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En el Cafe de Monk en Japón, los supervivientes del tsunami tienen café, bizcocho y alguien que les escuche

Taio Kaneta with his signature "Cafe de Monk" truck that he uses for his pop-up cafes. As a Buddhist monk, Kaneta wanted to offer something special to those still reeling from the triple disaster of earthquake, tsunami and nuclear meltdown. Credit: Naomi Gingold. Used with PRI's permission

Taio Kaneta junto al camión de su empresa “Cafe de Monk”, que usa para sus cafeterías improvisadas. Como monje budista, Kaneta quería ofrecer algo especial a aquellos que todavía no se habían recuperado del triple desastre (el tsunami, el terremoto y el accidente nuclear). Foto: Naomi Gingold. Usada con el permiso de PRI.

El presente artículo y reportaje radial de Naomi Gingold para The World se publicó originalmente en PRI.org el 23 de octubre de 2015, y se republica aquí como parte de un acuerdo de intercambio de contenidos. 

Cuando el triple desastre de un tsunami, terremoto y accidente nuclear azotaron Japón en marzo de 2011, la vida de cientos de miles de personas dio un giro.

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Taio Kaneta me cuenta que es casi como si estuvieran en shock. “Perdieron la capacidad de sentir, estaban desprovistos de emociones. Como si sus corazones se hubieran congelado hasta tal punto que no podían ni llorar”.

Kaneta es un monje budista y hoy estamos conduciendo a una de las viviendas temporales instaladas tras el desastre. En Japón, los monjes budistas suelen hacer los funerales y atender a los afligidos. Tras el desastre, ellos y otros religiosos se vieron abrumados, no solo por la cantidad de gente afectada, sino también por cómo atender a las muchas personas que habían perdido tanto.

Kaneta dice que empezó como voluntario dando comida, pero comenzó a pensar que cualquiera podía hacer eso: “¿Qué puedo hacer como monje budista que otros no pueden?”

La respuesta no era sencilla. Kaneta señala que la gente de las áreas sacudidas por el desastre sufrían de formas distintas. Tienen distintos valores y religiones, y muchos japoneses son laicos, casi recelosos de todo lo que suena a religión.

Así que pensó: “Tienes que improvisar, como en el jazz. La base de lo que hacemos no cambia. Pero tienes que bailar siguiendo el ritmo”.

Kaneta, que también es músico, dice que quería crear un lugar donde las emociones de la gente pudieran comenzar a descongelarse. Así es como el carismático monje empezó a viajar por la zona, creando una cafetería portátil e improvisada que llamó “Café de Monk”.

El nombre tiene un triple significado.

Para empezar, Kaneta es monje. Pero la palabra ‘monku’ en japonés significa ‘quejarse’.

“Es como decir: desahóguese con los monjes. Compartiremos su carga”, asegura. Y además toca la música de Thelonius Monk.

At Cafe de Monk, coffee, cake, and a sympathetic ear. Credit: Naomi Gingold. Used with PRI's permission

En Cafe de Monk, café, bizcocho y un oído comprensivo. Foto: Naomi Gingold. Usada con el permiso de PRI.

Hoy, el Café de Monk se ha instalado en la vivienda temporal de Yokoyama en la prefectura de Miyagi. Otros tres monjes jóvenes se han unido; a veces también vienen practicantes de otras religiones y creencias. Es informal, pero hay algunas reglas básicas.

Por un lado, la religión no está sobre el tapete. Kaneta opina que no están ahí para predicar.

“Al contrario, nuestro trabajo es escuchar”, afirma. “Extraemos su sufrimiento, tristeza, felicidad. Escuchamos de verdad”.

Esta clase de atención y cuidado de sus emociones e historias es el primer paso necesario para que sean capaces de mantenerse en pie otra vez.

Los que acuden a la cafetería comen bizcocho y beben café. Hay terapia artística y masajes. Enhebran cuentas para hacer pulseras, que son técnicamente rosarios budistas, pero nadie lo menciona ni parece importarle.

En muchos sentidos, parece incluso demasiado corriente: salir, beber café. Y esa es la idea. Faltaba esta sensación de normalidad en sus vidas.

La mayoría de los residentes de la vivienda temporal instalada en Yokoyama vienen de Minami-Sanriku, un pueblo en la costa este de Japón, que fue destruido en gran parte por el tsunami.

Aquí, el paisaje montañoso es precioso, pero la vida en estas viviendas temporales no es fácil. Nunca se concibieron como viviendas a largo plazo: no retienen bien el calor o el frío, se puede oír casi cualquier ruido del vecino, y la gente se halla en un limbo, intentando averiguar cómo seguir adelante con sus vidas.

Al final del día, Kaneta visita la casa de una de las visitantes de la cafetería, Eiko Oyama, para hablar y rezar en el altar budista que Oyama creó para su nieta de 2 años, que falleció a causa de una repentina fiebre tras venir aquí a vivir.

Oyama dice que a veces se reúnen en la sala comunitaria, pero que Café de Monk es completamente diferente.

“Cuando montan el Café de Monk, viene mucha gente. Podemos abrir nuestros corazones a los demás. Y los monjes son muy buenos escuchando”.

Levi McLaughlin, profesor asistente en la Universidad Estatal de Carolina del Norte y que estudia el budismo en Japón, señala que la cafetería no carga con el estigma que podría tener la terapia o ayuda gubernamental.

Y aunque no es un evento religioso, Kaneta declara que la cafetería “se basa en las habilidades profesionales [de los monjes] como practicantes religiosos para atender a los fallecidos y ofrecer conmemoraciones y otros servicios… que un terapeuta no podría llevar a cabo”.

Mientras se entreteje en temas budistas de bajo perfil, McLaughlin sostiene que Kaneta y otros cruzan libremente las fronteras entre sectas y religiones con el fin de hacer lo necesario para ayudar a la gente.

En el camino de regreso a su templo de Yokoyama, pregunto a Kaneta si alguna vez se cansa. Ha estado encargándose de las cafeterías de toda la región casi cada semana durante los últimos cuatro años.

Se ríe y contesta: “Claro que me canso. Pero no se puede hacer nada al respecto”.

A veces, dice, está totalmente agotado, tanto física como emocionalmente.

De hecho, hace un año no estaba seguro de si podría continuar. Pero empezó a ir a más aguas termales para relajarse y, cuando tiene tiempo, toca la guitarra por la ciudad, jazz o canciones de los Beatles.

Me cuenta que tiene una grabación reciente en la parte trasera del vehículo y, cuando llegamos al templo, me da un CD:

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