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Los estadounidenses han de apuntar más alto para solucionar la violencia armada

Gun Culture 2012. PHOTO: Christopher Dombres (CC BY 2.0)

La cultura de las armas 2012. IMAGEN: Christopher Dombres (CC BY 2.0).

Mientras escribo esto llegan noticias de última hora de dos masacres armadas más en los Estados Unidos, una en la costa oeste y la otra en la este. Los estadounidenses ya están empezando a olvidar el políticamente motivado ataque del viernes 4 en un centro de planificación familiar en Colorado, que acabó con la vida de tres personas y dejó huérfanos a seis niños.

La amnesia me rompe el corazón. Pero la respuesta política tanto de los partidos de izquierdas como de derechas aquí en los Estados Unidos es mucho más alarmante. De cara a la violencia, no olvidamos. También perdemos lo mejor de nosotros.

Admito que los conservadores especialmente me desconciertan. De verdad que he intentado entenderles. En los últimos meses, he escuchado, y a veces participado, en conversaciones con conservadores en las redes sociales, algunos de los cuales son familia o amigos. Leo con atención comentarios de la derecha en los artículos que publico en los “principales” medios de comunicación. He estado pensando mucho sobre lo que veo y oigo, e intento abstenerme de opinar a través de la óptica de “Tengo razón”. Es difícil, pero a menudo no lo consigo.

Simplemente me parece extraño que los conservadores crean que pueden mezclar el lenguaje extremista con un amor por las armas sin generar la violencia de la derecha. Igual parece extraño escuchar a los adultos (quienes deberían saberlo mejor) señalar, digamos, el terrorismo en nombre del Islam como si se creyese que de algún modo contrarrestara el terrorismo nacional de derechas. Es más, parece extraño recalcar los valores provida del oficial de policía de Colorado fallecido, como si de alguna manera redujeran la magnitud e impacto de lo que pasó.

“Simplemente me parece extraño que los conservadores crean que pueden mezclar el lenguaje extremista con un amor por las armas sin generar la violencia de la derecha”.

Los conservadores norteamericanos, que adoran hablar de responsabilidad personal, claramente están al borde de un esfuerzo patológico de echarse la culpa. Siempre es algo más  —como el aborto o el matrimonio homosexual— que de alguna manera echa la culpa a la violencia armada, nunca a la política en materia de armas que apoyan. Jamás entenderán por qué esa irresponsabilidad enfurece a la gente que no vive en su burbuja ideológica. No tienen conciencia de sí mismos. Lo digo con pena porque también me cuesta verme. ¿No lo hacemos todos?

La cultura de derechas de hoy no interesa como prueba. Lo han dicho muchos conservadores de manera explícita en conversaciones por las redes sociales, clamando “sentido común” de cara a los hechos que parecen contradecir su versión de la realidad. Pero creo que es cierto para casi todo el mundo. De izquierda, de derecha, o del caótico centro, las opiniones rara vez cambian por pruebas o argumentos. Hace unos meses, cuando pedí en mi muro de Facebook ejemplos de cuándo habían cambiado mis amigos de opinión sobre algo, la mayoría citaron la experiencia (el contacto de todos los grupos expresamente) como su principal maestro.

Tras el ataque de Colorado, muchos amigos míos se enojaron por el hecho de que el tirador, un hombre de raza blanca, fue capturado con vida. La intención que tenían fue poner de relieve la desigualdad entre cómo creen que son tratados los tiradores blancos y cómo pueden ser despiadadamente asesinados los de color. Pero el efecto acumulativo de este lenguaje, me temo, es en cierto modo diferente de lo que pretenden la mayoría de los hablantes. Además, acaban sonando sanguinarios. Me temo, por otra parte, que este efecto no deseado pone al descubierto un deseo de venganza.

No hay nada progresista en esa respuesta, por mucho que pueda llamarse de otra forma. Los impulsos inconscientes a menudo son reaccionarios. Cuando se convierten en “sentido común”, ocurren cosas malas —no menos importante es que la gente que señala que el sentido común puede ser malo, es abucheada. Hay un concepto muy querido en mi feed de Facebook, y es que la idea de los tiroteos en masa son principalmente una actividad del hombre blanco. De hecho, las pruebas dicen que la proporción de tiradores en masa asiáticos (9%) es casi el doble que la población estadounidense (5%), lo cual sospecho enérgicamente que está vinculada a las actitudes hacia el cuidado de la salud mental en muchas comunidades asiático-estadounidenses. Los afroestadounidenses son el 13% de la población y representan el 16% de los tiradores en masa. Los latinos son el único grupo cuyos miembros parecen no ser propensos a los tiroteos en masa (Fuente de los datos: Mother Jones).

Eso no miniminiza o elimina las distintas motivaciones, explícitamente misóginas y racistas, de los tiradores en masa de raza blanca. Pero un análisis honesto necesita tener en cuenta el hecho de que otras personas además de los blancos continúan la ola de asesinatos. Ciertamente, un análisis honesto ha de lidiar primero y ante todo con el hecho de que la característica demográfica que define a los tiradores en masa es el género. Hay tiradoras en masa, pero son una pequeña, pequeñísima minoría. De hecho, más ampliamente, los hombres cometen el 90% de todos los asesinatos. Debe tenerse en cuenta también que el porcentaje de hombres estadounidenses que han matado a alguien alguna vez es extremadamente pequeño, menos de la mitad de un 1%. Eso incluye a los veteranos de guerra.

“Los impulsos inconscientes a menudo son reaccionarios. Cuando se convierten en “sentido común”, ocurren cosas malas —no menos importante es que la gente que señala que el sentido común puede ser malo, es abucheada”.

La mayoría de los asesinos son hombres, pero la mayoría de los hombres no son asesinos.

Es difícil que el cerebro humano lo procese, razón por la cual no tardamos en buscar chivos expiatorios. Imagina la respuesta social si, digamos, las personas de ojos marrones cometieran el 90% de los asesinatos, incluso si implicase menos de un 1% de ellos. La historia sugiere que deberíamos reunirlos y llevarlos a campamentos militares. ¿No sería lo correcto? No lo creo; creo que sería improcedente. Mi idea es que no deberíamos encubrir la violencia que la masculinidad parece albergar. Más bien, la idea de mi maquillado ejemplo es que el poder social de los hombres a menudo los aparta de las consecuencias injustamente impuestas a otras poblaciones, que a su vez protege e incita a los asesinos entre nosotros.

Quizá solo a las mujeres se les debería permitir poseer armas, y ¿un hombre necesitaría el permiso de una mujer para usarlas? El mundo sería un lugar más seguro, pero es difícil imaginar que semejante trato desigual no establezca un terrible precedente.

Ese es siempre el problema. Cuando tratamos injustamente a un grupo, se normaliza la injusticia. Es un divertido experimento mental el imaginar a los hombres necesitando recurrir a las mujeres para conseguir armas; lo que lo hace divertido es que se invierte la habitual diferencia de poder. Pero imagina si fuesen los afroestadounidenses quienes necesitasen recurrir a los blancos para conseguir armas. De hecho, no necesitamos imaginárnoslo. Acabo de describir una parte sustancial de la historia de Estados Unidos, y no ha sido muy divertido que digamos.

Mi conclusión es esta: Todos necesitamos que todos mantengan más altos los estándares, aún sabiendo que vayamos a quedarnos cortos. De Izquierdas o de Derechas, es sumamente difícil establecer principios como el debido proceso y compasión por delante de esa unidad primordial de venganza.

Pero para mí, hacer eso —obligando a que el cortex prefrontal humano anule la amígdala animal— es lo que realmente hará del mundo un lugar mejor.

Me enoja lo que pasó en Colorado. Estoy furioso por la respuesta de los conservadores. Igualmente estoy lleno de ira por los tiroteos en tantos otros lugares, no importa qué visión retorcida y deshumanizante los propicia. Y al mismo tiempo, quiero ser fiel a mí mismo y mis valores.

No siempre tengo éxito. Cometo errores y a veces me siento abrumado. He despotricado también contra la mayoría de las personas que ya estaban de acuerdo conmigo, sin cambiar las ideas de nadie.

¿Es esto lo mejor de mí? No, no lo creo. No quiero que me definan mis momentos de mayor flaqueza.

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