Recorrido de un apátrida a través de la ignorancia y la desinformación

Image of a airplane and a glass globe, signifying globalisation. Stock photos by Vecteezy.

Ilustración digital de Sirichai Asawalapsakul con licencia de Vecteezy.

Este ensayo de Sam March, socio de contenido de Global Voices, es cortesía del Movimiento Global contra la Apatridia. Este artículo forma parte de la serie Spotlight de julio de 2026 de Global Voices, «Apatridia«. Esta serie ofrece una visión detallada del problema de la apatridia y cómo limita la libertad de movimiento, oportunidades educativas, acceso político, y más. Puedes apoyar este reportaje con una donación.

A más de 50,000 kilómetros (31,000 millas) del suelo, los Alpes parecían un enorme pastel de chocolate irregular cubierto de azúcar en polvo. Normalmente, la temperatura exterior era de -50 °C, y con mi miedo paralizante a las alturas, pensé que estaría por completo aterrorizado. Al contrario, no lo estaba. Mi corazón no latía con fuerza por estar suspendido en el aire, pero se aceleró frenéticamente cuando me paré frente al puesto de control de pasaportes.

Como apátrida de nacimiento, es decir, sin nacionalidad y, por lo tanto, sin derechos humanos fundamentales, aprendí a temer a algunas cuestiones que para otros son naturales. Todo comenzó cuando me invitaron a una presentación del Movimiento Global contra la Apatridia en el Foro Global de Refugiados en Ginebra, Suiza. Hace poco obtuve el documento de viaje tras una lucha de cinco años, que culminó con la decepción de descubrir que habían omitido mi fecha y lugar de nacimiento. Sentí que había contribuido a borrar parte de mi identidad. Sin embargo, cuando surgió esta oportunidad, me llené de alegría al pensar que aún podría cumplir «fácilmente» mi sueño de viajar.

Pues bien, me equivoqué.

El primer obstáculo que encontré fue la desinformación. Al principio, decidí investigar si cumplía con los requisitos o no. A pesar de que las páginas web de la embajada y del centro de visas ​​ofrecían una opción para apátridas, y de haber completado la solicitud en forma correcta, tuve que esperar horas en la embajada. Al final, me dijeron que no aceptaban mi documento de viaje; un documento que otorga el derecho a viajar ni siquiera me permitía solicitar una visa. Es una paradoja que solo crea la desigualdad entre países.

Al fin, logré hacer el viaje, pero la clave para vencer al monstruo de la desigualdad reside en los favores que recibí. Con algo de ayuda, cartas a la embajada y gracias a la invitación, me concedieron una visa territorial limitada. Fue una mezcla de alegría y tristeza. Me alegró recibir la visa, pero sentí un enorme malestar porque todos me recordaban lo complicado que había sido, que de no ser por esos favores, nunca habría llegado a Ginebra. Me di cuenta de que me faltaba algo, que no era una persona completa; me sentí tan pequeño y humillado.

El segundo obstáculo que tuve que superar fue la ignorancia. Al momento de reservar el pasaje, la situación se volvió digna de una película de humor negro que te obliga a reír por no llorar. Luego, intenté consultar con la aerolínea si me permitirían viajar como apátrida, pero me dirigieron a la página de «asistencia especial» para comprobar si necesitaba un acompañante o una silla de ruedas. Me asombró que una aerolínea que gestiona millones de pasajeros no tuviera ni idea de la situación de los apátridas y, por lo tanto, no pudiera atender sus necesidades. La página web era un callejón sin salida, así que tuve que llamar. El servicio de atención al cliente repetía el mismo discurso: «El pasajero tiene la obligación de obtener el permiso de entrada al país de destino». Aunque eso era positivo, seguía sintiéndome inseguro y sin una respuesta clara. En un estado de confusión, reservé de todas formas, y como no había vuelo directo, la experiencia con el país de tránsito resultó ser aún más extraña.

Soy alguien que aprendió a vivir con miedo. Con esa mentalidad, no quería quedar detenido en un país extranjero sin ninguna ayuda. Así que decidí enviar un correo electrónico a la embajada del país de tránsito para buscar alguna confirmación que pudiera disipar mis temores. La respuesta fue un correo poco claro que decía que, si permanecía en la zona de tránsito, no debería tener problemas, pero que desconocían qué medidas tomaría inmigración en la frontera.

Eso demostraba una total ignorancia, ya que intentaban eludir cualquier responsabilidad. Si la embajada y la aerolínea no saben, ¿quién debería orientar a los viajeros apátridas?

Viajar con documentos de apátrida es un viaje de descubrimiento. Después de tantas respuestas evasivas e intentos fallidos, pensé que era necesario reunir todo mi coraje y seguir adelante. El viaje tuvo momentos de miedo, como cuando esperaba a que la máquina expulsara mi tarjeta de embarque o explicaba con largos monólogos a los empleados llenos de interrogantes detrás de cada mostrador lo que significaba ser apátrida. Recuerdo que la pregunta más graciosa que me hicieron fue: «¿Cuál es su nacionalidad?».

Fue agotador, ya que el sueño se convirtió en una pesadilla, como todo cuando eres apátrida. Finalmente, llegué a la cabina de control de pasaportes, la última parada. Me acercaba despacio, aterrorizado como un condenado camino a su ejecución. Los rostros a mi alrededor reflejaban emoción o cansancio, pero nadie estaba asustado. Sentía ganas de huir, aunque estaba atrapado entre una marea de viajeros detrás de mí y el control de pasaportes enfrente, no había más remedio que seguir adelante. Luego, me tocó el turno y llegó el enfrentamiento final: o cumplía mi sueño o me detendrían, y tendría que buscar a la siguiente persona que me hiciera el favor de sacarme de allí. Llegué a la cabina aferrado a mi visa y mi dinero, intentando mantener la calma.

Para mi suerte, lo único que me ayudó fue que el funcionario estaba demasiado cansado para prestar atención; me preguntó dónde quería que pusiera el sello, lo que fue algo más lo que reír, otra persona ignorante que no sabía cómo ayudar a un viajero apátrida.

Por fin llegué a Ginebra; todo se sentía como escalar el Everest y no disfruté mi triunfo. Estaba devastado, recordaba cada humillación y explicación mientras me quedaba dormido aquella primera noche en Europa.

Mientras escribo y revivo cada detalle, intento comprender la desinformación y la ignorancia que enfrenté durante el viaje y me pregunto, como para aclarar la situación, ¿por qué tantas complicaciones y por qué nadie es consciente de nuestra existencia? La respuesta es simple: el Gobierno utiliza ese documento de viaje para vigilar y controlar, no para garantizar derecho alguno a sus ciudadanos apátridas, y presupone que esas personas pertenecen a un grupo que jamás verá un avión ni tampoco tendrá la oportunidad de viajar a ningún lugar; lo que demuestra una mentalidad desigual y superior que seguimos enfrentando. Con la burocracia y la avaricia por el dinero, las embajadas y las aerolíneas no ven sentido en atendernos, ni siquiera en intentar darnos las respuestas correctas.

Para concluir, debo decir que, si bien la apatridia es una carga que no es culpa nuestra, es una grave deficiencia de cualquier Estado que se niega a respetar los derechos humanos. Perseveraremos para que el mundo nos escuche y, por eso, les pedimos que se unan a nosotros. Este no es un caso especial. Se estima que 15 millones de personas viven en esta situación, y a veces incluso mucho peor, y tú podrías ser el próximo. Únete a la lucha para erradicar una situación que ni siquiera debería existir, y descubre cómo puedes ayudar. La apatridia no es asunto de un grupo en particular, sino un dilema que afecta a toda la humanidad.

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