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“Quería que mis nietos crecieran en esa casa”: Testimonio de una mujer siria de 61 años de Zamalka

La casa destruida de Um Mohammed. Foto tomada por Lens of a Damascene Young Man.

Este es el testimonio de Um Mohammed, una amable señora de Zamalka. La gentileza de Um Mohammed se refleja en las facciones infantiles de su rostro. Sus mejillas aún enrojecen cuando se agita.

A Um Mohammed le encantan las canciones antiguas y ha memorizado varias. Es una cariñosa abuela que adora a sus nietos y puede jugar con ellos durante horas.

Um Mohammed vivía en Zamalka, ciudad de Guta Oriental. En el último censo, su población rondaba las 150 000 personas.

Zamalka escapó del control del régimen estatal en 2012, y desde entonces ha sufrido un asfixiante asedio, al igual que el resto de las ciudades de Guta Oriental. Zamalka ha soportado fuertes bombardeos diarios.

En este testimonio, Um Mohammed, quiens se ha visto obligada a desplazarse, habla sobre su familia y su hogar de Zamalka, y sobre su relación con esa casa y sus enseres:

Tengo tres hijas y un hijo. Mis hijas se quedaron conmigo en Guta, mientras que mi hijo huyó hace siete años. El asedio me privó de la oportunidad de asistir a su boda o de estar con él cuando nació su hijo.

Yo vivía en la casa familiar, una antigua casa que mi marido heredó de su padre, que la había heredado de su padre y así sucesivamente. En esa casa creció una generación tras otra. Los que aún están vivos tienen muchos recuerdos. En algún momento, como la casa necesitaba renovación, hicimos las obras precisas al tiempo que manteníamos sus atributos originales. Queríamos preservar su esencia.

Durante el asedio, todos los combustibles eran muy escasos o increíblemente caros, así que dependíamos de la madera para cocinar, calentarnos, bañarnos, y en ocasiones, incluso para iluminar.

Con la intensificación de los bombardeos durante el último periodo, a partir de febrero, resultaba imposible dejar los sótanos y salir a comprar madera. La humedad y la falta de una ventilación adecuada en el subsuelo acentuaba la sensación de frío.

Un día, en el sótano, mientras las bombas hacían arder la ciudad, tuvimos que utilizar los muebles para calentarnos. Nunca olvidaré ese bombardeo demencial que quemó nuestros recuerdos y los recuerdos de quienes nos rodeaban. Borró cualquier traza de nosotros en Zamalka, nuestra ciudad natal, antes de que quedáramos totalmente desarraigados.

Los primeros muebles que quemamos fueron los sillones, y fue por hambre. Mis nietos estaban hambrientos, y el bombardeo intensivo nos impedía salir por leña. Aunque hubiéramos arriesgado nuestras vidas en la calle, no había nadie vendiendo nada en semejante infierno. Mi yerno me pidió permiso para romper el sofá y usar la madera para hacer fuego y cocinar. Se lo dí, pero algo dentro de mí se hizo añicos.

Ese sofá tenía una bella historia. Mi marido lo compró diez años después de nuestra boda, feliz de que pudiéramos pagarlo. Lo elegimos juntos, fue una de las pocas veces que pudimos salir juntos sin nuestros hijos. Sí, quizás pueda volver a tener posesiones materiales, pero los recuerdos que las acompañaban, ¿cómo podré recuperarlos?

El dolor fue aún mayor cuando tuvimos que quemar los muebles de mi dormitorio. Esa habitación me había acompañado durante 35 años, desde que me casé. Fue testigo de los mejores y de los peores días de mi vida. Todavía tenía el olor de mi difunto marido. Yo aspiraba su espíritu flotando en su espacio, y sentía que me acompañaba cuando me dormía.

Quemé la mayor parte de mi ropa, como ese vestido que usé en la boda de mi hija mayor. Recuerdo cuando fui con ella a la modista y lo encargué a medida para la ocasión, junto con su vestido de novia. Mis túnicas, que fueron mi atuendo desde que me hice mayor y me convertí en abuela. Solo pude rescatar una para llevarla conmigo cuando al final nos forzaron a marchar.

De los útiles de mi cocina que sobrevivieron los bombardeos, quemé todos los de plástico, porque eran muy inflamables y proporcionaban más calor. Lo importante era que mis hijos y mis nietos pudieran comer y estar calientes.

En nuestras tradiciones, la familia de la novia envía a la casa del esposo una vitrina de cristal en la que se exponen elegantes vajillas y cuberterías. Lo habitual es que esta vitrina pase de una generación a otra. Pero después de que toda la cristalería de mi vitrina quedara hecha añicos por culpa de los bombardeos, hicimos pedazos el mueble, y con la madera calentamos agua para bañarnos.

Y la peor decisión que tuve que tomar fue la de quemar la ropa de mi hijo. Mi hijo, al que no había visto en siete años.

Esa ropa contenía todos los preciosos recuerdos de su infancia. Sus juguetes, su ropa de bebé, incluso su taza favorita. No podía llevar todo eso en el autobús que nos sacó de allí. Pero tampoco podía destrozar todos esos recuerdos con mis propias manos, ni dejarlos para que gente extraña los toqueteara después de nuestra marcha, o ver en videos cómo los vendían en las calles.

Ese fue el peor momento de todos. Siempre había soñado con devolverle a mi hijo sus cosas, y ver a su hijo llevar la ropa de cuando tenía su misma edad, y contarle a ese nieto las historias de las fotos de su padre.

Quería que mis nietos crecieran en esa casa, donde les contaría historias sobre las travesuras de sus padres. Un hogar que yo les entregaría para que a su vez ellos pudieran entregarlo a sus nietos, para que cada vez pudieran añadirle una nueva vida, igual que hizo cada una de las generaciones de sus antepasados.

Al final, tuvimos que quemar incluso las puertas de la casa. Mi casa, la casa de la familia, la casa de mis hijos, quedó abierta de par en par, expuesta y violentada.

Después de la espantosa ofensiva de bombardeos durante la que el régimen sirio y las fuerzas rusas nos enseñaron cómo es el infierno, nos sacaron a la fuerza de Zamalka como refugiados rotos. Nos resultaba imposible volver a vivir bajo el régimen, ese régimen que puede detener a mis yernos, o arrastrarlos al servicio militar. Era imposible, sobre todo sabiendo que mi hijo nunca volvería a Zamalka.

Dejé la casa familiar y todos los recuerdos que alimentaba. Marché a Idlib con mis hijas y sus familias, con el corazón roto. Lo único que me ofreció algún consuelo fue que por fin me reuní con mi hijo, a quien no había visto durante siete años, y pude tener a su hijo entre mis brazos. Me queda la esperanza de saber que hablaré a mi nieto de su abuelo, de su padre y de la casa de la familia con todos los recuerdos que guardaba.

Al reunirme con mi hijo, le di los pequeños recuerdos que había podido salvar de sus pertenencias. Al principio no lo podía creer. No podía creer que yo hubiera conseguido traer un trozo de su memoria. En ese momento recé por que mi hijo pueda volver a la casa de la familia, reconstruirla y criar allí a sus hijos.

Hoy vivo con mi hijo y su familia, yendo de una casa a otra hasta que consigamos encontrar un lugar para asentarnos temporalmente, aunque estoy segura de que nunca, nunca podrá sustituir a mi hogar.

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