
A falta de cifras oficiales, los voluntarios calculan que cerca de 400 personas afectadas por el terremoto se han refugiado en el parque La Libertad. Fotos de Jeimi Villamizar. Colombia, 2026. Utilizadas con autorización.
Una grieta divide en dos la residencia de la calle 14 de Pereira. En el suelo yacen ladrillos de la fachada de la pensión y partes del tejado derrumbado. Las ventanas sin cristales y la cinta amarilla de precaución que cruza la fachada advierten del riesgo de derrumbe.
Desde fuera, cuesta entender por qué sigue en pie, quizá de la misma forma que se ha mantenido en pie durante la última década, gracias a quienes buscaban un techo bajo el cual cobijarse por menos de 17,000 pesos (cinco dólares) al día. Antes de que la tierra se moviera y lo convirtiera en un recuerdo, una de las habitaciones de sus tres plantas era el hogar de Laura*, sus dos hijas* [*se han cambiado estos tres nombres para proteger su privacidad] y su marido.
La mañana del terremoto, Laura se despertó antes de lo habitual, inquieta y contando los minutos que le quedaban para reunirse con sus hijas, Mariana (10) y Luciana (8), que habían pasado la noche en casa de su hijo mayor.
Agarró el celular, miró la hora, las 07:32 horas, y se metió en la ducha. Dos minutos después, una fuerte sacudida la lanzó contra la pared. Intentó mantenerse en pie, pero el movimiento se hizo más intenso. Oyó gritar a su marido y, mientras el suelo temblaba bajo sus pies, salió corriendo del baño.

El terremoto de Colombia ha sido el más fuerte de la última década y ha afectado a más de 400,000 personas en todo el país. Foto de Jeimi Villavizar, Colombia, 2026. Utilizada con autorización.
Laura no miró atrás. Mientras la tierra seguía temblando, tomó una toalla para cubrirse el cuerpo desnudo y corrió en busca de sus hijas. A su alrededor, los edificios del centro de Pereira, una de las ciudades más afectadas, se derrumbaban. La gente gritaba. Solo podía imaginar que encontraría a sus hijas bajo los escombros. El trayecto a pie desde su casa hasta donde se alojaban sus hijas toma aproximadamente 40 minutos; Laura dice que lo recorrió en 15.
Carolina tiene una historia similar. La noche anterior, como había hecho todas las noches desde que llegó a Pereira tres meses antes, pagó 18,000 pesos (seis dólares) por una habitación sin cocina para ella, su hija de un año y medio y su marido. Pagaba la habitación y la comida con los que ganaba con la venta de bolsas de basura en la calle con su hija, mientras su marido trabaja en obras de construcción por toda la ciudad.
Salió con vida del terremoto, solo para darse cuenta de que su familia había perdido lo poco que habían logrado construir en los meses anteriores.

Fotografía de Jeimi Villamizar. Colombia, 2026. Utilizada con autorización.
Mientras tanto, Félix, de 56 años, estaba recolectando café en una finca situada a unos 40 minutos de Pereira cuando se produjo el terremoto de magnitud 7,4, que duró 90 segundos. Tras el sismo, Félix regresó a la pensión en Pereira, aunque no tenía familiares en la ciudad a quienes buscar.
Cuando llegó, se encontró con que estaba destruida. Una pequeña maleta, su bien más preciado, que había llevado durante la última década mientras iba de granja en granja en busca de trabajo, yacía sepultada bajo los escombros.
“Pagaba 15,000 pesos (cinco dólares) al día por una habitación”, cuenta. «Ahora no tengo adónde ir. Tuve que dormir en la calle, en el suelo del parque. Nunca en mi vida había dormido así”.
Las víctimas que nadie consideró

En la primera mitad de septiembre, la Alcadía de Pereira no tiene un estimado de las personas que vivían en las viviendas de “alquiler por días” y que se vieron afectadas por el terremoto. Foto de Jeimi Villamizar. Colombia, 2026. Utilizada con autorización.
Sin conocerse, Félix, Laura y Carolina se convirtieron en tres de las 400 personas que se refugiaron en el parque La Libertad, entre las calles 12 y 14 del centro de Pereira, a solo unas manzanas de sus antiguos hogares.
La cifra no es oficial. El albergue no figura entre los centros autorizados por la Alcaldía de Pereira, y han sido los voluntarios quienes se han encargado de contar a las personas que se alojan allí.
La noche del terremoto, a solo unos metros del parque, los vecinos retiraron los escombros de una pensión que se había derrumbado por completo, junto con una farmacia y una panadería situadas en la planta baja. Los voluntarios buscaban señales de vida entre las ruinas de un edificio donde la gente pagaba por días para tener un lugar donde dormir.
Dos días después, junto con los equipos oficiales de rescate, recuperaron los cadáveres de 17 personas. Estas se encontraban entre las 111 víctimas mortales del terremoto de Pereira.

Según la Alcaldía de Pereira, se han identificado de forma preliminar unos 600 edificios en riesgo de derrumbe. Foto de Jeimi Villavizar. Colombia, 2026. Utilizada con autorización.
Laura dice que tres de sus compañeros de trabajo dormían allí. Aunque no sabe cómo se llaman, no los ha visto desde el terremoto. Teme que se encuentren entre los cadáveres recuperados.
“Nadie vino a averiguar cuántas personas dormían en las viviendas afectadas, cuántas se han quedado sin hogar o cuántas quedaron atrapadas bajo los escombros”, afirma el voluntario local Edward Molina. “Son invisibles para el Gobierno y la sociedad. La gente los juzga por ser trabajadores sexuales, personas sin hogar o recicladores”.
Edward y otros voluntarios dicen que, mientras intentaban hacer frente al desastre por sus propios medios, toda la atención se centraba en la situación que se vivía a dos manzanas de allí, en el Hotel Dibenni, uno de los hoteles más lujosos de la zona y uno de los 66 edificios que se derrumbaron en la capital de Risaralda.

A falta de cifras oficiales, los voluntarios calculan que unas 400 personas afectadas por el terremoto se han refugiado en el parque La Libertad. Foto de Jeimi Villavizar. Colombia, 2026. Utilizada con autorización.
Félix durmió en el suelo, bajo un árbol del parque, la primera semana tras el terremoto. Cuenta que, afortunadamente, pudo conseguir comida gracias a los voluntarios que llegaron de todo el país, pero cada noche le daba miedo.
Félix, que mide 1,70 metros (5,5 pies) y tiene un físico robusto por tantos años de trabajo físico, se emociona al recordar aquellos primeros días. Las lágrimas le resbalan por la cara y no intenta contenerlas.
“La gente venía aquí a repartir tiendas de campaña, mantas y colchones, pero nunca me miraban”, recuerda. “Dormía en el suelo, con la misma ropa que llevaba puesta desde hacía una semana, y la gente me miraba con asco. Todos pensaban que era un drogadicto. Nunca me había sentido tan despreciado”.
Solo Edward se fijó en él. Llevaba tres días retirando escombros junto a su hijo de 15 años cuando vio llegar al parque a cientos de personas, muchas sin nada. “Me di cuenta de que las vidas que había que salvar no estaban bajo los escombros. Estaban aquí”, dice Edward. “Nadie los ve como seres humanos ni como personas que merecen ayuda”.
¿Cómo se puede reconstruir el futuro cuando el hogar no es seguro?

En Pereira murieron 111 personas tras el terremoto del 10 de agosto. Esa cifra forma parte de un total de 314 víctimas mortales en todo el país. Foto de Jeimi Villavizar. Colombia, 2026. Utilizada con autorización.
Tres meses antes, Carolina vivía en una granja a una hora de Pereira. Hace cinco años llegó a Colombia desde Caracas, Venezuela. Aunque está dispuesta a trabajar “en lo que sea”, cree que el terremoto ha cambiado sus planes, no solo en Colombia, sino también en Venezuela.
“Iba a volver porque mi hija mayor va a dar a luz a su primer hijo, pero después de eso, no hay ninguna ciudad a la que pueda volver”, dice Carolina mientras intenta encontrar un colchón nuevo para su tienda de campaña. “Mi hermana consiguió escapar, pero varios de mis primos están desaparecidos […] No creo que estén vivos”.
Mientras los niños juegan en el parque, el equipo médico voluntario aconseja a los profesores que utilicen mascarillas. Afirman que ya han registrado casos de tuberculosis, gripe y otras enfermedades respiratorias. Las tiendas de campaña abarrotadas, la falta de baños y de agua potable, y la comida que se cocina al aire libre bajo la lluvia y el sol de Pereira han creado las condiciones propicias para la propagación de enfermedades.
“Se trata de uno de los sectores más vulnerables de la población de Pereira. Las condiciones del centro de acogida nos han llevado a detectar síndromes de abstinencia y enfermedades respiratorias como la tuberculosis”, dice Alejandra Gutiérrez, una de las tres médicas voluntarias del centro. “Las condiciones son especialmente difíciles para los niños. La lluvia de los primeros días empeoró la situación, y muchos padecen enfermedades digestivas, gastroenteritis y diarrea”.
Afirma que, aunque la Secretaría de Salud ha avanzado en la campaña de vacunación, los voluntarios se encargan por su cuenta de la atención médica. Atienden hasta 30 pacientes al día, no solo del centro de acogida, sino también de las zonas circundantes.

Hernán Giraldo, padre de Juan Felipe Giraldo, el joven de Bogotá que falleció tras el derrumbe del Hotel Dibenni en Pereira. Foto de Jeimi Villavizar. Colombia, 2026. Utilizada con autorización.
Dos semanas después del terremoto, las primeras instituciones gubernamentales llegaron al Parque La Libertad: la Defensoría del Pueblo, la Dirección General de Gestión de Riesgos (DIGER) y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). Aunque los responsables de estas instituciones afirmaron que habían estado presentes desde el primer día, los voluntarios y los sobrevivientes señalaron que no habían recibido ninguna ayuda oficial hasta ese momento.
Después de que la Alcaldía de Pereira anunció que no todas las personas que se encontraban en el parque se habían visto afectadas por el terremoto, el objetivo de las instituciones era identificar a la población y trasladar a las personas a los refugios oficiales. Sin embargo, algunos dijeron haber tenido experiencias negativas cuando las autoridades intentaron llevarlos a uno de los siete refugios oficiales.
Otros, comoi Laura y Carolina, dijeron que, aunque no hubieran tenido ninguna mala experiencia durante esta emergencia, no volverían a un centro de acogida. Laura pasó la pandemia de COVID-19 en un centro de acogida tras llegar de Ecuador. Dice que se sentía “como si estuviera en la cárcel”. Carolina tuvo una experiencia similar durante su migración: “Te quitan todo lo que tienes. Entras sin nada y sales sin nada”.






