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Nos encanta hablar, pero ¿nos expresamos?

La primera vez que pagué el precio por decir lo que pensaba, era una adolescente idealista. Teniendo en cuenta que el telón de fondo era una clase de religión en un prestigioso colegio católico sólo para niñas, supongo que no debería haberme sorpendido. Para resumir la historia, jugué a ser el abogado del diablo en temas como el divorcio, el aborto y el sexo prematrimonial. A la profesora no le gustó especialmente. A mis compañeras sí, pero normalmente sólo me lo decían cuando aquélla estaba lo bastante lejos para no poder oírlo. 

Pronto advertí cómo mis notas se desplomaban en otra asignatura que también ella impartía. Resistiéndome a creer que me estaban acosando, durante cierto tiempo dudé de mí misma y toleré las lecciones extra -es decir, los intentos de conversión- que la profesora pensaba serían de ayuda. Lo que ayudó fue mi decisión posterior de presentarme en la oficina de la directora armada de pruebas, bajo el formato de modelos de examen comparativos, de que mi franqueza en clase de religión me estaba saliendo cara en otros aspectos. La decisión de la profesora de apartar a la profesora de las clases de religión restauró mi fe en la justicia, el valor del pensamiento independiente y la importancia de la autoexpresión. 

Pero vayamos unos cuantos años hacia adelante. Tenemos Internet. Y redes sociales. Y servicios de microblogueo. Estas herramientas deberían hacer del activismo algo más sencillo, llevándolo a un espacio online sin límites… pero, en Trinidad y Tobago, esto más que nada ha amplificado lo que la gente comenta en su salón. Así que sabemos lo que otros han hecho para cenar, o cómo son sus disfraces [en] de Carnaval, pero cuesta más encontrar debates serios, e incluso cuando los trinitenses comparten sus opiniones sobre temas importantes, tienden a hacerlo en la percibida seguridad del mundo virtual: normalmente, en el muro “privado” de Facebook de otra persona.

A los trinitenses se nos describe a menudo como ‘gente de Carnaval’, pero en realidad somos transeúntes, espectadores. Muy pocos de nosotros dejan las gradas para ser parte activa de él [en], y aquellos que lo hacen acaban en una bacanal [en], normalmente junto a cierto nivel de vilificación, por ir en contra del status quo. En los años 60, Gene Miles saltó a la fama al destapar [en] la corrupción generalizada en lo que se acabó conociendo como el Fraude de la Gasolinera [en]. Perdió su trabajo, su reputación y finalmente murió traicionada y sola. Más recientemente, el Dr. Wayne Kublalsingh, que había iniciado una huelga de hambre para protestar en contra del proyecto de construcción de una autopista al sureste de Trinidad (que habría de costar mil millones de dólares y que amenazaría a las comunidades rurales y al ecosistema circundante), fue ridiculizado en público por varios políticos [en]. 

De todos modos, mientras Trinidad y Tobago lidia con más descarados ejemplos de corrupción [en], la historia de Miles vuelve a ser contada -fielmente, esta vez- en el teatro [en] y en el Carnaval [en]. El Dr. Kublalsingh y el Movimiento Highway Re-Route han estado ganando la batalla [en] a través de las acciones de la sociedad civil y del funcionamiento del sistema legal. Así que, me pregunto, en una época donde los medios ciudadanos han probado que pueden ayudar a devolver las riendas del poder a los ciudadanos de verdad, ¿por qué los trinitenses siguen siendo tan reacios a dar el paso?

Creo que la cosa empieza por cómo se nos educa. En vez de promover la individualidad, los colegios alimentan la trasnochada creencia de que los niños son recipientes vacíos a la espera de ser llenados, y, peor aún, que deben ceñirse a las reglas. Nuestro examen de acceso a la educación secundaria [en] ha empeorado a lo largo de los años (incluso el ministro de Educación lo tacha de “horrible” [en]), pero aun así los padres siguen aceptando el desfasado enfoque pedagógico, un modelo de evaluación desesperantemente falto de flexibilidad y un patrón de “enseñanza” que tiene más de regurgitación que de una satisfacción de la curiosidad, o de estimulación del interés.

Y, si los estudiantes osan ser distintos -o incluso ordinarios, en el caso de varios jóvenes expulsados de la escuela por exhibir (¡oh!) vello facial [en]-, se arriesgan a ser penalizados según el talante y capricho de quienes están al mando. La verdadera historia, por supuesto, y aquélla que debería protagonizar la narrativa [en], es la sorprendente muestra de solidaridad de un estudiante afeitado, que dibujó una barba en su rostro con rotulador permanente para señalar que la decisión era coercitiva y que el cuerpo estudiantil no estaba dispuesto a aceptarla.

Bien por él. Como dicen en Activized [en], “si [los jóvenes] no son los primeros en defender sus identidades en las comunidades de las que son parte activa, ¿cómo se puede esperar que defiendan a nadie más? Puede que no sea una marcha o una huelga de hambre, y puede que no sea en contra de crecientes índices de criminalidad o de una estructura capitalista perversa, pero, desde mi punto de vista, esto es igual de necesario. Se trata de que la gente posea de veras su propia identidad, de que se sientan como parte reconocida de sus comunidades. Es un ejemplo de compañerismo, de unidad y de fuerza de voluntad en un lugar donde tenía sentido permanecer callado y guardar silencio. Y ahí es donde comienza la verdadera revolución”.

Esta declaración me da esperanza en que las voces jóvenes, voces racionales, voces de templanza, de inteligencia, comenzarán a ahogar la cacofonía de aquellos que parecen estar emitiendo todas las opiniones [en], consiguiendo toda la atención de los medios y actuando como si hablaran en nombre de la mayoría.

En respuesta a la ridícula (y totalmente alejada de los hechos [en]) conexión entre la homosexualidad y todo aquello que enturbia la sociedad de Trinidad y Tobago [en] expuesta por el artista visual LeRoy Clarke, Activized denuncia la ausencia de diálogo [en]: “nosotros damos el poder a ciertos líderes de opinión para que hagan [declaraciones] sin importar lo que diga la evidencia. Esto es lo que el público votante quiere escuchar. La política de derechas del país es la de una ignorancia socialmente aceptable: decir cosas que contradicen la razón y la información, como modo de conservar a un grupo de fieles. Es un tipo de embobamiento social a gran escala que se asegura de que la gente no malgaste tiempo analizando los hechos a fin de alcanzar una verdad real”.

Para mí, eso es lo que el nos brinda el derecho a expresarnos: la oportunidad de llegar a la verdad. Y me pregunto cuándo los trinitenses se darán cuenta, como Dorothy en el País de Oz, de que siempre hemos tenido el poder, pero que lo hemos estado cediendo, por miedo y por ignorancia. Voy a dar golpes con mi tacón. 

La imagen en miniatura usada en este post es propiedad de HazzHarry, y ha sido usada bajo una Licencia Genérica de Atribución Creative Commons 2.0 [en]. La galería de HazzHarry en Flickr puede visitarse aquí

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