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“No hay que avergonzarse por sentir miedo”: Vigilancia en el Egipto posrevolucionario

Demonstrators atop an army truck in Tahrir Square in Cairo, January 2011. Photo by Ramy Raoof via Wikimedia (CC BY 2.0)

Manifestantes encima de un camión del ejército en la plaza Tahrir en El Cairo, enero de 2011. Foto por Ramy Raoof vía Wikimedia (CC BY 2.0)

Ha pasado mucho tiempo desde que la tecnología y el internet se convirtieron en parte esencial del movimiento del cambio social y del activismo político en Egipto. Cuando esto empezó, los nuevos medios se veían muy prometedores e interesantes – incluso se veían exclusivos de alguna forma. Mi generación comenzó a explorar, experimentar y a manejar el internet como una herramienta que nos permitiría organizarnos, reunirnos, ser creativos de una manera diferente, expresar nuestros pensamientos y descubrir ideas similares en una nivel más profundo. Nada determinaba lo que estaba permitido o no. Las aprobaciones no eran necesarias. Mis compañeros tecnólogos y yo comenzamos a utilizar la programación y nuestra pasión por la tecnología libre y de código abierto, y metodologías para desarrollar soluciones que abordaran las diferentes necesidades de los activistas políticos y partidos, los grupos de derechos humanos, los medios de comunicación y de los jóvenes.

Muchos asuntos e historias fueron presentados con valentía a través del ciberespacio en diferentes formatos – textos, videos, e imágenes – abordando temas como tortura, corrupción militar, problemas relacionados con las minorías, violencia sexual, dificultades económicas, y por supuesto asuntos democráticos. Esto nos dio esperanza y nos hizo ver que estos temas podrían posiblemente llevarse a cabo.

Pero en ese entonces era diferente. No habían máquinas de datos masivos o proveedores de servicios excavando en nuestros datos ni en los comportamientos en línea, y tampoco existía una configuración de algoritmos que nosotros entendiéramos. Una cantidad menor de usuarios significaba menos diversidad de opiniones, más opciones de conversación, y muy poca polarización extrema.

Nuevas generaciones y actores se unieron al movimiento del activismo social después del 25 de enero de 2011. Muchos más ciudadanos comenzaron a participar en los espacios públicos y a unirse a las plataformas en línea. Diferentes voces llegaron a estar más presentes, llevando a cambios significativos en la dinámica entre las personas y la manera en que las relaciones surgen con diferentes contenidos. Surgió en la sociedad la idea de organización, movilización y expresión, generando nuevas posibilidades para el análisis y la crítica.

No ha sido solo el escenario activista el que ha cambiado a lo largo de los últimos dos años. El ejército también llegó a tener más presencia en la vida pública y una combinación de ejército y policías estatales llegaron a estar mucho más activos y al mando. Al mismo tiempo, el estado adquirió un control más fuerte sobre los diferentes periódicos y canales de comunicación. Pese a que no fue novedad, el control del estado sobre el relato dominante y el modo de pensar mayoritario de los egipcios y de los mensajes públicos ha conducido a la práctica de ignorar todo relato que ofrezca una versión diferente de los sucesos. Ya sea por genuino temor, o en un intento de apoyar al estado, muchos egipcios decidieron hacer la vista gorda frente a las graves violaciones de los derechos humanos, el deterioro de la economía y la destrucción de las libertades básicas.

El estado terminó controlando el flujo de información y las noticias en los diferentes medios de comunicación – salvo contadas excepciones como algunas noticias en línea alternativas y plataformas sociales. Y la situación sigue siendo la misma: publicaciones de acontecimientos de noticias importantes, violaciones, corrupción, abusos policiales y militares, escándalos médicos, todos ellos comenzaron de alguna manera en línea. Y esto sigue poniendo a prueba y transformando los límites preestablecidos, a pesar de la fuerte polarización política, el desarrollo de leyes restrictivas y de los juicios injustos.

Graffiti art of surveillance camera. Published and labeled for reuse on Pixabay.

Grafiti de una cámara de vigilancia. Publicado y etiquetado para la reutilización en Pixabay.

El sector de la seguridad llegó a estar cada vez más interesado en escuchar y observar lo que decimos y hacemos, identificando lo que ‘otros’ piensan. Y se interesaron en mapear nuestras vidas profesionales y sociales, al igual que nuestras redes sociales. Las capacidades de la vigilancia masiva y los métodos de vigilancia específica crecieron con el tiempo. Las relaciones con las compañías multinacionales provocaron el surgimiento de tecnologías de vigilancia. Las agencias estatales han abusado de su poder absoluto y construyeron relaciones con los proveedores del servicio de internet y móvil en el país para acceder a los datos de los usuarios y perfeccionar la vigilancia de las comunicaciones que abarca la totalidad de la infraestructura nacional. No se respeta el debido proceso, basta con que un oficial diga ‘quiero’ para tener esta información. Los casos de adquisición por agencias estatales de software de vigilancia focalizada, tecnología invasiva y de virus informáticos para dirigirlos específicamente contra los ciudadanos pasaron de decenas a centenares.

Por supuesto, este elemento de la ecuación no es único para Egipto. Las fuerzas de seguridad y la inteligencia nacional recurren a las mismas justificaciones utilizadas en todas partes: ‘estamos luchando contra el extremismo'; ‘estamos en una guerra contra el terrorismo'; ‘ustedes no tienen nada que ocultar'; ‘solo lo estamos usando contra las personas malas’. Y, desde luego, están fascinados por las herramientas de vigilancia usadas por las mejores agencias de inteligencia, como las que pertenecen a la red de los ‘Five Eyes’ (Cinco Ojos).

Las fuerzas de seguridad y la inteligencia nacional recurren a las mismas justificaciones utilizadas en todas partes: ‘estamos luchando contra el extremismo'; ‘estamos en una guerra contra el terrorismo'; ‘ustedes no tienen nada que ocultar'; ‘solo lo estamos usando contra las personas malas’.

En marzo de 2011, cuando los revolucionarios tomaron por asalto el cuartel general del servicio de seguridad del estado en El Cairo – que es conocido por los actos de tortura y vigilancia – muchas personas encontraron sus propios registros y transcripciones de sus comunicaciones. Desde entonces y hasta el día de hoy, el reconocimiento público y la realización de esas prácticas de vigilancia han cambiado poco a poco. Desafortunadamente, ahora existe una broma frecuente acerca de que todos estamos bajo vigilancia. Sin embargo, las comunicaciones diarias y las normas organizacionales no cambiaron para la mayoría de las personas – pienso que en parte tuvo relación con la potencia revolucionaria y el sentimiento de rabia durante ese periodo.

Desde el 2011, los medios de comunicación estatales normalizaron la práctica de la vigilancia social y la observación de las acciones de los demás, mientras que el discurso de odio hacia cualquier cosa diferente o ‘extraña’ se volvió aceptable. El hecho de que constantemente se imponen nuevas regulaciones restrictivas en un contexto en el que el sentido de vigilancia crece poco a poco, afecta a la comunidad activista y a aquellos involucrados en la transformación pública y en el ecosistema de los medios.

Actualmente es normal que las personas piensen dos o más veces antes de decidir cómo y cuándo decir algo, y calculen las consecuencias. Sin darse cuenta, están aplicando lo que investigadores de la seguridad digital llaman Modelo de amenaza, analizando el impacto de sus decisiones tanto en los espacios públicos como en los privados.

La brecha entre lo profesional y lo personal también llegó a ser muy difícil de manejar, tanto así que se afectan entre sí. Pasamos por un amplio rango de emociones cuando nos comprometimos con el cambio social. La pérdida de muchos amigos, ya sea porque están en prisión o porque tuvieron que dejar el país, dificulta hacer este tipo de trabajo, y hace que estemos menos conectados con los compañeros. Entre los que acostumbran informar sobre los acontecimientos, se han vuelto habituales las citaciones de las fuerzas de seguridad, los secuestros, las prohibiciones de viaje, los allanamientos de sus oficinas, o las ‘llamadas’ en las que alguien los amenaza educadamente.

He colaborado con muchas personas e instituciones durante los últimos años, en la evaluación de amenazas y peligros, y en la adopción de medidas apropiadas para mantener su privacidad y seguridad. Esa actividad me permitió darme cuenta de cómo la noción de amenaza ha cambiado mucho con el paso del tiempo y de que nuestra definición de lo que constituye un problema se está ampliando. También es obvio que algunas veces nuestra habilidad para hacer suposiciones o estimaciones adecuadas es más débil, ya que no hay información lógica o variables suficientes – la situación es muy caótica, en constante cambio y a menudo sorprendente.

No hay nada malo en sentir miedo ni nada de que avergonzarse – somos humanos. Y lleva tiempo y esfuerzo tratar de convertir ese sentimiento de miedo en energía positiva para continuar e insistir.

Asimismo llegó a ser obvio cómo el miedo y la preocupación impactan en nuestra capacidad para ser creativos y continuar con nuestro trabajo, e incluso para planear de una manera más adecuada. Siempre hay una lucha entre nuestras creencias y motivaciones, y las amenazas y miedos que sentimos y experimentamos cada día. Insisto en dejar a un lado todos mis miedos, así puedo concentrarme, pensar y continuar. No hay nada malo en sentir miedo ni nada de que avergonzarse – somos humanos. Y lleva tiempo y esfuerzo tratar de convertir ese sentimiento de miedo en energía positiva para continuar e insistir. La opresión y las restricciones a largo plazo nos impulsan a ser más creativos y hacer todo lo que sea posible, a pesar de todos los retos personales a los que nos enfrentemos.

En una dictadura, así como muchas cosas injustas llegaron a ser normalizadas y aceptadas en nuestra vida diaria, el acto de divulgar información e informar a los demás – aunque difícil – llegó a ser cada vez más una parte vital del activismo.

Ramy Raoof es tecnólogo y consultor en seguridad digital y privada en Egipto. Lo pueden encontrar en Twitter como @RamyRaoof

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