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En Venezuela, hasta la policía marcha contra la inseguridad

Antigua Policía Metropolitana, la Guardia Nacional y seguidores de Chávez vestidos de rojo con carteles durante una manifestación. Foto de la cuenta de Flickr de Rodríguez Suárez con licencia Creative Commons.

El año pasado, las protestas y represiones que dejaron cientos de detenidos en Venezuela llegaron a las primeras planas internacionales. Pero la violencia cotidiana que ha arrastrado al país con los años es ahora tan rutinaria que hace tiempo dejó de ser de interés.

Una historia que ha quedado perdida en la avalancha de muertes y otros actos de violencia son los extremos riesgos que la policía enfrenta ahora al hacer su trabajo.

Según el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), en 2014 Venezuela tuvo 24,980 muertes violentas, u 82 asesinatos por cada 100,000 habitantes. Eso coloca a Venezuela en el segundo lugar de los países con mayor alta de asesinatos en el mundo, superado solamente por Honduras y muy por encima de cualquier país que actualmente esté en guerra.

Los medios estatales en Venezuela tratan el problema por encima. Ninguno de los periódicos afines al gobierno tiene una sección dedicada a muertes o crímenes violentos, un hecho sorprendente puesto que la ciudad capital, Caracas, ve ocurrir docenas de muertes violentas cada fin de semana.

Para los oficiales de policía cuyos colegas mueren frecuentemente en cumplimiento del deber y durante su tiempo libre, esto es una cachetada en la cara.

Blancos móviles

En los primeros seis meses de 2015, 120 oficiales han muerto según medios independientes y con datos de cada región. El gobierno no reporta a sus agentes muertos ni cuando mueren con granadas y rifles de asalto, como ocurrió en marzo de 2015 en una zona de Caracas llamada El Cementerio.

Un policía muerto es un trofeo para las bandas delincuenciales. Su asesinato, ya sea como un ataque o como acto de venganza, da categoría a los criminales. Y todo esto empeora con el índice de impunidad criminal: 98% de todos los homicidios cometidos en el país quedan impunes.

César Marín, miembro de Amnistía Internacional y representante de la Red Internacional de Acción sobre Armas Ligeras [IANSA por su nombre en inglés] indica que los policías mueren en la misma cantidad que los jóvenes en las barriadas urbanas, atacados por taxistas, o hasta por las personas en disputas callejeras.

No tienen escape a la violencia diaria. Los riesgos inherentes a su propia profesión solamente los hace más vulnerables.

Negación oficial, rabia pública

Fuentes oficiales han tratado de refutar las estadísiticas del OVV. El Ministerio del Poder Popular para Relaciones Interiores, Justicia y Paz no publica estadísticas oficiales ni permite el acceso a esta información desde 2008, mientras que los portavoces del gobierno aparecen ocasionalmente para echar agua fría a las cifras.

Por ejemplo, Luisa Ortega Díaz, Fiscal General del Ministerio Público, declaró en Naciones Unidas en junio de 2014 que la tasa de homicidio no era de 82 sino de 62 muertes violentas por cada 100,000 habitantes. Aun con esa cifra, Venezuela continúa figurando entre los países más violentos del mundo.

Pero silenciar la información sobre la violencia y censurar la información asociada con la violencia no ha funcionado para reducir el flagelo.

Son tantas las familias que han debido sacar a sus seres queridos de la morgue que de manera rutinaria se ven filas de personas esperando reconocer a posible parientes. Nada de esto es noticia. Como no lo es tampoco la muerte de oficiales de policía.

La periodista Altagracia Anzola escribió en su cuenta de Twitter:

Marchando por una Venezuela más segura

En una entrevista en febrero con Global Voices, Pablo Fernandez, Secretario Ejecutivo del Consejo General de la Policía, advirtió que la mayoría de los agentes eran vulnerables debido a los “pocos años de capacitación, inmadurez, falta de confianza en sus propias capacidades para responder al estrés, capacitación limitada en uso progresivo y diferenciado de la fuerza, [y] poco autocontrol o autoprotección”.

Con un veredicto como este del funcionario público a cargo del entrenamiento de los agentes es fácil entender los altos niveles de riesgos a los que está expuesta la policía venezolana.

Dejar sus armas en la estación e ir a casa también es difícil. La mayoría de los policías viven en los mismos barrios pobres y peligrosos de los delincuentes. A veces, revelar su profesión puede ser también muy arriesgado.

Decir que es “socialista, chavista y antiimperialista” no salvará a los oficiales fuera de servicio de un balazo tampoco.

La ONG de derechos humanos Cofavic ha advertido que con el aumento de los oficiales muertos, la demanda para unirse a las fuerzas de seguridad se reduce rápidamente. Los salarios no suelen ser atractivos. Algunos agentes deben trabajar como taxistas y guardaespaldas en su tiempo libre para poder llegar a fin de mes.

Estos antecedentes hacen completamente lógico un acontecimiento aparentemente inusual ocurrido en abril pasado: una marcha contra la inseguridad organizada por oficiales de policía de Caracas donde los miembros de seis fuerzas policiales accedieron a protestar contra las muertes violentas de sus compañeros de trabajo.

A Policaracas, la mayor fuerza de la capital, y la Policía Nacional Bolivariana –bajo control de autoridades nacionales– se les prohibió participar. Así que algunos fueron vestidos como civiles, y otros pidieron a familiares que protestaran en su nombre.

La marcha no fue cubierta por los medios públicos:

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