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Dormido o muerto – Parte 2: “La Chaqueta Azul de Aghiad”

IMAGEN: Dominio público de Pixabay

Esta es la segunda entrega de “Dormido o muerto”, una serie que consta de seis partes y en la que el activista Sarmad Al Jilane relata su experiencia en una cárcel siria. Puedes leer la primera parte aquí.

Cuando salí, fijé mi mirada en un autobús blanco, una imagen que tras meses de ver autobuses blancos del régimen repletos de personal de seguridad ha dejado una profunda huella en mi memoria. Subí a bordo, el único de todos los detenidos, junto con el conductor y el grupo de “acompañantes” como ellos los llamaban, una banda formada por cinco agentes de seguridad con un kit completo militar. El viaje tuvo una duración de 80 patadas, 100 azotes —con un neumático de bicicleta creo— y una hora de inconsciencia. Fue en ese momento cuando llegamos a nuestro destino.

Nos dieron la bienvenida con los mismos rituales que en la sede de investigación militar en Deir-ez Zour. Había decenas de detenidos en el patio. Pasamos a través de un largo y amplio pasillo y nos fuimos desplegando por dos paredes, rodeados por unos 30 miembros del personal de seguridad. Los guardias asignados para acompañarnos se llevaron todas nuestras preciadas pertenencias, tales como dinero, a la pequeña habitación de la entrada del pasillo.

“Desvístanse”. La orden venía de un oficial de alto rango. Empecé a quitarme la ropa. La chaqueta azul tengo que protegerla con mi vida. Tengo que hacerlo; es de mi hermano Aghyad que quería usarla aquel día, pero no pudo encontrarla, ni a ella ni a mí. Me aferro a esa idea: la posibilidad de huir por el bien de mi hermano y de su chaqueta. Mi hermano es bastante religioso, reza siempre, estoy seguro de que Dios responde a sus plegarias. Nos desvestimos hasta quedarnos en ropa interior. “Estos inútiles parecen estar viéndonos por primera vez. Quítense la ropa interior y sigan dos medidas de seguridad: salten y agáchense rápido. No tengo todo el día para ustedes”.

No iba a desnudarme, así que me quitaron lo que me quedaba de humanidad. Durante 40 años esto fue exactamente por lo que nuestros abuelos, padres y ahora nosotros hemos estado aterrorizados. No existe ninguna razón para encarcelarnos, para hacernos pasar tal humillación. ¿Qué clase de tierra natal  —la nuestra— recompensa a personas como ustedes? ¿Qué tipo de patria ofrece a un grupo de personas un escudo de oro que los protege de tener que desnudarse completamente? Quizás algunos de estos conceptos deberían ser definidos una vez más.

En este momento, patria no significa hogar, sino más bien un trozo de tierra donde la gente se reúne y es forzada a convivir. Estábamos obligados a vivir juntos, nosotros y ellos, o a morir solos. El poder le pertenece a quien tiene autoridad sobre esa tierra. La gloria le pertenece a los que descalzos y desnudos llevan su tierra natal en el corazón. Las grabaciones de las constantes denuncias contra las violaciones norteamericanas en la cárcel de Abu Ghraib pasan por mi cabeza. El presidente del que nos gritaba condenó tales acciones. Qué mal que puedas condenar lo que sucede en Abu Ghraib, sin siquiera intentar escuchar los disparos desde tu palacio. Puede que no lo sepa, pero es él quien se desnuda, no nosotros: es imposible privar de la dignidad a un hombre libre.

Frente a un coro de burlas e insultos, dejamos nuestra ropa y ellos empezaron a asignarnos las celdas. “Sarmad a la celda del segundo grupo”. Entré en la celda; reinaba el silencio mientras los habitantes revisaban al recién llegado. Colgué la Chaqueta Azul en un rincón en un gancho de metal donde otros habían colgado su ropa. No es tan importante conocer a todos siempre y cuando la chaqueta esté a salvo. Me senté al lado de la puerta, donde los recién llegados suelen sentarse. Todos son cautos. “Quiero un poco de agua” digo, con un suspiro abrumado. No he bebido agua ni he comido nada durante un día y una noche. “Aquí, hermano. Entra, hermano, no te quedes detrás de la puerta”. Una voz cansada como la mía confortó mi alma antes de que el agua reconfortara mi cuerpo. Exhausto, me quedé dormido sentado en posición vertical, y cuando me desperté ya era de noche, o al menos es lo que deduje al no ver la luz del sol ni la luz de la luna por un tiempo.

Permanecía solo en una esquina, a pesar del gran número de personas que había en la celda. ¿Cuántas patrias pueden encarcelar tu cuerpo? O intentan capturar tanta gente como sea posible. A gatas gritas como un niño al que separan de su madre, pero ella te falla. Toco la pared, frotándola con mis manos y pienso que debió construirse con arcilla y sangre. ¿Cuántas patrias sepultaron a este muchacho de 18 años? Lo cubrieron de tierra hasta ahogarlo y lo dejaron, como si nunca hubiera existido.

Quizás no quieren encarcelarnos, sino que intentan crear una patria para cada individuo que reclama libertad. Quizás nos reunieron aquí para dividirnos en pequeñas patrias, así que seguimos dando vueltas cabizbajos contando historias a los niños sobre una cabeza que miró hacia arriba y fue cortada.

El silencio quedó interrumpido cuando un hombre de 40 años presionó las palmas de sus manos contra la pared. Lo hizo suavemente, con las palmas y no con los puños, como lo hacíamos para comunicarnos. Un chico respondió a mi mirada curiosa. “Ese muchacho está practicando el tayammum pues aquí no hay agua, salvo en el baño. La bebemos y la usamos a veces para abluciones, pero este tío prefiere practicar el tayammum antes de rezar”. Estaba en un rincón de la celda, con los demás, rezando y recitando el Corán en voz baja. Siempre intento evitar explicar el tamaño de las celdas. Son demasiado pequeñas para describirlas, sin embargo a veces se sienten como si fueran más grandes que nuestra mezquita. “Amén”. La palabra me transmitió una espiritualidad que superó la sensación de mi primera visita a una iglesia.

“Dios, mi hermano Aghyad siempre reza. Dios, no estoy pidiendo por mí, sino por la Chaqueta Azul. No sería nada bueno que algo malo le ocurriera y causara el descontento de Aghyad. ¿Y mi padre? ¿Qué le pasó? Él también rezaba y se comunicaba mucho con Dios —es imposible que no haya sido liberado aún”. Un monólogo conmigo mismo hasta quedarme dormido.

Eran las seis de la mañana cuando el guardia entró gritando: “Levántense todos, pongan la cabeza contra la pared”. Tras llamarnos, gritó: “Abdul Rahman, Sarmad, Adnan y Ahmed, vengan aquí”. Después me di cuenta de que ellos habían llegado al amanecer mientras yo estaba dormido. Pasamos al interior de una sala pequeña y vacía. Había una mesa y una silla al lado de la puerta, algunas esposas atrás, una varilla en vez de una barra de cortina de la que colgaba una cadena metálica. El primer teniente se sentó detrás de la mesa; llevaba un uniforme azul, similar a los de la marina. El verdugo era Mohammed AlHalabi, así que el primer teniente lo llamó. Él nos quitó la máscara y empezó con Adnan y Ahmed. Ambos estaban acusados de cazar con armas sin licencia: 20 azotes para cada uno fueron suficientes para que abandonaran la sala de investigación tras cubrir sus cabezas. Abdul Rahman y yo continuamos allí.

“Hoy no estoy de humor para interrogarlos a ambos, tampoco lo estaré mañana. Nosotros respetamos a nuestros invitados durante tres días, luego mantenemos una conversación”. Abandonó la sala. “Desvíntanse. Quédense en ropa interior”, dijo Mohammed AlHalabi mientras se iba acercando a nosotros.

Nos sujetó las manos y nos colocó las esposas, luego unió las esposas con la cadena que colgaba de la varilla. Empujó la cadena hasta que estuvimos colgados de las manos y de los pies, apenas tocando el suelo. Están a medio camino entre el cielo y la tierra, presentados como un sacrificio de sangre. Cubrió nuestras cabezas y entonces oímos cómo sus pasos se alejaban.

Se marchó silenciosamente y cerró la puerta. Permanecimos en silencio temerosos de desencadenar otras acciones por su parte. Ambas manos, por la fuerza, estaban elevadas hacia Dios. La sangre goteaba de las heridas causadas por las esposas en nuestras muñecas. Estirábamos los pies intentando tocar el suelo pero con escaso control. No podía evitar que se me escapara un continuo gemido. Abdul Rahman también gemía. Esa fue nuestra presentación, dos criminales nacidos y criados en este suelo. Dos criminales que no podían soportar ver sus hogares destruidos, tal y como estaban ahora, que tenían un aplomo sorprendente, en un momento en el que la humanidad fue borrada del diccionario con el diluvio de sangre en ese sótano. Ningún ocupante se impondrá jamás. Ellos no nos habrían hecho esto si no estuvieran asustados. Y ahora ellos han colgado a dos corazones vencedores rodeados de derrotas.

El gemido se iba incrementando poco a poco. “Intenta poner tu pie sobre el mío para descansar un poco”, dijo Abdul Rahman, con dificultad. Puse mi pie sobre su pie. No hay manera de saber cuánto tiempo llevamos aquí, solo podemos estimarlo, y no podemos permanecer así por mucho tiempo, por miedo a que, de repente, entre nuestro torturador. Cambiamos los roles, él pone su pie sobre el mío, pero en realidad no ayuda a calmar el dolor. “Esto se llama Shabeh [un término del argot sirio que significa colgar por las manos o por los pies], así que, ahora, cuando nos liberen, podremos contar a nuestros amigos que nos convertimos en prisioneros políticos y que fuimos sometidos a Shabeh”, dijo Abdul Rahman, intentando ocultar el dolor en su voz.

Nos reímos de nuestro dolor. El tiempo transcurre sin que ninguno de los dos sea realmente consciente, pero nos despertamos con el sonido de la puerta que se abría violentamente. Era Mohammed.

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