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El funeral que llevó a los revolucionarios de Siria a una iglesia con rosas rojas

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En el funeral de la madre de Marcell Shehwaro, amigos y revolucionarios de todo Aleppo llegaron vestidos de blanco y portando rosas rojas en las manos.

Este artículo es parte de una serie especial de la bloguera y activista Marcell Shehwaro, que describe las realidades de la vida en Siria durante el actual conflicto armado entre fuerzas leales al actual régimen y quienes buscan derrocarlo.

Tal vez los haya abrumado con detalles de mi pérdida personal, contándoles en un artículo anterior la historia de mi madre y la asesina que creció dentro de mí después de su muerte. Pero hoy no creo que pueda hablar de lo que está pasando en Siria sin transmitirles los lamentos de las víctimas, y su dolor.

Esta vez, les contaré sobre la noche del incidente.

Me había quedado hasta tarde en la casa de una amiga, discutiendo ideas revolucionarias, cuando mi teléfono móvil sonó. En la línea estaba la aterrada voz de mi hermana: “Mamá está en el hospital, le dispararon”.

En los pocos minutos que me tomó llegar donde ella, los pensamientos colisionaron en mi cabeza. ¿Se recuperará? ¿Tengo la culpa de todo este dolor? ¿La mataron porque es mi madre? Para protegerme de los sentimientos de culpa, deseé haber sido yo a quien dispararon. ¿¿Eran nuestras balas?? ¿O eran de ellos? No lo sabía. En ese punto, no imaginé que tuviera alguna diferencia qué lado le causó la muerte. Cuando llegué al hospital, debía aprobar la decisión de operar o no, pero antes de dar mi respuesta, me dijeron que había muerto. Habían convertido a mi madre en mártir ese día.

No sé cómo me las arreglé para cambiar mi humanidad tan rápido. La guardé para después. No lloré tanto como quería: mi conciencia estaba saturada con la revolución, era mi cruz, la que —como miles de sirios— tuve que cargar, así que ¿quién soy yo para quejarme? En esos momentos me di cuenta de mi propio egoísmo. Me di cuenta de la fealdad del temor que causé que mi madre sintiera cada vez que iba a una protesta —lo que ella siempre notaba por la ropa “casual” que yo tenía, o por mi alegría cuando regresaba a casa, o hasta como resultado de mi incapacidad o negativa a mentirle — y esencialmente enfrentaba mi muerte. No sé dónde enterré mis emociones ni dónde encontré la determinación que me permitió decidir que no me quedaria callada, y que luego de la muerte de mi madre seguiría siendo la hija de mi revolución, inmune a las lágrimas, inmune a la mortificación.

Temprano la mañana siguiente, tuve que ir a encontrarme con el funcionario a cargo del puesto de seguridad donde murió mi madre. Era un asesino a sangre fría, igual que el régimen que lo había engendrado. Ni siquiera pidió perdón. Se refirió descuidadamente a la muerte como un “error individual”, al igual que miles de errores individuales que se cometen por todo el país, olvidando o pretendiendo haber olvidado que este “error individual” en particular era una madre, era una historia de amor, compasión y recuerdos, era el terruño para su familia. Pero estas personas están acostumbradas a asesinar terruños, ¿qué tiene esta muerte de nuevo?

Después me convertí en el blanco de las advertencias de todos, sobre qué debía hacer y qué no debía decir, del miedo que habia en la familia, en la sociedad. A pesar de la magnitud de mi pérdida, me senté en un rincón y les tuve lástima por estar esclavizados a esos círculos del temor; los que alguna vez fueron los amigos más cercanos. Sentí lástima por su esclavitud y los amé tanto que les deseé libertad. En cuanto a mí, que temía las lágrimas de mi madre si yo caía como un mártir, me había liberado de ese temor.

En mi cabeza coreaba canciones revolucionarias, cánticos que todavía recito en mi cabeza cada vez que la vida se pone más dura. Cada vez que quiero recordar quién soy realmente, construyo una burbuja protectora a mi alrededor. Coreé esa camción que mi madre odiaba: “Voy a salir a protestar con el alma en la mano/Y si regreso a ti como un mártir, madre, no llores”.

Qué irónica es la vida. Enfrentaba la muerte casi a diario, protestando en los lugares más peligrosos, me podían disparar directamente —¿y yo sobrevivo mientras ella muere?

En el día del funeral tuve que pensar en todo. ¿Como podría la iglesia convertirse en un espacio que preservara la dignidad de todos los revolucionistas independientemente de su afiliación? ¿Y cómo podría hacer que la revolución se viera como la novia más bella para quienes, tras prejuzgar la revolución como asunto de extremistas sin espacio para nada más, se han mantenido a raya por miedo?

Así es como llegué a escoger blanco y rojo. Les pedí a los revolucionarios que visitieran de blanco, en contraste con los amigos y familiares cristianos que estarían de negro, como es costumbre en los funerales cristianos. También les pedí a los revolucionarios que cada uno tuviera un rosa roja para demostrar su compasión de un modo que todos entendieran y apreciaran.

Al entrar a las instalaciones de la iglesia, casí me quebré ante la vista de una caravana de fuerzas de seguridad. No sé por qué el funeral de mi madre conllevaba presencia de seguridad armada. Todo eso me hubiera quebrado, de no haber sido por la blancura revolucionaria que me rodeaba. No sé de dónde vinieron todas esas personas, pero todo el amor y aceptación que tenían me llevó paz. Los revolucionarios que llenaban los escalones de la iglesia con sus camisas blancas, levantando sus rosas rojas, gritando libertad en silencio y con veneración. Cientos de ojos contemplándome, esperando mi señal para convertirlo en una protesta, pero respetan mi dolor y mi decisión.

No sé exactamente cuántos eran, pero ese día sentí que la insurrecta Aleppo se inclinaba ante mí y me besaba la frente, enjugando mis lágrimas una por una. Ese día, aprendí el significado de una banda de revolucionarios que visitan una iglesia por primera vez, solamente para estar conmigo, para ofrecerme condolencias; el significado de una niña con la cabeza cubierta para sentarse en una banca de la iglesia sin sentirse ajena ni extraña, porque no está sola ahí. Aprendí lo que significa cuando dicen que la revolución “une a los sirios”.

Si el régimen se robó lo que quedaba de mi familia, la revolución me dio una familia que es capaz de sentir amor incondicional. Cualquiera puede hablar sobre exclamaciones sectarias, y hacer afirmaciones sobre la naturaleza del conflicto sirio, pero muy adentro, confío que esta revolución nos saque de las miles de caparazones en las que nos escondíamos. Este dolor nos ha unido y reformado en esencia.

Cientos de rosas rojas se acercaron junto con quienes las portaban. Deseé poder agradecer a cada uno. Deseé poder decirle a cada uno qué tan grande hubiera sido el miedo de no haber estado ellos ahí. Deseé poder atrapar el aroma de la majestuosa Aleppo en sus lágrimas y dedicarles este artículo, o quienes entre ellos siguen con nosotros, pues muchos de estos revolucionarios han muerto defendiendo la libertad.

Les sonreí, orgullosa de una revolución que hizo nacer a esos héroes. Les sonreí, esforzándome por disimular mis lágrimas con una fortaleza fingida, pues todos debíamos “presionar mucho en la herida y levantarnos” para vengar la sangre de los mártires, la sangre de mi madre, de Mustafá y de Mahmoud. Hay un compromiso que asuminos: “Nunca olvidaremos la sangre de un mártir”.

Se acercaron al ataúd, todos, y con esa misma bella serenidad pusieron sus flores en la tumba de mi madre. La llamé dentro de mí: “Madre, no me hagas caso, Siria es mi madre”.

Nos dirigimos al cementerio con ellos rodeándome, cargando mi pena para que me fuera más ligera de soportar. Después se quedaron conmigo, asistieron a una hora y media de rituales y oraciones que nadie entendía ni sentía suyo. Sentí que necesitaban rezar también, a su manera. Les pedí que le leyeran la Fatiha. Sabía que dentro de cada uno de sus corazones había suficiente pureza para guardar su alma. Recé con ellos, en mi fe y la de ellos.

Muy grande es la deuda que les tengo, profunda es mi gratitud por su compasión y aprecio mucho cada lágrima que derramaron conmigo, y largo —muy largo— es el camino que debemos cruzar juntos, con quienquiera que quede.


Marcell Shehwaro escribe en marcellita.com y tuitea en @Marcellita, ambos mayormente en árabe. Lee los otros artículos de la serie acá.

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