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Cruzar la frontera sirio-turca: Riesgos a cada hora

Migrantes en Hungría en agosto de 2015. Foto: Gémes Sándor/SzomSzed, Creative Commons BY-SA 3.0 via Wikimedia.

Después de que el régimen de Assad obligó a salir a los habitantes de Guta oriental a ciudades del norte, algunos eligieron quedarse dentro de las fronteras sirias. Pero otros prefirieron cruzar la frontera a Turquía e iniciar una nueva vida lejos de ía guerra, las bombas y la muerte. De estos últimos, algunos planearon seguir avanzando a ciudades de la Unión Europea.

Omar (no es su nombre real) fue uno de los que eligió refugiarse en Turquía. La inestabilidad, falta de seguridad y continua lucha entre facciones opositoras, junto con la falta de oportunidades laborales o posibilidades de seguir estudiando, lo empujaron a tomar esa decisión. A sus 22 años, llegó a Idlib, en el noroeste de Siria entre las masas de desplazados forzados de Guta oriental.

Cerca de dos meses después de haber llegado a Idlib, Omar y un amigo decidieron buscar una ruta hacia Turquía. Consultó con un traficante que habia ayudado a un amigo de Omar a entrar a Turquía unos días antes. El traficante le dijo que fuera a un distrito en Siria llamado Zarzour para negociar los detalles y costos.

Como les indicaron, Omar y su amigo se encontraron con el traficante en el lugar indicado y los tres accedieron a cruzar la frontera turca esa noche. El traficante les pidió que lo esperaran en una casa, pero nunca llegó. Unas horas después, cinco personas llegaron y dijeron que la Gendarmería (autoridades turcas) las habian atrapado y les ordenaron regresar a Siria. Les dijeron que eran parte de un grupo mayor que se había dividido en dos. El grupo más grande, de ocho personas, tuvo suerte y cruzó la frontera sin que lo vieran. Para este grupo más pequeño, era el décimo intento no satisfactorio.

Según la historia que contaron, su viaje había empezado en una camioneta que los llevó a Adduriyah, zona adyacente al muro fronterizo, acompañados de un guía, persona que conoce bien el camino y se comunica con un teléfono móvil con un supervisor. A su vez, el supervisor vigila los movimientos de los efectivos turcos. Al grupo le advirtieron que el camino estaba accidentado y que deberían saltar sobre un muro y caminar por alcantarillados. La travesía fue interrumpida por fuerzas turcas. Tres miembros del grupo decidieron no arriesgar más y se quedaron en Siria.

El traficante llegó al día siguiente. Le pidió a Omar y su amigo que cada uno pagara $450 dólares, el monto que habían indicado a Omar con anticipación. El traficante les dijo que dejaran todo, incluido el equipaje, pues la travesía era dura. Omar se negó al comienzo, pero cedió después de que los otros que habían hecho el viaje le dijeron que los bolsos se vuelven una carga inmensa al cruzar la frontera.

El grupo que partió estaba compuesto por cuatro muchachos y dos mujeres. Subieron una colina hasta el muro a lo largo de la frontera. Tras saltar, el guía les dijo que corrieran sin parar. Tuvieron que jalar a las mujeres, para quienes el esfuerzo fue demasiado. El camino estaba resbaloso por el lodo, lo que complicaba correr pues los pies se les quedaban atasacados en la tierra mojada. Estaba también lleno de espinas e inundado de agua sucia de alcantariila. Justo cuando estaban a punto de cruzar, las mujeres no pudieron aguantar y empezaron a gritar y llorar.

El ruido llamó la atención de los guardias turcos, que llegaron al lugar e hicieron disparos el aire. El guía tradujo lo que los oficiales turcos decían. Los oficiales los llevaron a una instalación militar con una torre de vigilancia, luces muy brillantes y una pista de aterrizaje para helicópteros. Se sentaron en esa pista con otro grupo capturado más temprano.

Un soldado tomó fotos de todos con su teléfono móvil. Se llevaron sus nombres y los tuvieron ahí hasta las 3 a.m. De vez en cuando llegaban otros grupos de sirios capturados por los guardias turcos — hombres y mujeres, jóvenes y viejos.

A las 3 a.m., con un frío terrible, el grupo abordó los buses de vuelta al cruce oficial turco-sirio —amargo recordatorio del un tiempo no muy lejano cuando abordaron los buses que los llevaron a la fuerza de Guta oriental a Idlib.

En el cruce, los transportaron en camionetas otra vez a la casa del traficante, llena de sirios que esperaban para escapar del país. Casi no había espacio para dormir. Los llantos de los niños más los gritos de hombres y mujeres impidieron que Omar y su amigo durmieran.

Al dia siguiente a mediodía, el traficante les dijo que iban a cruzar durante el día. Al acercarse a la zona de frontera otra vez, vieron guardias turcos por toda la frontera. Se negaron rotundamente a intentar cruzar, y entonces el traficante accedió a regresar por la noche.

A las 8 p.m., el traficante los regresó al mismo lugar en la frontera. Esperaron en un huerto de olivos, a 200 metros de la frontera, donde muchos grupos también esperaban para cruzar. El guía fue a revisar la ruta y les dijo que debían esperar — hasta las 5 a.m. Empezaron a surgir problemas en el grupo, y la gente empezó a gritar al desconcertado guía, le pedían que los llevara de vuelta. El guía llamó al traficante y le dijo que el camino no estaba despejado, que había fuerte presencia de guardias turcos y que estaban disparando al aire. Esperaron más de una hora y luego regresaron a la casa del traficante.

La moral de Omar y sus acompañantes se fue en picada. Estaban cansados, apenas habían dormido en tres largas noches. Pero estaban decididos a cruzar la frontera y decidieron probar con otro traficante. Les devolvieron su dinero y se dirigieron a Silkin, a 30 kilómetros de Zarzour, donde esperaron a otro traficante.

Al cabo de un rato, llegó un muchacho de 18 años que se identificó como el traficante. Los llevó a su casa y les explicó el plan de escape. Dijo que el cruce solamente tomaba una hora y que la zona de peligro no tenía más de 200 metros. Si cruzaban ese trecho, lograrían pasar a Turquía. La familia del traficante fue muy acogedora, su madre hasta rezó por ellos. El traficante les cobró $400 a cada uno y, como el anterior traficante, les dijo que no podían llevarse sus pertenencias.

Era el primer día del sagrado mes de Ramadán. Se lavaron e iniciaron su viaje antes de la puesta del sol. El guía llegó y explicó la ruta. Eran cinco personas, divididas en dos grupos. Primero debían cruzar el río Orontes en una pequeña balsa hecha de botellas de plástico unidas y rellenas con bolsas de tela. Esperaron los llamados a rezar de Magreb pues en ese momento, los soldados turcos estarían ocupados con el final del ayuno a punto de comer Iftar, como había indicado el supervisor al guía.

Del otro lado había campos de trigo. El guía los dirigió, se arrastró por el barro y las espinas casi media hora hasta que legaron al asfalto, Corrieron lo más rápido que pudieron el techo de 50 metros entre el camino de asfalto y la montaña. Siguieron corriendo mientras el camino subía por la montaña. Media hora después, el guía les dijo que acababan de cruzar la zona de peligro. Contuvieron el aliento y siguieron su camino hasta la aldea turca. Se refugiaron en una casa segura, donde esperarían que un auto los recogiera al día siguiente.

Se lavaron y durmieron en la casa segura. Al dia siguiente, llegó un turco y les preguntó su destino — dijeron Estambul. Les cobró $200. Los cinco hombres subieron al auto, y 36 hora después, llegaron a su destino final.

Omar ahora está evaluando un plan para ir a Europa. ¿Volverá a arriesgar su vida para buscar una mejor vida que en Siria?

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