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¿Política estadounidense? No, gracias. Pásenme los tomates

Hand and ballot illustration public domain from Pixabay. Clinton and Trump caricatures by DonkeyHotey (CC BY-SA 2.0)

Ilustración de mano y boleta de votación, dominio público, de Pixabay. Caricaturas de Clinton y Trump por DonkeyHotey (CC BY-SA 2.0). Imagen remezclada por Georgia Popplewell.

Cuando era chica odiaba los tomates. No podía entender cómo podían gustarle a los demás. Mi abuela cultivaba la fruta roja en el jardín y cada verano me desesperaba en silencio a medida que aparecían y volvían a aparecer sobre la mesa de la cena. El sabor dulce pero agrio me hacía fruncir la nariz y la pulpa jugosa me hacía pensar en los órganos internos: un corazón humano, o al menos así lo imaginaba yo.

Ahora que soy adulta, vivo en la tierra del gazpacho, la Tomatina y el pan con tomate, y aprendí a amar el sabor dulce y agrio y también la pulpa jugosa.

Es extraño cómo pueden cambiar los gustos.

Justamente lo contrario me pasó con la política estadounidense. Cuando era chica consumía política. Pasaba mucho tiempo del verano en casa de mis abuelos en el medio oeste estadounidense, donde las reglas de la casa dictaban que uno jugara afuera todo el día. Si querías estar adentro sería mejor que leyeras. Como mis abuelos tenían suscripciones de Newsweek y Time siempre había pilas de esas revistas semanales de noticias en la sala de estar, así que cuando me cansaba de revolcarme en el pasto o de hojear el último libro que había sacado en préstamo de la biblioteca, tomaba una de las revistas y me tiraba en el sofá “davenport” y devoraba toda la intriga política de los noventa. Mi entendimiento era, por supuesto, limitado por la inocencia de mi edad: ¿por qué tanto escándalo por el vestido azul de Monica Lewinsky?, pero de todas formas me fascinaban las maquinaciones de los personajes más poderosos del país.

Esa fascinación continuó en mi edad adulta y se intensificó a medida que mi comprensión aumentaba. Cuando Internet le inyectó mayor velocidad a la industria de los medios, le di la bienvenida a la consecuente obsesión de una cobertura política de 24 horas, y trabajar como corresponsal en una sala de redacción de prensa hizo que la compulsión se volviera casi insaciable. Durante un tiempo, realmente soñé con convertirme en una periodista política como medio de vida, persiguiendo a los legisladores por los corredores del poder.

Es extraño cómo pueden cambiar los gustos.

Ahora, por primera vez en la vida, me encuentro totalmente inapetente de política estadounidense. Lo que una vez sentí como un escenario digno, pareciera ser cada vez más una farsa peligrosa. No estoy segura de lo que me lleva a la desilusión. ¿La política estadounidense se volvió más divisoria? Tal vez. ¿Estoy perdiendo el optimismo con la edad? Quizás. ¿Haber emigrado a España cambió mi perspectiva? Probablemente.

Por la razón que sea, la actual elección presidencial de los EE. UU. parece estar logrando que mi alergia empeore. Sé que muchos estadounidenses en el país y en el exterior también se sienten así. Ya no devoro las noticias políticas como solía hacerlo. Evito cualquier entrevista del día que esté circulando. Ni siquiera pude sentarme a ver el discurso de aceptación de Hillary Clinton en la Convención Nacional Demócrata, un hecho histórico por ser la primer mujer del país en ser candidata de uno de los partidos mayoritarios, al margen de lo que uno pueda pensar de ella. Tampoco, de hecho, pude soportar ver la de Trump, cuya candidatura ha hecho historia por razones muy diferentes.

A pesar de las náuseas, de verdad creo que tenemos la responsabilidad cívica de estar informados, así que de mala gana me mantengo actualizada en los temas políticos estadounidenses. De todas formas no podría escapar de ello fácilmente. Uso, al igual que un tercio de la población mundial, los medios sociales. Aunque deje de usar Facebook, Twitter y Reddit, una parte de mi régimen de noticias viene de los medios tradicionales de EE. UU., por más defectos que estos tengan. Y aunque renunciara a los medios estadounidenses en favor de los medios locales, la fijación de la prensa española con el Gran Experimento Estadounidense hace que sea imposible evitarlo.

Por no mencionar que soy editora de noticias de Global Voices y por lo tanto debo tomarle el pulso a la política estadounidense, aunque más no sea para hacer mejor mi trabajo.

Así que tendré que poner lo mejor de mí para digerir los debates y tratar de tapar mi Weltschmerz, aunque el teatro político que se da en la escena estadounidense me de ganas de tirarle tomates a los actores. Al menos ahora me gustan los tomates.

Es extraño cómo pueden cambiar los gustos.

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