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Miedo y control en Angola: La central 7311

Vistas de Angola. Foto: Foto: Eliza Capai/Publica

Vista de Angola. Foto: Eliza Capai/Publica

Este artículo especial fue publicado originalmente en el sitio de Agencia Pública el 16 de Noviembre de 2015. Será republicado por Global Voices en tres entregas conforme a un acuerdo para compartir contenidos. Lea aquí la segunda parte.

Este artículo no debe ser escrito. Fue lo que nos advirtió un miembro de la comunidad brasileña en Luanda unos días antes de que abandonáramos el país, a principios de septiembre. Llevábamos más de 20 días en Angola. “Yo en su lugar no publicaría el material que han grabado. Pueden contar con nosotros para que les ayudemos en esta situación tan complicada.” Según relatos, aquel mismo sábado miembros de las fuerzas de seguridad vinieron a buscarnos por cuarta vez al lugar donde nos hospedábamos. Como disponían de copias de nuestros pasaportes querían saber dónde estábamos. Eso parecía más un mensaje destinado a impedir que publicáramos lo que vimos y escuchamos en el país africano, donde habíamos viajado para investigar el impacto de las empresas brasileñas.

Durante la investigación, conocimos familiares y amigos de los 15 jóvenes, cuyo juicio por planear una revuelta se desarrolla a partir de hoy en el Tribunal de Luanda. Ellos eran parte de grupo de estudios basado en el libro del norteamericano Gene Sharp, “De la Dictadura a la Democracia”, con consejos prácticos sobre cómo se realizan protestas pacíficas contra gobiernos autoritarios. También conocimos y charlamos con  periodistas, académicos, diplomáticos, empresarios, directores y funcionarios de empresas brasileñas. Pero, en la Angola del presidente José Eduardo dos Santos hay personas con las que se puede hablar y hay otras con las que no.

En el mundo de la Central

“En realidad todos somos activistas, estamos tanto en la Central como en otros frentes de activismo. Al final todos luchamos por la misma causa: poner fin a la dictadura, a la opresión y a la tiranía en Angola”, tecleaba de prisa uno de los raperos con los que estuvimos en contacto a través de un grupo cerrado en Whatsapp, en los primeros días del viaje.“ Ahora somos un país democrático, pero tenemos el mismo presidente desde 1979.” Eran aproximadamente 10 jóvenes que intercambiaban una gran cantidad de videos, links e imágenes por teléfono móvil. Noticias de páginas como Club K, creada por miembros de la diáspora angoleña con un conocimiento extraordinario sobre lo que pasa dentro del palacio, y Maka Angola, del periodista de investigación Rafael Marques dedicado a dibujar el mapa de la corrupción en el país, empiezan a circular por todos los lados. La información fluía y queríamos encontrarla. Luego llega un aviso: “Atención con la hora y lugar…hay gente detenida y acusada de conspiración y ahora vamos a involucrar a los extranjeros”. Silencio en el grupo de Whatsapp. “De aquí en adelante vamos a responder solo preguntas concretas”, escribió uno de los raperos, cerrando la charla virtual.

La Central es uno de los grupos más fascinantes hoy en día en Angola. Un sencillo canal de información en Facebook, con más de 19 mil seguidores, y en YouTube, con 2 mil suscritos, alimentado por jóvenes urbanos, los “centralistas”. Nacida en 2011 para cubrir la necesidades de las manifestaciones contra el presidente, llegó a reunir cientos de personas en aquel entonces. Hoy, es una de las páginas que ayuda a visibilizar tanto la minuciosa represión de los servicios de seguridad, como las denuncias de violaciones de derechos humanos. Funciona como un verdadero “altavoz” de los problemas angoleños en un país que tiene un único periódico, el estatal Jornal de Angola, un canal de TV público, TPA, y uno privado, TV Zimbo, que tiene como accionistas al general Manuel Hélder Vieira Dias Júnior “Kopelipa”, ministro de Estado y jefe de la Casa de Seguridad del presidente y al vicepresidente Manuel Vicente. Además, existe una serie de pequeños semanarios críticos de escasa circulación.

Después de muchas negociaciones, un martes logramos reunirnos con unos “centralistas” al final del día en una de las entradas del Zango, un gigantesco conjunto de viviendas en el sureste de Luanda donde han sido forzadas a desplazarse miles de familias del centro durante el proceso de “modernización” de la ciudad. Atravesar 50 kilómetros de tránsito caótico nos lleva una hora y media. Allí, casillas de chapa son prueba de que no todos los desplazados consiguieron una casa digna para vivir. Cuando llegamos al lugar señalado: en un vehículo 4×4 grande y de color negro nos esperan 5 jóvenes. Después de recorrer algunas calles, llegamos a una casa de clase media.

Nuestros entrevistados no son muy diferentes de los raperos de la periferia de São Paulo: gorras de color, camisetas, bermudas, chaquetas Adidas, zapatillas deportivas. Tienen entre 22 y 39 años y están eufóricos. Dos de ellos son “guardas de seguridad” de día y tuvieron que explorar la manzana algunas horas antes, cuenta el joven bajito que no quiere ser identificado. En seguida nos ordena que estacionemos en la puerta.

Central. Foto: Eliza Capai/Publica

Foto: Eliza Capai/Publica

“La mayoría de los activistas aquí no hacían activismo. Yo, por ejemplo, empecé a escuchar rap. El rap y el activismo me relacionaron con la causa”, comenta Ermo Rebelo. Muchos de ellos conocieron el activismo y las movilizaciones gracias a Luaty Beirão, el rapero Ikonoklasta, uno de los detenidos que llamó la atención mundial en el último mes. Pasó 36 días en huelga de hambre como protesta contra la detención prolongada, que excedió largamente los 90 días permitidos por la ley.

“Hay gente que nos busca y nos pasa materiales que consiguen en la calle, los llamamos reporteros de la calle, y los publicamos”, continúa Ermo. Ninguna de las publicaciones está firmada. Muchas publicaciones llegan a tener más de 2 mil “me gusta” en un país con un 21% de acceso a internet y donde apenas un 30% de la población tiene electricidad. La información se transmite no solo en las dos páginas, grupos de Whatsapp y redes sociales personales, sino también por medio de esos mismos jóvenes que difunden las noticias importantes.

Y hay tantas cosas para contar. Angola es un plato suculento para los periodistas. Después de 40 años de conflictos bélicos, 27 de una guerra civil sangrienta que mató más de medio millón de personas y con un territorio dividido entre el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), partido que hasta hoy se mantiene en el poder, y la Unión Nacional para la independencia total de Angola (UNITA), el país rápidamente se transformó en una potencia económica africana. Siendo el segundo mayor exportador de petróleo del continente africano, tuvo durante años las mayores tasas de crecimiento mundial, llegando a un 20% anual. Allí donde gran parte de la población vive con menos de $ 2 dólares norteamericanos por día, el círculo más íntimo del presidente ha adquirido riquezas incalculables – su hija, Isabel dos Santos, es la mujer más rica de toda África, con una fortuna de $ 3,4 mil millones de dólares, varias concesiones y contratos privilegiados con el gobierno angoleño. El país tiene la tasa más alta de mortalidad infantil a nivel mundial- uno de cada seis niños muere antes de cumplir 5 años, hecho que disminuyó la esperanza de vida de la población de alrededor de 51 años. Muchas veces falta agua y luz y eso se nota hasta en la misma capital, Luanda. Hay muy pocos hospitales y aquellos que pueden si necesitan una operación viajan a la vecina Namibia. Los asentamientos o favelas se multiplican por la capital, donde viven cerca de 7 millones de personas. Y las calles están bloqueadas a diario por montañas de basura.

Como tantos movimientos callejeros que han surgido en el mundo a partir de 2011, los “centralistas” rechazan a los partidos tradicionales y se organizan de forma descentralizada. A medida que las protestas han sido reprimidas y desarticuladas de manera muy cuidadosa por el gobierno, se ha convertido en una cuestión de supervivencia. “Nosotros tuvimos una experiencia muy triste, Camulingue y Cassule, lideraron el Movimiento Patriótico y fueron asesinados. Decidimos no tener líderes”, afirma el rapero Leonardo Kossengue.
Alves Kamulingue e Isaías Cassule, ex miembros de la Unidad de Guardia Presidencial (UGP), fueron asesinados en 2013, después de haber organizado protestas para exigir el pago atrasado de remuneraciones e indemnizaciones por haber sido desmovilizados. Ellos mantenían buenas relaciones con la Central y el pequeño círculo del activismo luandés. Pero no estaban cuestionando el régimen, tampoco la política del presidente, a pesar de ello tuvieron un final espantoso: convencidos por un agente encubierto, fueron secuestrados, torturados y asesinados por miembros de la Policía Nacional y de los Servicios de Información. El cuerpo de Cassule fue abandonado en el río Benga, repleto de cocodrilos. Los ejecutores de los crímenes, siete miembros del Sinse (Servicio de Inteligencia y Seguridad del Estado) confesaron y fueron condenados a entre 14 y 17 años de prisión. Pero el jefe del operativo, un teniente coronel del Ejército conocido como “coronel Filó”, no. Ni siquiera el espía infiltrado durante dos años entre los jóvenes de la Central. El descubrimiento de que el “hiperdivertido, siempre disponible” compañero era un espía, causó impacto entre los centralistas, como lo revela este conmovedor relato. Eso aumentó aún más las precauciones, el miedo y la desconfianza. “Teníamos que aprender a defendernos del régimen”, afirma uno de los dos “guardas de seguridad”.
“Tengo que moverme en coche con cristales polarizados, no camino nunca solo, siempre alguien me acompaña. Llevo siempre un dispositivo que me permite comunicarme con los demás. No me quedo hasta tarde en ciertos lugares. Estoy atento todo el tiempo, observando quién es quién. ¿Por qué aquella persona está con gafas de sol a estas horas? ¿Por qué el otro lleva sombrero?¿Por qué me está mirando tanto?, continúa Magno Domingos. “Son traumas”. Magno tiene motivos para desconfiar. En octubre pasó 22 días preso acusado de usar una identidad falsa por llevar documentación de periodista. Parece que todo fue una trampa: solo una semana antes él había publicado una conmovedora carta al hijo del presidente, Zenu dos Santos pidiendo misericordia para sus amigos encarcelados.
Aquella noche con el presentimiento de la mala suerte que le esperaba allí fuera, él interrumpió al resto cuando preguntamos al final, ¿qué pasaría si la entrevista fuera en la famosa plaza Primero de mayo, en el centro de Luanda? “Ni siquiera cinco minutos estaríamos allí. En cuanto nos vieran sentados con nuestras cámaras y con personas de otro color, sería suficiente para que llegaran dos o tres coches de la policía. Tomarían la cámara. Todos seríamos detenidos, tal vez ustedes con la intervención de su embajada podrían salir, nosotros permaneceríamos en la cárcel como unos golpistas más…” Sinceramente a nosotros aquello nos pareció una gran exageración.

¿Puede creer que no obstante eso nos vinieron a detener?

A través de los centralistas conocimos a Laurinda Gouveia, una “chica” estupenda y bonita, que ha preferido estudiar filosofía en lugar de buscar una profesión que le permita abandonar la vida de vendedora callejera de barbacoa y zumos que comparte con su tía. Ella también actuaba como “reportera ciudadana” durante las manifestaciones y participaba en los encuentros de lectura del libro de Gene Sharp. “Era un grupo de debate y estudio. Y aún así- a pesar de ser una cosa inofensiva, porque nosotros no hacíamos nada malo y porque nuestra elección era la lucha no violenta- ¿puede creer que no obstante eso nos vinieron a detener?”

El problema, dice Laurinda, es que después de cuatro años de movilizar a la gente en línea y en las calles, el movimiento “revu” o revolucionario, como se conoce a los jóvenes que se oponen al régimen, ha llegado a un punto muerto. Las manifestaciones, que requerían autorización, eran siempre prohibidas por las autoridades, los jóvenes a pesar de ello salían a las calles, pero cada vez menos. Por lo menos tres veces más los policías los recibieron a golpes. Por eso el grupo decidió estudiar las tácticas de Gene Sharp, lo que pasaba todos los sábados. Además de Sharp comentaban las estrategias de Gandhi, Mandela, Luther King. “Pienso que necesitamos parar un poco. Eso no quiere decir que vamos a quedar indiferentes a lo que pasa a nuestro alrededor. Necesitamos reflexionar sobre qué quiere la gente”, comenta ella. “Para mí, con las elecciones no vamos a conseguir nada. No confío en las elecciones que son la herramienta del MPLA. Por ejemplo, en mi caso que vivo aquí en Luanda, muchas veces cuando es la hora de votar, mi nombre aparece en los padrones en la provincia, donde nací.”

Laurinda nos ofreció una larga entrevista un sábado en Elinga, un centro cultural bastante animado en una casa antigua que está “condenada” por todos lados: en frente se construye un gigantesco edificio para acoger lo que será el mayor centro comercial de Luanda, donde los ejecutivos del único sector realmente exitoso de la economía  angoleña, el petrolero, podrán disfrutar el sábado por la noche sin ver una persona por la calle. Dada la magnitud de la “modernización” de Luanda, Elinga se transformará en un estacionamiento. Pero era allí donde en agosto pasado los jóvenes raperos podían organizar sus shows y conferencias públicas. Aquel sábado el debate se transmitiría en vivo, y otros jóvenes iban a asumir públicamente que participaban del grupo de estudio, respondiendo a las preguntas del periodista Rafael Marques.

Laurinda se hizo famosa a nivel nacional a fines del año pasado, tras su detención, mientras grababa con su móvil una pequeñísima manifestación, de solo siete personas. Tras una paliza que duró casi dos horas, decidió con mucho miedo exponer sus heridas en internet. No quería mostrar las “partes íntimas”-los muslos, la espalda-marcadas por los bastones de metal de los policías. Después del incidente fue expulsada de casa, sus familiares le habían pedido muchas veces que abandonara el activismo. Viven con miedo.

“El día 23 de noviembre, decidimos hacer una manifestación. Y como siempre el (partido) MPLA organizó una contramanifestación, nos encontramos con jóvenes vestidos con camisetas del MPLA y todo lo demás. Alrededor de las cuatro de la tarde, cuando ya no había tanta vigilancia policial, decidimos entrar a la plaza. Los policías vinieron inmediatamente con palos y comenzaron a golpearnos. Tomé el teléfono y empecé a describir lo que pasaba. Una vez que se dieron cuenta, los “hermanos” huyeron y todos ellos vinieron sobre mí. Me quitaron el teléfono y huí hacia otro lado, en aquel momento vino un agente del servicio secreto, me tomó del brazo y algunos comandantes vinieron y empezaron a arrastrarme: “¡La señora va a la comisaría!”. Me llevaron a rastras, tomándome del pelo, de brazos y piernas. Y nos fuimos, yo todo el rato llorando y pidiendo ayuda, pronto noté que no me llevaban al puesto policial. Me pusieron las esposas. Todavía era de día, vi que eran policías y gente del Sinse. Me llevaron y mientras permanecía esposada me golpearon con una cachiporra y un palo de una escoba en las piernas y en todas las partes. De repente apareció uno de los oficiales. Le dije: ‘¡Tío, por favor, perdóname!’. Él me dió un puñetazo en los ojos. Yo seguía pidiendo perdón, pero él continuaba lastimándome. ‘No, ya se los advertimos, y ustedes no escucharon…¡Y por eso hoy vas a tener que orinar en nuestras manos!’ Y me hice pis, todavía con las esposas puestas, me oriné.”

Al contar su historia, la bonita joven aleja sus ojos de la cámara. Algunos policías, intentaron convencerla de ser informante, explica ella. “Mira, Laurinda, deja de meterte con esos jóvenes, mira hasta ahora no quisiste colaborar con nosotros, ¿no te gustaría comenzar a colaborar? Te vamos a ofrecer un servicio, hasta puedes salir con alguno de nosotros, tenemos personas con buen nivel de vida.” Le dijeron que por ser mujer, lo mejor que podía hacer es casarse, tener una casa. “Aunque mira, después de tantos palos que te dimos, ¡ya no vas a tener hijos!”

La misma propuesta, a la que se agregaron unos miles de dólares, se la hicieron a otro joven que conocimos en Elinga. Él era cercano a los dos chicos asesinados en 2013. Con los dos, cuenta, rechazó una propuesta de soborno para que desistiera de reclamar una indemnización junto a dos mil miembros de la seguridad del presidente, donde él trabajaba. Todos juntos fueron despedidos, sin ser indemnizados, en 2010.

Lea aquí la segunda parte

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