta es la versión que se suele consignar en las historias modernas y que ha pasado a aceptarse como un hecho indiscutible.

Sin embargo, según el testimonio de dos soldados ingleses presentes en el lugar, los “negros de Trinidad” no mostraron resistencia alguna. Es más, mantuvieron un autocontrol sorprendente, a pesar de los aparentes esfuerzos concertados de las autoridades civiles por provocarlos para desencadenar una protesta violenta. Fue gracias a la autodisciplina de esos antiguos esclavos, apenas parcialmente liberados, que la declaración de la ley marcial fue claramente innecesaria y al final se evitó por poco.

Los antiguos esclavos, a quienes ahora se denominaba “aprendices», se habían congregado en el que debería haber sido su primer día en libertad, fecha en que entraba en vigor la ley de abolición de la esclavitud colonial. No obstante, en ese momento les pareció que los hacendados y el Gobierno colonial intentaban engañarlos para privarlos de su libertad.

Cuando los exesclavos se congregaron frente a las oficinas gubernamentales, les dieron gato por liebre. No hubo ninguna gran proclamación ni celebración, ni oficial ni informal, y había muy poco que festejar.

Finalmente, el gobernador sir George Hill, con los miembros del consejo detrás de él, salió al balcón para responder a las preguntas de la decepcionada multitud que esperaba pacientemente abajo.

“Aquella gente parecía ser una delegación de unas pocas haciendas francesas; en su mayoría eran hombres y mujeres muy ancianos y niños”, escribió el mayor Henry Capadose, del Primer Regimiento de las Indias Occidentales, parte de la guarnición británica acuartelada en Trinidad que estaba en la Casa del Gobierno ese día. Más tarde escribió un libro sobre su servicio en el trópico, titulado «Dieciséis años en las Antillas».

Se suele pensar que la Emancipación se proclamó en los edificios gubernamentales y el depósito de ron del muelle, donde hoy está el edificio del Tesoro. Sin embargo, las imágenes de aquellas oficinas, que se quemaron en 1932, muestran una construcción alargada de un solo piso.

Más aún, Capadose relata: “Su Excelencia, el gobernador sir George Hill, seguido por los miembros del consejo, los jueces y otros distinguidos funcionarios, se dirigió al balcón de la cámara del Consejo para averiguar la causa de semejante multitud que llenaba el patio, por debajo del edificio”. Hace repetidas referencias al balcón y a la gente congregada abajo.

Por lo tanto, el discurso ambiguo del gobernador, muy distante de una proclamación formal, debió de pronunciarse en los antiguos edificios gubernamentales de la plaza Brunswick (hoy plaza Woodford), demolidos unos años después para dar paso al nuevo edificio proyectado por Richard Bridgens, que luego se convirtió en la Casa Roja

En aquel lluvioso Día de la Emancipación, un joven entre la multitud le preguntó en francés al gobernador qué estaba sucediendo y por qué los administradores y capataces de las haciendas, algunos de los cuales los habían acompañado a Puerto España, insistían en que los antiguos esclavos debían continuar trabajando.

El gobernador Hill les respondió también en francés que, si bien era cierto que ya no eran esclavos, tampoco eran totalmente libres. Ahora eran “aprendices”, como si hiciera falta que aprendieran los mismos oficios que venían practicando desde que tenían edad para caminar (los miembros más pequeños de las cuadrillas del campo, que arrancaban malezas y juntaban pasto para el ganado, empezaban a trabajar a los cuatro años). Y durante los siguientes seis años, seguirían estando obligados a trabajar para los mismos amos, sin paga, durante 45 horas a semana, y más tiempo aún durante la época de cosecha.

La ley de abolición de la esclavitud colonial abolía la esclavitud “en todas las colonias británicas a partir del 1de agosto de 1834 inclusive”. Pero,  un “pero” enorme, la ley estipulaba que solo los niños menores de seis años serían realmente libres desde esa fecha; los niños mayores y los trabajadores de campo adultos debían prestar servicios como «aprendices» durante seis años más, y los esclavos domésticos durante cuatro años adicionales.

La gente congregada bajo la lluvia recibió la mala noticia con calma, pero se negó a obedecer las exhortaciones del gobernador de que debían “regresar tranquilamente a sus casas, como buenas personas, y reanudar sus labores al servicio de empleadores que, sin duda, los tratarían con amabilidad, puesto que las nuevas leyes les garantizaban un buen trato”.

Otros funcionarios coloniales repitieron lo dicho por el gobernador Hill, pero la multitud empapada por la lluvia no se movió del lugar.

“Pas de six ans, nous ne voulons pas de six ans, nous sommes libres, le Roi nous a donné la liberté!”, decían. “¡Nada de seis años, no queremos seis años, somos libres, el rey nos dio la libertad!”.

La multitud podía estar resentida, pero se mostraba pacífica. Permanecieron allí bajo la lluvia y se negaron a retirarse.

Algunos miembros exaltados del consejo pretendían que el gobernador declarara la ley marcial y dispersara a la multitud por la fuerza. El Ejército ya había sido convocado y estaba apostado en las esquinas, ante la posibilidad de una insurrección.

En realidad, señala Capadose, “no hubo el menor indicio de algo así, más allá de la obstinación de unos ancianos insensatos en el patio del Gobierno, liderados por un solo muchacho. Y ninguno llevaba siquiera un bastón en la mano”.

El gobernador consultó al coronel Hardy.

“¡Ley marcial! —exclamó—. ¿Contra quién? Solo veo ancianos, mujeres y niños, gente pobre e ignorante que viene a hacer una pregunta y nada más”.

Ante esta respuesta, el gobernador Hill no podía invocar la ley de motines. Al final, hacia el atardecer, la Policía persuadió a los desconsolados aprendices de que regresaran a sus casas.

Capadose volvió a los cuarteles de St. James en el carruaje de Hardy. En el camino, llegaron a ver algunas celebraciones: “Un grupo de jovencitas bailaba en las calles cantando arietas en francés, compuestas probablemente por ellas mismas, sobre la bondad del rey Guillermo al concederles la libertad”.

El coronel Hardy comentó con ironía que aquello “se parecía enormemente a una insurrección”.

Judy Raymond es escritora y editora radicada en Trinidad y Tobago. Ha publicado cuatro libros, que incluyen dos estudios biográficos sobre artistas contemporáneos trinitenses. El color de las sombras: Imágenes de la esclavitud en el Caribe (2016) se inspiró en la obra del artista Richard Bridgens, que tenia una hacienda en Trinidad en los años anteriores a la Emancipación. Sus textos de ficción y no ficción también han formado parte de diversas antologías. Fue directora de redacción de los periódicos Trinidad Guardian y Newsday.

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