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Duras verdades sobre DACA de un inmigrante, activista y abogado

Frailes franciscanos de Holy Name College y la iglesia de San Camilo unieron a miles de defensores de la justicia social, inmigrantes y líderes religiosos en la Corte Suprema para apoyar la iniciativa DAPA/DACA del presidente Obama. Fotografía de Br. Christian Seno, OFM (CC BY 2.0).

El reciente anuncio del gobierno de Trump sobre la política de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), no fue una sorpresa. Tampoco estuvo fuera de lugar en el contexto más amplio de las políticas de inmigración y prácticas de inclusión, tanto en Estados Unidos como en el extranjero.

Para mí, como refugiado y abogado de inmigración, la situación actual ofrece desafíos significativos, pero representa también un punto de inflexión en la situación actual. Sin dudas, es difícil asesorar a un cliente sobre lo que significa el fin de DACA y, la traición que debe sentir. No obstante, es igualmente importante que exijamos más que la continuación de las políticas que simplemente les proporcionaron un documento de identificación que les permitía trabajar. Los abogados se desvivirán por tratar de justificar su conducta o limitar su culpabilidad en legitimar este proceso, mas no hay forma de evitarlo –y hablo como una persona que registró clientes en esa política. Ahora, es el momento de las verdades duras.

Las reflexiones siguientes no tienen la intención de ser fatalistas, tampoco deberían considerarse de ninguna manera que restan importancia a las políticas malintencionadas del gobierno actual. Simplemente son pensamientos que han surgido en mi mente en este momento preciso en la historia.

DACA, que se creó en 2012, nunca fue una ruta para obtener alguna forma significativa de estado para los inmigrantes. Simplemente proporcionó una autorización para trabajar temporalmente y un “estado diferido” para algunos inmigrantes, que podrían ser cancelados en cualquier momento según la discreción del Servicio de inmigración y Ciudadanía de Estados Unidos.

Esta política logró también promocionar una narrativa de “inmigrante bueno vs. inmigrante malo”, que impulsó un aumento de deportaciones sin precedentes realizadas por el gobierno de Obama, mientras proporcionaba un forraje agradable para quienes querían brindarle una oportunidad a los “dreamers” (soñadores) –nombre con el que se conoce a los beneficiarios de DACA. Una oportunidad, es decir, para participar temporalmente en la economía y ser utilizados al final como peones políticos.

Siendo yo un inmigrante, es difícil expresar el aislamiento y la sometimiento que esas etiquetas connotan, sea porque tenga un trasfondo positivo como “dreamers” (soñadores) o, uno profundamente negativo como “wetback” (espaldas mojadas, término ofensivo para referirse a los inmigrantes ilegales provenientes de México). El esfuerzo de humanizar puede ser bastante ofensivo para los objetivos de esos esfuerzos, como cuando a los soñadores les preguntan que hablen de cuánto desean ir a la escuela o trabajar, o básicamente, que confirmen su humanidad para fines políticos.

Todo esto está conectado al sueño americano y a todo lo que esto implica. El subtexto es este: aceptemos a esos pobres niños a nuestros banquetes, al menos por una cuantas horas; pero no se preocupen, aún así sus padres se encargarán de la limpieza.

Lo que se debería de enfatizar, también, es la forma en que el programa fue encargado a las ONG y a los abogados de inmigración, que instaron a sus clientes a salir de las sombras, depositar su confianza en ellos y el Gobierno, para luego brindar su información a cambio de esos supuestos beneficios de inmigración. No dudo de las buenas intenciones de quienes participaron en esas iniciativas, pero un grado de responsabilidad recae en quienes legitimaron esas políticas –las ONG financiadas para difundir la información y los abogados de inmigración, a quienes les pagaron para preparar los casos.

Esas son las preguntas difíciles que todos los que hemos ocupado una posición privilegiada dentro del sistema actual deberíamos preguntarnos, en especial con respecto a la convergencia entre ganancia, financiamiento y la legitimación directa o indirecta y la cosificación de las instituciones, ideas y discursos en cuestión. Esto incluye el desarrollo de ciertos subgrupos considerados dignos de ayuda, humanización y apoyo.

Hoy, la inmigración ha surgido posiblemente como el problema de derechos humanos más importante en el mundo, por lo que las leyes de inmigración en realidad son las únicas leyes internacionales reales y aplicables asentadas. Son las únicas que pueden extenderse más allá de las fronteras de los estados y tener consecuencias reales y prácticas. Identificar y entender qué es lo que está en riesgo debería de conformar nuestras estrategias y nuestras prioridades.

El cambio y el desarrollo dentro de la sociedad estadounidense continúan siendo impulsados por la contradicción y, el problema de la inmigración es un ejemplo educativo. Esto quizá suene cínico, pero se podría argumentar que la prohibición de viajar a los musulmanes y el fin de DACA ha incrementado drásticamente la conciencia del público sobre los detalles y matices del problema de la inmigración y su cruce con la ley y la economía. Esto incluye el conducto de la frontera a la prisión que ha pasado grandemente desapercibido en este país y, el complejo lío entre mano de obra de los presos e inmigración.

Los cambios de paradigma están acompañados frecuentemente por inmensas cantidades de sufrimiento humano. Se necesitó que 30 000 niños cruzaran la frontera de Estados Unidos y fueran colocados en procedimientos de repatriación para que comenzara a surgir los debates sobre si a algunos se les debería prestar asesoría legal o alguna forma de debido proceso en esos procedimientos. La crisis sobre inmigración en Europa es lo mismo.

Por lo tanto, es útil entender que esas crisis y desafíos no son derrotas, sino parte de una lucha dialéctica evolutiva por los derechos humanos. Esto significa comprender el impacto global de esas políticas y enfatizar la necesidad de encontrar soluciones que no nos dividan y que tomen en consideración los privilegios y beneficios que nos hemos rehusado a vincular con la situación actual.

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