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Irma: Una reflexión sobre Bahamas y los huracanes

Por Nicolette Bethel

Este artículo apareció originalmente en Blogworld y se vuelve a publicar aquí con el permiso de la autora. 

Cualquiera que haya crecido conmigo sabe que no soy dada a tomarme los huracanes a la ligera. Cuando tenía 17 años, escribí una extensa redacción sobre el tema. La redacción requirió que hurgase en la ciencia que hay detrás los huracanes, y también me envió a los archivos en búsqueda del impacto que los huracanes tienen sobre Bahamas.

Sabía del huracán de 1929, claro; la generación de mis abuelas lo sobrevivió, y nos contaron historias sobre eslos días difíciles cuando los huracanes llegaban cada año y pasaban justamente sobre Nassau. Y los libros de historia que tenía a mi disposición (la edición de 1968 del libro de Michael Craton, A History of The Bahamas y el de Paul Albury, The Story of The Bahamas, de 1975) mencionaban un huracán aun más anterior, uno de 1866, que también devastó Nassau. Leí todo lo que cayó en mis manos sobre ambos huracanes. Y entonces, durante la década siguiente, más o menos, me convertí en la profeta de los huracanes, advertía cada año a mi familia (en realidad, a cualquiera que me escuchara) que debían prepararse. Porque, aunque Nassau no había recibido ningún golpe durante unos buenos 20 años o algo así, yo sabía que era apenas cuestión de tiempo.

Bien, como podemos ver, así fue. Nueva Providencia fue golpeada directamente en 2001 por el huracán Michelle, cuyo ojo pasó justo sobre Nassau, y después casi directamente por el huracán Matthew, en 2016, cuyo ojo viró hacia el oeste de nuestra isla justo en las últimas horas antes de golpear. Pero nada ha impactado la capital como lo hicieron los huracanes de la década de 1920 y del siglo XIX.

Hay dos cosas que quiero decir al respecto. La primera tiene que ver con el pasado y lo que nos puede enseñar. La segunda con el futuro y cómo podemos usar lo aprendido.

Lo que nos puede enseñar el pasado 

Bahamas, al igual que Estados Unidos, está históricamente situada fuera del camino más común de los huracanes. La mayor parte de nuestro archipiélago se sitúa por encima del Trópico de Cáncer, en la zona subtropical, y al menos hasta finales del siglo XX, la mayoría de los huracanes tendían a formarse y permanecer dentro de los trópicos, cruzar el Atlántico hacia el Mar Caribe y barrer a su paso hacia las Antillas Menores. Esto fue desastroso para el Caribe pero providencial para Bahamas, ya que las islas caribeñas tienden a ser montañosas, y las montañas ayudan a romper la estructura de los huracanes. El resultado más común era que, para cuando llegaban a Bahamas, incluso grandes huracanes como Inez y David y Georges, se habían disipado y reducido a huracanes de categoría 1 o 2, o incluso a tormenta tropical.

Sin embargo, cada treinta años más o menos, aparecía algún cambio regular en los patrones del clima global que promovía la formación de huracanes más al norte e incrementaba la posibilidad de que afectaran a Bahamas o a la costa este de Estados Unidos. Estos huracanes se desplazaban a través del Atlántico sin ser perturbados por la tierra o las montañas hasta que estaban tierra adentro en Estados Unidos. El huracán de 1866 en Bahamas fue así, uno de los primeros con una trama sistemática de ubicación e intensidad (se cree que fue un poderoso huracán de categoría 4). Nuestra principal fuente de información sobre su intensidad proviene de la presión barométrica registrada durante el paso de la tormenta (para más detalles, lee el libro de Wayne Neely). Lo siguió otro huracán mortal en 1899; luego una serie de huracanes de categoría 4 y 5 entre 1926 y 1932; luego Betsy en 1965; y luego Andrew en 1992.

Para quienes quieran aprender algo sobre huracanes en Bahamas, echen un vistazo a Wayne Neely. És el experto. Si quieren saber a quién escuchar en los medios sociales, fíjense en lo que dice. Es su hobby; pero también es su formación, y su trabajo.

Esto significaba que era bastante posible, al menos durante el siglo XX, que un adulto bahameño viviera y muriera sin experimentar más que uno o dos huracanes devastadores. Mi padre, por ejemplo. Nació en 1938, y desde entonces hasta su muerte en 1987, únicamente vivió una gran tormenta: Betsy, en 1965. Durante los años 1970, pasó su vida colocando contraventanas contra huracanes cuando había advertencias de huracán, sólo para descubrir que el huracán se había desviado hacia el mar o que no era más que algo de viento y lluvia. Y se quejaba. Nuestras contraventanas para huracanes eran pesados objetos de madera que se ajustaban dentro de los marcos de las ventanas y se sujetaban con barras de dos por cuatro. Eran difíciles de colocar y difíciles de quitar, y cuando los ponía para después quedar decepcionado por otra tormenta, se negaba a quitarlos hasta el final de la temporada. Las quitaba de las zonas comunes de la casa, pero pasábamos las noches en la oscuridad de dormitorios sellados.

Imagino que para los bahameños más jóvenes es difícil concebir la posibilidad de pasarse la vida sin experimentar más de una tormenta letal. Los últimos 25 años han traído y ampliado el periodo de huracanes que afectan a nuestro archipiélago, desde Andrew, que fue de categoría 5 cuando golpeó Eleuthera por el este, continuando con Floyd y Michelle y Frances y Jeanne y Wilma e Irene e Ike y Sandy y Joaquin y Matthew e Irma y el potencial Jose. Los patrones climáticos históricos de los huracanes han cambiado; el ciclo de 30 años que predominó desde 1780 hasta la década de 1990 ha sido reemplazado por un ciclo para el que aún no hemos encontrado patrón.

Lo que resulta más sorprendente, en mi opinión, no es el argumento inevitable sobre el cambio climático. Lo que me sorprende de esta investigación histórica de huracanes en Bahamas es el hecho importante que solemos obviar mientras rezamos por no ser golpeados o mientras nos afanamos en tareas de rescate y limpieza: que a la moderna Bahamas le va mejor que a casi cualquier otro territorio del planeta en lo que respecta a huracanes.

Una de las razones para esto se relaciona con nuestra propia geografía. No tenemos ríos que se desborden o rompan sus diques, y no tenemos montañas que engendren deslizamientos de tierra. Estos son los dos efectos secundarios más mortíferos de los huracanes, y en nuestro caso no suceden. Pero hay otras maneras comunes de morir durante un huracán, y ahondar en nuestros archivos históricos puede decirnos cuáles eran. La gente se ahoga en oleadas de tormenta (como sucedió en Andros en 1866 y 1929) y hay gente que muere por el derrumbamiento de escombros cuando las casas se destrozan, cuando vuelan los tejados. Y desde la década de 1930 el número de casas destrozadas en Bahamas ha sido mucho menor.

Esto es porque hemos aprendido a construir para las tormentas. Crecí en una casa construida en la década de 1930, cuando reconstruíamos la ciudad tras el huracán de 1929, y el contratante que construyó esa casa pretendía que aguantase cualquier tormenta. Está hecha de hormigón vertido reforzado con acero, y el techo está anclado firmemente a las paredes. Tiene corredores cubiertos sobre cada puerta para permitir la ventilación cruzada, y ha resistido los huracanes sin daño estructural desde su construcción.

Vivo en otra casa, construida en los años 1950, también de hormigón vertido reforzado, pero además elevada 1.20 a 1.50 metros sobre el suelo (se construyó sobre suelo desigual). Mis padres nacieron en casas de madera, una sigue en pie, la otra todavía lo estaría si una excavadora no la hubiera tirado. Lo que descubrimos tras la destrucción de la casa de nuestra abuela fue que había sido construida por constructores navales, y que no tenía ni un clavo; permanecía unida por clavijas de madera que se reforzaron con el tiempo a medida que se hinchaban. Las casas de Harbour Island, golpeada por Andrew, un huracán de categoría 5, siguen en pie, mientras que gran parte de Miami, golpeada una vez que Andrew ya se había debilitado un poco, quedó destruida.

Esto es lo que aprendemos. Los bahameños sabemos cómo construir para enfrentar la tormenta. Es parte de nuestra adaptación a estas islas, donde la evacuación es un lujo del siglo XXI para las islas más escasamente pobladas, pero por lo general imposible para la mayoría de nosotros. Hemos desarrollado técnicas para construir casas resistentes a los huracanes, y también hemos escrito varias de esas técnicas en nuestros códigos de construcción. Es cierto que hay más cosas que podríamos hacer hoy en día, pero que no hacemos debido al costo. Nuestros abuelos sabían que no sólo debíamos construir con fuerza e inteligencia, sino que también debíamos construir con altura: la mayoría de nuestras casas tradicionales se levantan sobre bloques y están a 1.20 o 1.50 metros sobre suelo, y son mucho menos propensas a inundarse que las que construimos hoy en día.

Y esto me lleva a la segunda parte de esta reflexión.

Qué nos depara el futuro

He observado/estudiado los huracanes la mayor parte de mi vida. Y aunque los respeto —profundamente— no creo que los bahameños debamos temerlos de la forma en la que parecemos temerles. Todo lo contrario. Creo que debemos observarnos detenidamente y averiguar por qué manejamos tan bien las grandes tormentas. Parte de la razón es, en efecto, nuestra geografía llana, la ausencia de montañas y ríos, nuestra capacidad de agacharnos durante la tormenta y no preocuparnos en exceso por las consecuencias físicas. Pero parte es también lo que hemos desarrollado nosotros mismos.

No creo que sea exagerado decir que los bahameños somos expertos mundiales en construir para sobrevivir a los huracanes. Esta es una habilidad crítica que podemos compartir con el mundo —especialmente teniendo en cuenta que grandes huracanes parecen estarse formando cada vez más frecuentemente, y cada vez más grandes y más fuertes, sin seguir los patrones del pasado.

Por esta razón, creo que deberíamos estar en la industria global del huracán.

Creo que:

  • deberíamos estudiar y normaliizar nuestras técnicas de construcción —todas ellas: desde el trabajo sobre madera hasta nuestra habilidad con el hormigón;
  • deberíamos convertirlas en ciencia e integrarlas en programas de ingeniería y arquitectura que podríamos comercializar para el resto del mundo;
  • deberíamos certificar a nuestros contratistas que ya saben cómo construir para enfrentar los huracanes, entrenar a más en las mismas técnicas, y después exportarlos por toda la región de huracanes en las Américas para que compartan sus habilidades con otros;
  • deberíamos desarrollar materiales específicos que podamos fabricar aquí (¿cemento? ¿bloques de hormigón?) y de esa manera generar beneficios para el país;
  • deberíamos continuar investigando para ampliar nuestras habilidades para resistir huracanes y convertirnos así en líderes reconocidos en el mundo;
  • deberíamos ampliar esas habilidades para incorporar mayor autosuficiencia —con energías renovables, diseños arquitectónicos sostenibles, etc.;
  • deberíamos aprovechar la oportunidad para reconstruir comunidades mejor de lo que eran antes —igual que reconstruimos Nassau después de la década de 1920. Deberíamos invertir en la reconstrucción sostenible de nuestras islas sureñas, comunidades autosuficientes que no sólo puedan resistir huracanes futuros sino que puedan servir de modelo para el mundo.

Nos enfrentamos a oportunidades reales. Rezo por que tengamos la sensatez y el coraje para aprovecharlas.

Nicolette Bethel es profesora, escritora y antropóloga bahameña. Fue Directora de Cultura en Bahamas y ahora es profesora a tiempo completo de Ciencias Sociales en el College of the Bahamas. Escribe en su blog Blogworld y tuitea en @nicobet.

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