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Dos ex prisioneros palestinos abren el primer food truck de Ramala

Khaldoun Barghouti, an ex-prisoner-turned-entrepreneur, serves up a chicken sandwich for a young customer in the West Bank city of Ramallah. Credit: Dalia Hatuqa

Khaldoun Barghouti, ex prisionero y ahora emprendedor, le prepara un sándwich de pollo a un joven cliente en la ciudad cisjordana de Ramala. Fotografía: Dalia Hatuqa.

Este artículo escrito por Dalia Hatuqa se publicó originalmente en PRI.org el 21 de setiembre del 2016. Se republica aquí como parte de un acuerdo de intercambio de contenidos.

Hace un sol abrasador en el centro de la ciudad de Ramala, la capital de facto de Palestina. En el principal mercado de fruta y verdura de la ciudad hay más de 30 grados, pero esto no aleja a los compradores.

— Cinco tomates por 10 séquels —grita un vendedor.

En medio del ajetreo, se encuentra aparcada una camioneta pintada de color morado, rojo y verde. La ventanilla de servicio está abierta y los dos hombres que se encuentran en el interior se ponen a trabajar. Mientras uno enciende la freidora, el otro corta rebanadas de pan.

Es conocida por el nombre árabe de “Qitar Ata'am” que significa “el tren de la comida”.

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Sin embargo, el primer food truck de Ramala es muy parecido a los que se mueven por las calles de cualquier ciudad estadounidense.

Este food truck es la creación de Khaldun Barghouti y AbdelRahman Bibi, dos hombres que pasaron cerca de una década en una cárcel israelí por su asociación con grupos ilegalizados. En el tiempo que pasaron entre rejas, pensaron largo y tendido sobre cómo se ganarían la vida cuando salieran fuera.

Palestinian women walk past "Qitar Ata'am", which translates into "the Food Train," the first food truck in Ramallah. Credit: Dalia Hatuqa

Un grupo de mujeres pasa por delante de “Qitar Ata'am” que significa “el tren de la comida”, el primer food truck en Ramala. Fotografía: Dalia Hatuqa.

— Los presos no quieren ser una carga para la sociedad —dice Barghouti, que estudió TIC, historia y marketing, tanto dentro como fuera de la cárcel—. Queríamos abrir un negocio sin paredes, es decir, que nos diera libertad de movimiento.

Prácticamente todo lo relacionado con el food truck está inspirado por el tiempo que ambos pasaron en la cárcel, dice Barghouti. Han pintado el camión con colores vivos para que contraste con los tonos apagados de la cárcel e incluso han añadido al menú un revuelto de atún y maíz parecido al que comían en la cárcel, pero que han mejorado y transformado en todo un manjar.

— Lo que más hacemos son shawarmas y schnitzels de pollo, hamburguesas y salchichas —dice Baghouti.

Todos los sándwiches se sirven cubiertos con un gran montón de patatas fritas y verduras cortadas en dados, aderezadas con salsa tahini o de ajo al gusto.

Hay muchos restaurantes de comida rápida en las ciudades palestinas, pero una cocina móvil en forma de food truck es una gran novedad. El ministro de transporte tuvo que crear un nuevo tipo de licencia para este negocio, no obstante, los problemas no pararon aquí.

— Lo más difícil fue la electricidad —apunta Bibi, de 35 años—. El generador diésel que usábamos era molesto y maloliente, por lo que, investigamos cómo conseguían la energía otros food trucks y encontramos una solución más ecológica.

Una empresa palestina les instaló cuatro placas solares grandes en el techo de la camioneta, estas generan suficiente energía para hacer funcionar un pequeño congelador, el sistema de ventilación y un frigorífico.

Hasta ahora, la camioneta y las placas han atraído la atención de la gente, por eso, ya cuentan con un flujo continuo de clientes.

— Dame un sándwich de salchicha —pide Rami, un adolescente local de 14 años.

— Me gusta mucho que funcione con energía solar —apunta—. ¡Es genial!

Barghouti y su socio están apostando fuerte por el concepto de food truck. Pidieron un crédito de 37.000 dólares, a pagar en cinco años, y el banco les ofreció una tasa de interés más baja por su condición de ex presidiarios.

— Todo está hecho a medida para esta camioneta: el frigorífico, el congelador y las freidoras —afirma Barghouti—. Creo que lo único que compramos en una tienda fueron los cuchillos.

Barghouti, padre de seis niños, y Bibi, recién casado, ven los primeros indicios de éxito. Mucha gente, incluso otros ex presos, les han pedido consejo para montar sus propios food trucks y hay rumores de que otro ha empezado a funcionar en la Franja de Gaza.

— Al principio, la gente tenía curiosidad por el food truck —dice Barghouti, mientras le pone la guarnición a un sándwich de salchicha.

— La gente quería mostrarnos su apoyo porque éramos ex presos —apunta—. Pero ahora vienen por la comida.

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