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Joven viuda siria de Guta Oriental sobre su desplazamiento forzado

Safa y sus hijos antes de abandonar Jobar, Guta Oriental. Foto de Safa, usada con autorización.

Mi nombre es Safa. Nací hace 30 años. Hoy, soy madre de tres niños: el mayor tiene cinco años, el menor menos de un año. En abril, las fuerzas de Assad mataron a mi esposo durante el constante bombardeo de nuestro pueblo, cerca de Jobar en Guta Oriental. Ahora estoy sola, triste y cansada.

Mi historia comenzó un jueves. Un jueves que separa los años de asedio, bombardeo y muerte del futuro desconocido que se encuentra al otro lado. La historia comenzó cuando los hombres nos dijeron adiós y se fueron a las líneas de combate. Nosotros nos quedamos, mujeres y niños, en las líneas traseras del frente de Jobar. No teníamos más opción que esperar, consumidos por el continuo bombardeo, horrible y brutal, y la continua necesidad de escapar de una muerte segura.

Los hombres volvieron la mañana del viernes, precedidos de decepción, ya que los líderes de las facciones se rindieron. Esto significaba entregar las zonas rebeldes al régimen de Assad y salir obligados de nuestros hogares. Habíamos perdido toda esperanza de poder defendernos, de poder vivir y morir cerca de la tierra que nos acogió desde que nacimos y que fue testigo de nuestra niñez. Nos forzarían a dejar el pueblo que nos ofreció sus escuelas, cuya fruta habíamos comido, en cuyos vecindarios jugamos, cuyos habitantes se transformaron en nuestros amigos, en cuyos edificios trabajamos. Era hora de despedirse y partir.

Así es como llegó el momento de nuestra partida, sin tener ni voz ni voto en decidir nuestro destino, sin que se nos preguntase lo que queríamos. Quizás algunos se querían ir, pero otros querían quedarse en sus casas y aceptar la vida bajo el control del régimen que nos mató, nos desplazó, torturó y asedió. Pero nadie nos preguntó qué queríamos, como si no fuera nuestro destino.

Por lo tanto, nos veremos obligados a desplazarnos para conservar nuestros principios, nuestra dignidad y nuestra libertad. Pero esta injusticia es dolorosa y está grabada en mi memoria, o lo que me queda de memoria.

Las fuerzas de Assad se acercaron a nuestra casa la tarde del viernes. Aquella mañana, enterramos a nuestro primo de 14 años, Mostafa. Recogimos nuestras pocas pertenencias y nos preparamos para partir. Cuando llegaron las fuerzas de Assad, los rebeldes se retiraron, las notables del pueblo desaparecieron y nos quedamos solos, ante lo desconocido.

Fuera de la casa, las personas cargaban sus bolsos sin saber a dónde ir, se movían de forma caótica en distintas direcciones. Todos le preguntaban a todos: ¿A dónde vamos? ¿Hacia dónde se dirigen los buses?

Nos dirigimos a Jobar, la tierra de mis ancestros, la tierra que Assad destruyó con su fuerza y equipamiento, la tierra que resistió e intimidó a aquellas fuerzas, milicias y aliados durante mucho tiempo. Aquella amable tierra nos acogió durante nuestros últimos días en Guta Oriental.

La tortuosa búsqueda de buses asignados a los obligados a desplazarse y de formas de abandonar el pueblo comenzó en Jobar. Sabíamos que los buses verdes estaban en la ciudad de Arbin y quienes quisieran irse debían ir y esperar en las calles que llegara su turno. Todo estaba cubierto de ambigüedad. No existía información clara sobre planes ni destinos.

En la ciudad de Jobar, nos quedamos tres días cerca de nuestros queridos mártires: mi esposo, mi hermano y mi primo. Pasamos nuestros últimos días ahí junto a sus tumbas, hablándoles, llorando nuestra pérdida y despidiéndonos. Nos encontramos con nuestros parientes y otros seres queridos, también decian adiós a sus seres queridos sepultados.

Fuimos a Arbin vía Zamalka. Las escenas que vimos eran desgarradoras. La gente dormía en las calles esperando su destino, desamparados.

El cupo en los buses se designó por nepotismo. Incluso en una situación así, la corrupción nos controlaba. Registramos nuestros nombres con más de una facción, por miedo a perder nuestra oportunidad de salvación.

Un convoy de buses llegó a Arbin, a un lugar controlado por una de las facciones combatientes en Guta Oriental. Corrí hacia ellos con dos de mis hijos en brazos mientras el tercero corría a mi lado, sujetándose de mi ropa. El lugar no se parecía a nada que haya visto antes: innumerables personas, miedo y terror por doquier. Aún escucho el llanto de mis hijos cada vez que recuerdo aquella escena.

Los responsables de organizar el embarque de los buses querían que sus familiares y amigos subieran primero. Decían sus nombres y los familiares y amigos se abrían paso entre la multitud de mujeres y niños, pasando por encima de quienes caían al suelo. Nadie tenía idea de lo que estaba pasando. Salvarse uno mismo era el objetivo.

Luego de sufrir en frente de la puerta del bus por más de una hora, de que la multitud me empujara de un lado a otro, subimos al bus que nos llevaría hacia lo desconocido. Aquel bus en el que viajábamos a balnearios y playas, para disfrutar de la belleza de un país que ahora nos rechaza, el mismo bus nos llevaba tristes, derrotados y llenos de dolor a un destino desconocido. “¿Quién nos acogerá? ¿Dónde viviremos? ¿Cómo dormiremos?”. Muchas preguntas daban vueltas en mi cabeza ese día.

El bus partió. Fue la última vez que vimos la destrucción y los escombros en los que vivimos y que habían enterrado a muchos seres queridos, la última vez que inhalamos ese aire saturado de muerte.

El bus llegó al primer lugar de encuentro. Los ocupantes aparecieron frente a nosotros: personas con quienes me negué a salir de forma ilegal de Guta para continuar mi educación y así evitar verlos. Ahora nos encontrábamos cara a cara. Mantuve una férrea determinación, con mi mirada libre, rechacé su tiranía y le dije en mi mente: “Salí victoriosa. Estoy invicta, a pesar de todas sus armas, criminales”.

En el puesto de control, un oficial ruso subió al bus y nos dio la bienvenida, sonriendo como si eso nos fuera a  hacer olvidar la ocupación de nuestras casas. Luego, investigadores y sirios que pasaban lista, hombres y mujeres, subieron al bus. Sus ojos estaban llenos de miedo, mientras nuestras miradas eran fuertes y desafiantes. Sí, habíamos perdido nuestra tierra, pero no nuestra dignidad, nuestra identidad ni el respeto por nosotros mismos.

Los buses avanzaron y pasamos por el puesto de control hacia el punto de encuentro. Allí, esperamos hasta que el resto del convoy llegara para comenzar el viaje de noche.

Nuestro convoy llegó a Damasco, mi querido Damasco. Por fin lo vi, pero ya no estaba libre como me habría gustado; era prisionero de las ataduras del maldito carcelero. Es mi Damasco, mi tierra y la de mis ancestros. Amado Damasco, con sus carreteras, calles, pavimento y jazmín. ¡Qué escena de despedida más cruel! Me dije que un día volvería, juro por la sangre de mis mártires que lo haré. Oh… mi corazón lloraba y mis ojos estaban llenos de lágrimas.

Los buses atravesaron las calles de Damasco, la multitud nos miraba fijamente. Algunos rostros reflejaban tristeza por nuestro desplazamiento forzado; otros, felicidad y risa, y otros fruncían el ceño. Algunos decían adiós con la mano, pero otros parecían asustados y confundidos. También dije adiós con la mano y me prometí volver, y se lo prometí a quienes dejé bajo aquella tierra.

El convoy seguía su camino. ¿Hacia dónde? No lo sabíamos. A lo largo del camino, la gente nos insultaba y nos lanzaba piedras. Desde los autos pertenecientes a las fuerzas de Assad que conducían junto a nosotros, la gente lanzaba basura, tomaba fotos y se burlaba de nosotros. No sabían que nuestras almas estaban satisfechas y nuestra dignidad intacta.

Tan lento como una tortuga, el convoy llegó a Qalaat al-Madiq, nuestros huesos y cuerpos llenos de dolor a causa de las largas horas en esos asientos estrechos. Los niños lloraban y los adultos estaban exhaustos con náuseas, mareos y miedo. Para muchos fue el peor viaje de su vida, un viaje largo y arduo a través de los bellos paisajes de nuestra amada Siria.

El plan era llevarnos por lugares que apoyaran sl régimen. Había gente parada a ambos lados de la calle lanzando piedras, intentando romper las ventanas sobre nuestras cabezas y gritando palabras venenosas que mostraban su fealdad. En el bus, nos mantuvimos calmados pero confundidos, llenos de tristeza y dolor.

En el pueblo de al-Madiq, la gente nos recibió alegre y generosa, una bienvenida que alivió un poco del dolor que sentíamos. Nos ayudaron a llevar nuestro equipaje a otro bus cuyo destino no conocíamos, pero que algunos decían que se dirigía a algún centro de alojamiento. ¡Era un viaje sin fin!

Las calles aquí eran diferentes. El sol brillaba, lanzaba sus rayos por todas partes, era uña escena hermosa. No cerramos los ojos a pesar de lo cansados que estábamos. Luego de 24 horas en la carretera, habíamos llegado a nuestro destino final, una mezquita en la ciudad de Iblid llamada Rahman.

Recuerden mi historia. Mi nombre es Safa. Nací hace 30 años. Me desplazaron a la fuerza de mi hogar con mis tres hijos. Ahora estoy triste, sola y cansada.

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