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Una democracia feminista para Cataluña

Jóvenes portan carteles formando la palabra “democracia” durante la huelga en protesta contra la represión policial durante referendum por la independencia. Barcelona, 3 de octubre de 2017. Foto de Silva Valle, usada con permiso.

En su reciente pulso por independizarse de España, Cataluña está viviendo uno de los momentos más intensos y decisivos de su historia más reciente. Estos días los debates y análisis inundan los medios de comunicación, las redes sociales, las calles y los salones de las casas en todo el estado español. Más allá de la crispación presente, sectores de la población en todo el país están pidiendo diálogo y calma.

El punto de quiebre fue el pasado domingo 1 de octubre con la celebración de un referendum, (considerado ilegal por el gobierno central de Madrid), en el que se preguntaba: ¿Quiere que Cataluña sea un estado independiente en forma de república? Según el escrutinio oficial en el ejercicio votaron 2.286.217 personas (43% del censo). El ‘sí’ obtuvo 2.044.038 votos (90,2% del voto válido), por 177.547 del ‘no’ (7,8%) y 44.913 en blanco (2%).

La votación fue reprimida violentamente por las fuerzas de seguridad del Estado. Como consecuencia, se organizó una huelga durante el 3 de octubre y manifestaciones en varios puntos de la región.

Para conocer de primera mano cómo se están viviendo los cosas desde el terreno, entrevistamos a una vecina de Barcelona que participó activamente tanto en el referendum como en la huelga. Ella es Silvia Valle, activista y pedagoga, involucrada en diversas luchas de base desde una perspectiva feminista. Silvia nos habla de su experiencia y sus expectativas.

Silvia Valle. Foto cedida por la entrevistada.

Global Voices (GV): El día 1 de octubre fuiste a votar al referendum, ¿cómo viviste la jornada? ¿cuál era el ambiente?

Silvia: Creo que como a mucha gente el sábado noche me costó dormir… nos levantamos el domingo temprano con una mezcla de sensaciones. Los medios están manipulando mucho la información y no sé cómo cree la gente que se han vivido estos días aquí, pero la realidad es que siempre se ha entendido como una fiesta. Hace tiempo que dejó de ser por el sí o por el no y pasó a ser por la democracia.

El censo era electrónico y se podía votar en cualquier centro. A las 9 se presentaron la Policía Nacional y la Guardia Civil en el mío y no llegó ni a abrir. Así que decidí quedarme en el que estaba, en un barrio humilde muy cercano a la montaña, el barrio donde estudié de adolescente. La cola daba la vuelta a la calle, no sé cuánta gente habría… 200 o 300… La gente había dormido ahí, había ido a las 5 de la mañana.

Conforme la jornada avanzó, lo que había comenzado como un día normal de votación pronto cambió.

Silvia: Empiezas a recibir mensajes. Están pegando a gente en otros colegios. Llegan fotos de abuelas sangrando. Han cargado en los dos colegios electorales que te rodean. Sabes que si siguen la ruta, el próximo va a ser el tuyo. La organización coge el micro y va por toda la fila hablándole a la gente: “no necesitamos héroes, habíamos comentado que haríamos resistencia pasiva pero no lo recomendamos”. Están cargando muy fuerte e indiscriminadamente. “Por favor, gente mayor y niños que se vayan a casa. Quién quiera quedarse éstas son las recomendaciones: si vienen no responderemos a preguntas. No seremos violentos. Nos iremos. Tenemos cámaras en el tejado, no hace falta que nos peguen, lo que queremos es que se vea que hemos venido a votar.” Las abuelas dicen que no se van. Los padres mandan a sus criaturas a casa. Más WhatsApps de compañeras: “¿estáis todas bien?” Los bomberos han defendido algunos colegios electorales. Después de las cargas de Sabadell ¡vuelven a votar!. Han usado balas de goma, un chico puede perder un ojo. Y en ese momento, te das cuenta de que llevas 4 horas bajo la lluvia por votar. De que están agrediendo a las abuelas de tu gente, a tus compañeras, a tus profesores, han reventado a mazazos la puerta de tu instituto. Solo quieres que pase rápido, quieres votar. Que nos dejen votar.

GV: El 3 de octubre, dos días después del referendum, se convocó una huelga en toda Cataluña, ¿cuál era el objetivo de la huelga y qué ambiente se respiraba?

Silvia: Hay que entender una cosa, la huelga vino como respuesta a las cargas policiales del domingo 1 de octubre [el día del referendum]. Lo que se pretendía era, una vez más, salir a la calle a expresarse en un ambiente pacifico. No tenía nada que ver con el sí o el no. Esta huelga tenía que ver con reclamar que las calles son nuestras, que creemos en la democracia y que rechazamos la violencia.

Una de las cosas que más se repitió a coro en la manifestación fue: “Als nostres Avis no se'ls pega” (a nuestros abuelos no se les pega). Y la gente lo gritaba emocionada, porque eso es algo que jamás creímos que podríamos ver. Todos conocemos los relatos de nuestros abuelos o abuelas durante el franquismo. Sabemos qué se vivió porque nos lo han contado. Sabemos que les persiguieron, les torturaron, sabemos la represión constante a la que se enfrentaban. Y se nos cae la cara de vergüenza al ver que estamos dejando que eso pase otra vez. Nuestros abuelos y abuelas no se merecen pasar por esto. Se merecen poder mirar atrás y ver que dejan el mundo un poco mejor.

Se vivió con la alegría del que sabe que el mañana será mejor, mezclado con el amargo sentimiento de saber que en realidad, tienes la necesidad de creerlo.

Supongo que en los medios han salido constantemente las imágenes de gente echando a los cuerpos policiales de sus hoteles. Yo ahí solo puedo ver gente valiente, gente que una mañana se levantó y se negó a servirle el desayuno a unos señores que habían ido a dormir a su casa tras hacer sangrar a sus amigos, a sus hermanos o a sus abuelos. 

GV ¿Cómo se integran las luchas en las que estás involucrada con el proceso independentista catalán?

Silvia: En concreto una de las cosas que más me afectan a nivel de lucha son las diferencias entre la ley de violencia de género (VdG) y la ley contra las violencias machistas. La primera estatal, la segunda catalana. Su diferenciación principal es que, hasta ahora, la Ley VdG entiende que solo hay una agresión condenable como violencia de género cuando el agresor es pareja o ex-pareja. La ley contra las violencias machistas es más amplia y contempla (tal como hace la ONU) como agresor a cualquier hombre que agreda a una mujer por el hecho de ser mujer. Sin embargo, tal y como está ahora la ley, Cataluña tiene poderes sobre lo social pero no sobre lo jurídico. Eso implica que podemos reconocer a la víctima como tal y ofrecerle un mayor soporte, pero no podemos condenar al agresor con el agravante de violencia de género. Eso hace que las penas sean menores para los agresores, que no tengamos un estudio real de víctimas a nivel nacional y que la gravedad del feminicidio no se comprenda como lo grave que es.

Pero eso es algo que todo el mundo tiene claro que tiene una fecha límite. Hay otros partidos, muy votados, con una concepción fuerte de la importancia de implementar medidas sociales, controlar la subida de los alquileres o aplicar políticas feministas. Se tiene muy claro que se quiere una república feminista.

GV: ¿Y ahora?

Silvia: Pues bueno, supongo que aplicarán el artículo 155 de la Constitución española (dota al Estado de un mecanismo para controlar a las comunidades autónomas que incumplan las obligaciones impuestas por la Constitución (u otras leyes) o que atenten gravemente contra el interés general de España) y puede que lo perdamos todo. Me daría vergüenza decirle a mis hijos que no lo intentamos. Ellos venían con armas y nosotros escondíamos urnas. Me gustaría seguir pensando que intenté hacer la revolución lo mejor que supe, como diría María Mercè Marçal: “A l’atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona, de classe baixa i nació oprimida. I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel” (al azar le agradezco tres dones: haber nacido mujer, de clase baja y nación oprimida. Y el turbio azul de ser tres veces rebelde). 

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