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La dificultad e incertidumbre de la vida en Turquía como refugiado sirio

Yilmaz Ibrahim Basha

Yilmaz Ibrahim Basha

Mucho se ha escrito sobre los refugiados en los últimos dos años. Pero raramente les escuchamos a ellos mismos más allá de citas o fragmentos. GlobalPost, una organización internacional de noticias dentro de la familia de PRI, pidió a cinco jóvenes sirios que escribieran un ensayo – todos ellos habían tomado la difícil decisión de abandonar sus hogares, y comenzar el amenazador camino fuera de su país, a Turquía, a Grecia y a través del sur de Europa -.

Este ensayo de Yilmaz Ibrahim Basha, de 24 años, fue publicado originalmente en PRI.org el 31 de mayo del 2016, y se republica aquí con permiso.

En el 2013, fui capturado y encarcelado por el ISIS.

Fui retenido en una celda de prisión en Al Raqa, la capital del Estado Islámico, durante un mes. La primera celda era diminuta, 1 metro de ancho y 30 centímetros de profundidad. Me quedé allí con otros tres hombres por 12 horas. Estaba oscuro, como una tumba. Casi no podía respirar.

Por la mañana temprano nos llevaron a una celda más grande para orar y allí me quedé durante dos días más. La mayoría de los prisioneros eran combatientes del Ejército Libre Sirio, periodistas y activistas. Me interrogaron dos veces durante esos dos días. Pensaban que era un espía pagado por los Estados Unidos y Turquía. Al final me sacaran de la celda, con los ojos vendados y esposado. Algunos dijeron que me llevarían a Mosul, en Irak, a su corte militar. Otros dijeron que nos matarían en el centro de Al Raqa, un lugar famoso por las ejecuciones públicas.

Todo eso resultó ser falso, era solo por aterrorizarnos. Nos pusieron en un minibús y condujeron durante unas dos horas. Pensé que realmente íbamos hacía Irak. Luego se detuvieron en el desierto; apenas podía ver a través de la venda sobre los ojos. Algunos presos comenzaron a orar porque pensaban que íbamos a ser ejecutados. Nos hicieron tomarnos de las manos. Nos metieron en un sótano. Nos pusieron en una pequeña habitación y nos quitaron las vendas. Éramos cinco personas. Trajeron un pequeño plato de arroz y tres trozos de pan para compartir entre todos. Me golpearon con un cable.

Yo era periodista. Había estado tratando de hacer una película en Al Raqa. Me quitaron la cámara de cine. Me quitaron el ordenador portátil. Y se llevaron todas mis películas grabadas. Casi me quitan la vida.

Luego de un mes, finalmente me liberaron. Gracias a algunos miembros de los clanes locales en Al Raqa que había conocido antes. Ellos negociaron por mi liberación. Estaba tan feliz de estar libre de nuevo. Sin embargo, no estaba realmente libre. Siria ya no era un lugar seguro para mí. Los combatientes del ISIS podrían venir a buscarme en cualquier momento. Y cuando llamé a mi familia para decirles que había sido liberado, mi padre me dijo que no debería volver a mi casa en Ras al-Ein, en el noroeste de Siria, cerca de la frontera con Turquía. Dijo que la situación allí era demasiado peligrosa para mí. El régimen, además de otras facciones, me buscaba a mí, a causa de mi trabajo como periodista. Así que hice algunas llamadas a amigos. Decidí que Turquía seria el lugar más seguro para marcharme.

En ese momento, en julio de 2013, todavía era posible cruzar de manera segura la frontera con Turquía. Decidí ir a Estambul porque era una ciudad grande y pensé que podría ser más fácil encontrar trabajo. Sin embargo, la Embajada de Francia en Ankara me había citado, así que primero me fue allí. Querían preguntarme acerca de los periodistas franceses que habían sido secuestrados por el ISIS. Pensaron que podría tener alguna información sobre ellos. También me preguntaron sobre el ISIS en general, y sobre mi experiencia en Al Raqa.

Cuando por fin llegué a Estambul, me quedé al principio en un albergue con algunos amigos y me esforcé por encontrar trabajo. No obstante, todo fue en vano. El poco dinero que había ahorrado se me iba acabando. Sin trabajo, las cosas son difíciles en cualquier lugar. En Turquía, encontrar un trabajo adecuado es como buscar una aguja en un pajar. Piden que trabaje no menos de 15 horas al día con un sueldo que no es suficiente para cubrir ni siquiera el alquiler. Empecé a volverme desesperanzado y desesperado. El lenguaje era el primer obstáculo, ya que no hablaba turco. Ser sirio era otro problema, ya que no les gustábamos. Éramos discriminados por los empleadores. Me encontré con gente que se veía obligada a trabajar muy duro por poco dinero. Vivían como robots. No quería eso.

Pero como se suele decir, cuando una puerta se cierra otra se abre. Hubo una conferencia en Estambul para discutir la situación en Siria. Eso fue en setiembre del 2013. Fue invitado por ser un activista y ex prisionero. En la conferencia conocí a Ahmad Tuma, que es el jefe del gobierno interino sirio en el exilio. Sabía que había trabajado antes en los medios y me pidió que trabajara con ellos como fotógrafo y camarógrafo. Estaba emocionado de formar parte de un proyecto que podría arrojar luz sobre el conflicto en Siria y la terrible existencia de tantos refugiados sirios. Quería todo el mundo conociera esos hechos, para entender la devastación de lo que estaba ocurriendo.

Así que me mudé a Gaziantep, cerca de la frontera con Siria. Ahí se encontraría la nueva sede del gobierno interino sirio. Unos meses más tarde mi familia llamó. Tenían malas noticias. Se habían visto obligados por los kurdos a abandonar su hogar en Siria, por el hecho de ser mi familia y yo haber trabajado para el gobierno de oposición. Los kurdos les dijeron que tenían que entregarme, o que en vez se llevarían a mi padre. Así que mi familia decidió huir hacia Turquía.

“Traté otra vez, de buscar trabajo. No obstante, trabajar en Estambul es una esclavitud. Uno trabaja muchas horas por poco dinero. Y a veces hacen trampa y no pagan”.

Increíblemente, lograron llegar a Turquía. Mi padre, mi hermana y mi tía, que ha sido como una madre para nosotros después de que mi madre murió de cáncer de mama en 2010. Fui a encontrarme con ellos en Sanliurfa, en el sureste de Turquía. Cuando estaba preso, pensé que jamás volvería a verlos. Me sentía feliz. Sin embargo, también estaba triste. Lo habían perdido todo por mi culpa. Me consolaron diciendo que todo estaba bien. Me dijeron que estaban orgullosos y dispuestos a hacer lo que hiciera falta por mi seguridad. Fue un momento lleno de lágrimas de alegría. No obstante, aun así me sentía culpable por lo sucedido.

A partir de ese momento, me hice cargo de toda mi familia, a la temprana edad de 22 años. Busqué un nuevo piso para que pudieran vivir conmigo. Encontré un pequeño piso por 1.000 liras turcas ($ 340) por mes, un precio alto por un piso tan pequeño. Pero no tenía elección. Muchas personas en Turquía no alquilan a los sirios.

Empecé a trabajar con periodistas extranjeros como profesional independiente, traductor y buscador de historias. Trabajé con el Daily Telegraph, la BBC y muchos otros. Me gustaba el trabajo; era una experiencia increíble lograr hacer lo que realmente me gustaba. Sin embargo, mi entusiasmo por trabajar con el gobierno comenzó a desvanecerse con bastante rapidez. No eran sinceros en sus preocupaciones por los refugiados, o incluso por Siria, pensé. Así que los deje en diciembre de 2014 y decidí volver a Estambul.

Finalmente mi primo me llamó desde Siria. Propuso la idea de irnos a Europa. Pero era invierno y no quería dejar sola a mi novia en ese momento. Ella acababa de llegar a Turquía desde Irak, así que aplazamos el viaje hasta el verano. Conocí a mi novia por Internet. Estuvimos en contacto durante unos seis meses, mientras ella estaba en Erbil, Iraq. Cuando se trasladó a Turquía nos encontramos por primera vez y nuestra relación se hizo fuerte. Nos casamos el pasado agosto.

Fui a Estambul, esta vez con promesas de amigos sirios que viven allí de ayudarme a encontrar piso y trabajo. Mi familia se trasladó a vivir en una casa compartida con mi tío, cerca de la frontera con Siria. Nos obstante, nada era fácil. Una noche, mientras dormía, me robaron. Nuestro dinero y nuestros teléfonos móviles fueron robados. La gente que consideraba como mis amigos, me estaban usando. Mientras necesitaban mi dinero, eran mis amigos. Sin embargo, cuando lograron encontrar trabajo, me dieron la espalda. “Traté otra vez, de buscar trabajo. No obstante, trabajar en Estambul es una esclavitud. Uno trabaja muchas horas por poco dinero. Y a veces hacen trampa y no pagan”.

He intentado trabajar de nuevo con periodistas extranjeros. He viajado entre Estambul y la frontera con Siria, investigando historias sobre los refugiados y ex miembros de ISIS. Finalmente, llegó la primavera. Y con ella nuevas ideas de comenzar una nueva vida en Europa. Quería realizar mi sueño de estudiar fotografía. Perseguir mis sueños en Siria era demasiado peligroso, y en Turquía era imposible, dado que no era residente. Europa parecía el único lugar donde pudiera realizar mis sueños.

Yilmaz lands in Greece after leaving Turkey by boat. Photo by Yilmaz Ibrahim Basha

Yilmaz llega a Grecia luego de salir de Turquía en barco. Foto de Yilmaz Ibrahim Basha.

Mi primo vino de Siria y durante aproximadamente un mes planificamos cuidadosamente el viaje. Estudiamos las rutas e hicimos los arreglos necesarios. Con un grupo grande nos dirigimos a Esmirna, una ciudad turca en el mar Egeo. A partir de ahí embarcamos, nos enfrentamos a nuevos peligros y desafíos, con la esperanza de empezar una nueva vida. Tal vez pudiera reavivar viejos sueños. Fue difícil dejar mi novia, pero no teníamos otra opción – no quería que llegara a Europa ilegalmente. Pensé que si iba primero y conseguía la residencia europea, luego podría venir a encontrarse conmigo.

Sin embargo, después de cuatro meses separados, ya no podíamos esperar más. Así que decidió arriesgarse y hacer el viaje.

Yilmaz obtuvo su visa de residencia por tres años luego de varios meses. Ahora vive en Berlín, donde estudia arte y fotografía en una universidad local. Su esposa Zozan Khaled Musa, escribió el relato de su viaje a través de Europa para encontrarse con él.

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