Temor e incertidumbre: La vida de los georgianos en Gali

Entering the Gali Region of Abkhazia from the Ingur River crossing. This area is mostly populated by ethnic Georgians. Photo by Chai Khana, used with permission.

Esta es una historia de Chai-Khana.org y se reproduce en Global Voices gracias a un acuerdo de asociación.

Ochocientos metros.

Esa es la distancia que separa a georgianos que viven en la separatista Abjasia del territorio controlado por el Gobierno georgiano. Es también la distancia que separa a Badri*, de 34 años, de su esposa e hijos durante el verano. Fue la distancia que impidió a Nika*, de 23 años, poder continuar sus estudios de maestría en la universidad.

Son 870 metros, es la longitud del puente que cruza el río Inguri, actualmente el único punto de cruce legal hacia el territorio controlado por el Georgia. Durante tres meses de 2019 se volvio símbolo de las inseguridades que dominan la vida de entre 30 000 a 40 000 personas todos los días.

El puente inicia la línea divisoria entre georgianos y abjasios, una serpenteante frontera que apareció luego de la guerra georgiano-abjasia entre 1992 y 1993, después del colapso de la Unión Soviética. En el momento más complicado de la lucha, muchos georgianos huyeron a otras partes del país por seguridad.

Muchos regresaron a su casa en el distrito de Gali cuando los combates terminaron en 1993. Aunque actualmente conforman la mayoría del distrito, viven con temor e incertidumbre, en parte por el puente Inguri (N. del E. en 2008, Rusia reconoció la independencia de facto de Abjasia y sigue apoyando al territorio económica y militarmente hasta la fecha. La gran mayoría de estados miembros de Naciones Unidas reconoce a Abjasia como territorio georgiano).

El acceso al puente Enguri, el único cruce legal a territorio controlado por Georgia, está duramente controlado por las autoridades de facto abjasias. Se ha cerrado dos veces desde mediados de 2019. Foto de Chai Khana, usada con autorización.

Para los georgianos que viven en Gali, el puente Inguri representa una ruta a escuelas, hospitales y familia. Cruzan para adquirir verduras más baratas y servicios de mejor calidad, para bodas y funerales. Las personas cruzan la línea divisoria todos los días por diferentes razones.

Y durante tres meses en 2019, el acceso a este punto de cruce estuvo cerrado.

Las familias estuvieron divididas. Los estudiantes luchan por llegar a la universidad. Hasta una acción simple como ir a un concierto se ha vuelto imposible.

Aunque en noviembre el puente ya estaba abierto, los tres meses que duró la restricción de movimiento ha mostrado la constante vulnerabilidad de las personas de etnia georgiana que vive en Abjasia.

“Fue una terrible experiencia a describir. En julio, cuando los escolares en Gali tuvieron que rendir exámenes nacionales, los padres pagaron [sobornos de] 5000 rublos (77 dólares), cerca de 10 000 (155 dólares) para cruzar. No quiero regresar [a Gali] si esas prácticas continúan. Estamos en una prisión. Es imposible vivir en estas condiciones”, dice Nika.

Hay injusticias diarias, como el retiro del georgiano de las escuelas en Gali. Y luego están los problemas de seguridad más fundamentales, como no poder registrar propiedad, votar o confiar en que la policía ayudará cuando se le necesita.

“Lamentablemente, no eres lo suficientemente grande”. Era una broma para un guardia fronterizo, pero significaba que a los hombres georgianos de cierta edad (entre 18 y 65 años) que intentaban cruzar el puente Inguri no se les permitía avanzar. O al menos no a menos que pagaran un soborno.

Badri enfrentó esa posibilidad con frecuencia durante el verano después de que sus hijos enfermaron. En Gali, los hospitales carecen de suministros y conocimientos modernos, así que su esposa cruzó el Inguri para llevarlos a un mejor hospital en la capital georgiana, Tiflis. Cuando las autoridades abjasias cerraron el cruce en respuesta a las protestas en Tiflis en julio, Badri quedó varado.

Durante más de tres meses, a los habitantes hombres de Gali se les impidió cruzar el límite. Aunque las restricciones quedaron sin efecto el 2 de octubre, la experiencia dejó a la población de Gali temerosa y frustrada.

En el último año, las autoridades abjasias han cerrado el punto de cruce dos veces. Cuando eso ocurre, a los georgianos que viven en Gali les quedan pocos recursos: o pueden tratar de pagar sobornos o quedarse en casa.

“Para visitar a mis hijos y esposa enfermos, que están en el hospital en Tiflis, tuve que pagar 5000 rublos (77 dólares) en total. Pagué mil rublos (15 dólares) cada vez que crucé. ¿Es vida esto? Casi me volví loco, mis hijos estaban conectados a pulmones artificiales y no podía visitarlos”, dice Badri.

Ni los 15 dólares del soborno son garantía de lograrlo. A veces los guardias fronterizos toman el dinero, a veces no. La cantidad está sujeta a cambio: Nika tuvo que pagar 46 dólares para cruzar y asegurar su lugar en el programa de maestría.

“Pagué 2000 rublos (30 dólares) la segunda vez. Luego tuve que escribir una declaración al Ministerio [de Educación de Georgia] para pedir financiación y pagar las cuotas, y tuve que cruzar el puente Inguri una tercera vez y pagué 2000 rublos otra vez”, dice.

La decisión de cerrar el cruce no era una novedad: las autoridades abjasias lo cerraron en enero, por un brote de influenza en el territorio controlado por Georgia. Es por eso que los georgianos que viven en Gali dicen que se han vuelto “prisioneros” en su propio hogar debido a un firme flujo de decisiones de las autoridades de facto abjasias que restringen sus movimientos.

El cierre ha afectado tanto a los habitantes de Gali que en enero tuvieron una inusual protesta en el exterior del edificio de la administración regional. La manifestación hasta hizo que el defensor público de Abjasia hablara en su nombre. la Defensoría del Puieblo, a cargo de Asida Shakril, instó a las autoridades abjasias que consideraran las necesidad de las comunidades en Gali.

Pero las personas ven pocas señales de que a las autoridades de facto en Abjasia les interese mejorar la situación.

En cambio, ven una política con el objetivo de obligarlos a abandonar sus hogares en Gali. En 2008, cuando Rusia reconoció la independencoa abjasia, se volvió obligatorio obtener un pasaporte abjasio o tarjeta de residencia. Antes de eso, los pasaportes soviéticos y certificados de nacimiento para menores se usaban sobre todo como identificación.

Personas de etnia georgiana esperan en el departamento de policía en Gali para recibir permisos de residencia. El proceso es largo e incierto. Foto de Chai Khana, usada con autorización.

Los habitantes de Gali que no recibieron ciudadanía abjasia deben usar el formulario especial número 9, que debía renovarse cada mes o cada dos. En casos muy raros, se aprueba por seis meses. Las personas deben presentar este documento para entrar al territorio controlado por Georgia.

Pero obtener la residencia –condición creada legalmente para extranjeros pero que se aplica a georgianos pese al hecho de que Gali es su hogar– es increíblemente difícil.

Nani*, 58 años, vive en Lekukhona, aldea en Gali. Está esperando su permiso de residencia desde hace dos años.

Sin embargo, aunque Nani y su familia reciban los permisos de residencia, no tendrán derechos básicos en Gali. Por ejemplo, no tendrán derecho a comprar una casa o adquirir propiedad. Seguirán sin poder votar.

“Yo, con tres parientes, estuve en fila desde la mañana hasta la noche durante más de dos semanas para solicitar permiso de residencia… lo que está ocurriendo acá es una pesadilla, interminable y que empeora”. dice.

Los nombres de los mencionados se han cambiado para proteger su identidad. Chai Khana no ha publicado el nombre del autor por seguridad.

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