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Mujer trinitense aclara las cosas después de que hombres tomaran conversación sobre el hiyab

Mujeres con hiyab en Bandung, Indonesia. Foto de Haifeez, CC BY 2.0.

Uno de los columnistas más populares e irreverentes de Trinidad y Tobago fue despedido poco después de que un musulmán de línea dura relativamente impopular criticara un artículo que escribió sobre la “economía” del hiyab, o prenda para cubrir la cabeza que usan algunas musulmanas.

No está claro si los dos acontecimientos están relacionados. Pero la conversación pronto se convirtió en una entre dos hombres muy francos con fuertes opiniones sobre cómo deben vestir las mujeres en público.

Kevin Baldeosingh escribió la columna después de que a una madre soltera, que resultó ser musulmana, la rechazaron en un trabajo en la empresa estatal National Maintenance Training and Security Company Limited (conocida por sus siglas MTS), presumiblemente porque usaba hiyab. “El enfoque económico sostiene que los seres humanos son agentes racionales, lo que quiere decir que las personas buscan conseguir sus objetivos  usando los medios más efectivos que tengan disponibles para maximizar su propio interés”, escribió Baldeosingh. Luego preguntó –después de que la mujer explicara que buscaba empleo para mantener a sus dos hijos– por qué no se quitaba el hiyab para que le dieran el trabajo:

Applying the economics perspective, the answer would be that she believes she benefits more from wearing the hijab than she would from compromising her religious identity in order to earn money.

Si aplicamos la perspectiva económica, la respuesta sería que ella cree que se beneficia más de usar el hiyab que si comprometiera su identidad religiosa para ganar dinero.

Esa línea no le gustó mucho a Umar Abdulah, líder de una pequeña organización llamada Frente Islámico. Se quejó en Guardian, periódico local de Trinidad (donde se publicaba la columna de  Baldeosingh), y señaló que eso equivalía a afirmar que “todas las mujeres deberían desvestirse y comprometer su verdadero valor para conseguir empleo en este país. Esto es sinónimo de prostitución”.

Abdullah del Frente Islámico, que pidió el despido de Baldeosingh y dos miembros del comité de selección de MTS, es una figura controvertida en Trinidad y Tobago. Abdullah tiene la reputación de ser musulmán de línea dura y férreo crítico de la política estadounidense; la mayor parte del 6% de la población de Trinidad que se identifica como musulmana no siente que los representa. Aunque Abdullah dice que ha dado vuelta a una nueva hoja en la vida, escribió una carta de apoyo a Osama bin Laden hace 13 años y sigue bajo vigilancia de la inteligencia especial de Trinidad.

En su defensa, Baldeosingh respondió: “Toda la columna se refiere a que, en vez de ser símbolo de represión, las musulmanas que eligen usar el hiyab lo hacen por razones contundentes y racionales. Parece que el señor Umar Abdulah no entiende esto o hace como si no lo entendiera”.

Sin embargo, Baldeosingh fue despedido, aunque no se pudo confirmar si fue resultado directo de la columna de “hiyabeconomía”. Sin embargo, este despido aumentó el efecto de que los hombres se apropiaron de la conversación. Lo que realmente había sobre la experiencia de una musulmana se convirtió –en gran parte– en un debate sobre libre expresión.

Sin embargo, la musulmana Alana Abdool escribió una carta al editor del popular sitio de noticias Wired868, que sospechaba que “en algún punto de esta tormenta en un vaso de agua sigue siendo un tema que no se ha abordado de manera adecuada”. Abdool redirigió ingeniosamente la narrativa de una sola vez:

Clearly, Muslim women—hijabis or not—can think for themselves. Evidently, Aisha Sabur didn’t feel she wanted to remove her hijab. Is Abdullah suggesting that she has that right but does not have the right to do the opposite? Does he believe that hijabis’ understanding of the concept of hijab is either fundamentally very weak or non-existent?

If not, why did he feel the need to make the statement at all?

If a woman chooses to remove her hijab or chooses not to wear it at all because it doesn’t align with her understanding or her beliefs, does that make exposing herself “prostitution?” If she doesn’t believe in wearing the hijab, is it prostitution because people like Abdullah believe in the necessity of wearing the hijab?

Claramente, las musulmanas —sean hiyabíes o no— no pueden pensar solas. Evidentemente, Aisha Sabur no sentía que quisiera sacarse el hiyab. ¿Abdullah está sugiriendo que ella tenía razón pero que no tiene derecho de hacer lo contrario? ¿Cree que la comprensión de las hiyabíes del concepto de hiyab es fundamentalmente muy débil o inexistente?

Y si no, ¿por que creyó que tenía que hacer una declaración?

Si una muijer elige quitarse el hiyab o elige no usarlo porque no va de acuerdo con su comprensión o sus creencias, ¿eso hace que exponerse sea “prostitución”? Si ella no cree en usar hiyab, ¿es prostitución porque personas como Abdullah creen en la necesidad de usar hiyab?

En otro artículo, desmenuzó por qué Baldeosingh puede haber estado más atento a la elminación de matices de la identidad musulmana:

In his and the Guardian Editor’s all-consuming desire to ensure that his message would reach the Islamists who are his real target—reckless of insensitivity and eschewing subtlety—a decision was taken to publish this piece on the Eid holiday.

We, the right thinking, law-abiding Muslims, need to be introspective and critical at the same time as we engage Kevin Baldeosingh and others of his ilk in dialogue with a view to making them understand that, in matters concerning the social and political aspects of our religion, we, the pure, authentic Muslims, are capable of intellectual autonomy.

If we, the right-thinking, law-abiding Muslims, cannot through our behaviour, through our scholarship and through our relations with non-Muslims express what Islam really is, then the Islamists will define it for us.

En su absorbente deseo, y el del editor de Guardian, de garantizar que su mensaje llegue a todos los islamistas que son el verdadero objetivo —temerario de insensibilidad y evitando sutilezas— se tomó la decisión de publicar este artículo en la festividad de Eid.

Los musulmanes de bien, obedientes de las normas, debemos ser introspectivos y críticos al mismo tiempo en que hacemos partícipes a Kevin Baldeosingh y otros de su clase de un diálogo con la idea de hacerles entender que, en asuntos que se refieren a aspectos sociales y políticos de nuestra religión, los musulmanes puros y auténticos podemos tener autonomía intelectual.

Si los musulmanes de bien, obedientes de las normas no podemos expresar con nuestro comportamiento, con nuestro conocimiento y con nuestras relaciones con no musulmanes lo que realmente es el Islam, entonces de verdad los islamistas lo definirán por nosotros.

También habló sobre las “significativas diferencias” de lo que realmente constituye un hiyab:

As a child, I saw Muslim women walking into different masajid with shawls loosely draped over their heads, sometimes slipping back to reveal half their heads. This ‘halfway hijab’ would, depending on the masjid you entered, see you getting the cold shoulder.

And there were also those women who either wore lipstick or wore a shade of lipstick that was a tad too bright or wore bangles that jingled or wore nails that suggested that they may have had them manicured. All such women ran the risk of finding themselves consigned to the dreaded category of ‘feminist hijabi’.

And there was yet another group who, most notoriously, dared to walk into the masjid hall wearing no hijab at all. This group is nowadays small enough to be considered non-existent but the segregation of and discrimination against the ‘lesser hijabs’ is alive.

De niña, veía musulamas que entraban a diferentes masajid con chalinas colocadas sobre su cabeza, que a veces se deslizaban y dejaban al descubierto la mitad de su cabeza. Con este ‘hiyab a la mitad’, dependiendo del masjid al que entraste, podían hacerte el vacío.

Y también estaban las mujeres que usaban lápiz de labios o un poco de lápiz de labios que era un poco brillante o usaban pulseras que sonaban o usaban uñas que indicaba que se hacían la manicure. Todas esas mujeres corrían el riesgo de encontrarse confinadas en la temida categoría de ‘hiyabí feminista’.

Y todavía había otro grupo que, más notoriamente, se atrevían a entrar el masjid sin hiyab. Este grupo es ahora suficientemente pequeño para ser considerado inexistente, pero la segregación y discriminación contra los ‘hiyabs menores’ persiste.

Como usuaria de hiyab, las observaciones de la propia Abdool fueron bastante astutas:

Now that I have put on the hijab, what I find particularly interesting are the statements of non-Muslims about what constitutes proper hijab. My impression is that they are heavily influenced by their familiarity with the now more widely propagated description of the ‘greater hijabs’.

There has to be alignment, they stress, between your inner conviction, belief and understanding and the individual external display of your interpretation of hijab. In other words, it’s all or nothing; if you can’t do it properly, then don’t do it at all.

But that still leaves intact the mystery of Abdullah’s thinking. According to him, since there can be no independence of inner intention and outward expression and since the locus of protection of all things immodest is the hijab, then the slightest departure from modesty constitutes prostitution.

So I am left to wonder what specific observations Abdullah has made that lead him to believe that inadequacies in hijab provoke the categorization of prostitution.

And I feel compelled to ask this question: What would be the ‘greatest hijab'?

Ahora que me he puesto el hiyab, lo que encuentro particularmente interesante son las declaraciones de los no musulmanes de de lo que constituye un hiyab adecuado. Mi impresión es que están fuertemente influenciados por su familiaridad con la ahora más ampliamente difundida descripción de ‘hiyabs más grandes’.

No ha habido adecuación, enfatizan, entre tu convicción, creencia y comprensión y la muestra individual externa de tu interpretación del hiyab. En otras palabras, es todo o nada; si no lo puedes hacer bien, no lo hagas.

Pero eso aún deja intacto el misterio del pensamiento de Abdullah. Según él, como no puede haber independencia de la intención interna y la expresión externa, y como el centro neurálgico de protección de todo lo desvergonzado es el hiyab, entonces la mínima lejanía con la vergüenza constituye prostitución.

Así que me pregunto qué observaciones específicas ha hecho Abdullah que pueden llevarlo a creer que lo inadecuado del hiyab provoca la categorización de prostitución.

Y me siento obligada a preguntar: ¿cuál sería su ‘hiyab más grande'?

Según Abdool, esta pregunta debería ser algo que cada musulmana debería decidir, en vez de hacer que los hombres se apropien de su voz –y su experiencia.

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