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Cambio climático reclama los bosques de álamos —y la historia de inmigrantes vascos en Estados Unidos

Inscripción em vasco en un árbol hallada en las afueras de Boise, Idaho. Los investigadores están haciendo una lista de la experiencia de experiencia inmigrante estadounidense, que pastores de ovejas grabaron en árboles entre 1890 y 1980, pero es una carrera contra el reloj. Foto cortesía de la base de datos de inscripciones en árboles de la Universidad Estatal de Boise.

Este artículo de Ryan Schuessler apareció originalmente en PRI.org el 13 de septiembre de 2017. Se vuelve a publicar aquí como parte de una asociación entre PRI y Global Voices.

John Bieter no conoció a su abuelo, inmigrante vasco de España que ya había muerto cuando nació su nieto en Idaho, al noroeste de Estados Unidos.

Pero Bieter encontró una manera de conectarse con el mundo por donde su abuelo caminó: nombres, fotos y mensajes tallados en los bosques de álamos que cubren las montañas alrededor de Boise, capital de Idaho, donde hay inscripciones talladas por los pastores de ovejas vascos de tiempos pasados.

Para un excursionista, las inscripciones probablemente parezcan ser solamente eso. Pero para Bieter y otros vascos en Estados Unidos, representan algo más. Los vascos, naturales de lo que ahora son las márgenes del Atlántico de España y Francia, forman un grupo étnico cuyos orígenes e idioma son tan antiguos que nadie sabe de dónde vienen. Fueron perseguidos en su tierra natal, por lo que muchos vascos empezaron a inmigrar a Estados Unidos a finales del siglo XIX, y muchos encontraron trabajo como pastores de ovejas en el oeste.

En sus solitarios días en las montañas, esos hombres dejaron pequeñas piezas talladas en las cortezas de los bosques de álamos. Como petrogrlifos, pero tallados en árboles: “arboglifos”. No son solamente vandalismo o las marcas de hombres aburridos, sino un registro de la conciencia de los primeros vascos estadounidenses —personal, íntima, la angustia que sintieron los antepasados de uno de los grupos más conocidos del Lejano Oeste, que pasaron por trabajo duro mientras forjaban una nueva vida para ellos y sus familias, lejos de la persecución de la España fascista. En el siglo XX, miles inmigraron con contratos con la Asociación de la Cordillera Occidental, grupo de ganaderos que estableció una oficina en Bilbao, España.

“[Los arboglifos] empezaron a ofrecer diferentes vistazos de quiénes eran, qué pensaban y qué pensaban unos de otros”, dice Bieter, también profesor de historia en la Universidad Estatal de Boise, que ha hecho un listado de los arboglifos vascos alrededor de Idaho. “Se necesita hacer algo extenso para documentarlos”.

Pero el tiempo para documentarlos se agota. El hecho de que los pastores vascos tallaran en árboles (y no en rocas) siempre supuso que los arboglifos no serían permanentes. No solamente los árboles cicatrizan con el tiempo, sino que todo lo que puede dañar un árbol —enfermedades, pestes, incendios como los que caen ahora en el oeste— pone en peligro a los arboglifos existentes. Los arboglifos vascos más antiguos ya se han perdido. Encontrar y documentar los que quedan, antes de que desaparezcan, siempre ha sido una carrera contra el reloj.

Ahora, el cambio climático hace que el reloj avance más rápido.

“Estamos empezando a ver lo que creemos es el inicio de otra ola de mortalidad”, dice Bill Anderegg, biólogo de la Universidad de Utah que estudia la repentina disminución de álamos, o SAD por su nombre en inglés. “Realmente parece que las altas temperaturas causadas por el cambio climático están llevando a estos árboles al límite”.

Anderegg fue uno de los científicos que documentaron un masivo SAD que llegó a la cima en 2008, cuando los bosques de álamos en todo el oeste y el centro de América del Norte sucumbió a la sequía será cada vez más común mientras el clima del planeta continúe cambiando. Está volviendo a ver los síntomas familiares en el estado de Colorado: pérdida repentina del follaje de los árboles en apenas un año.

“Fue impresionante verlo”, dice Anderegg. Un bosque de álamos puede morir entre dos y cinco años después de esos primeros síntomas. “Diría que la amenaza aumenta para los álamos en el oeste, y que las principales razones es que estamos haciendo relativamente poco para parar el cambio climático”.

Joxe Mallea-Olatxe, que escribió un libro sobre arboglifos vascos y ha documentado miles, dice que ha notado que el álamo disminuye. “Lo he visto en cada bosque que he visitado recientemente”, escribió en un correo electrónico.

Un estudio (PDF) predijo que cerca de la mitad de la actual cantidad de álamos se perderá debido al cambio climático para 2060. Y cuando esos árboles mueran, se llevarán a los arboglifos vascos existentes.

A la izquierda, un arboglifo registrado en la base de datos de arboglifos. A la derecha, una nota en la base de datos sobre su contenido. Foto cortesía de la base de datos de arboglifos de la Universidad Estatal de Boise.

La mayoría de las inscripciones son nombres y fechas. Si un pastor regresaba al mismo lugar cada temporada, su asimilación a la cultura estadounidense podría estar documentada. “Lorenxo” pasó a ser “Lawrence”, o cambiaban la manera de escribir la fecha, del estilo europeo (primero el día y luego el mes) del estilo estadounidense (primero el mes y luego el día).

Bieter ha visto inscripciones de iglesias, graneros o aldeas específicas que estos pastores dejaron en Europa. Ha visto el escudo del club de fútbol de Bilbao, y también mensajes políticos de apoyo a Euskadi Ta Askatasuna (ETA), el grupo separatista vasco responsable de atentados con bomba en España y Francia a mediados del siglo XX. Ha encontrado pornografía tallada en estos remotos bosques de álamos, también tallas que datan de 1890 hasta la década de 1980.

Las inscripciones de los árboles no es una tradición que practiquen los vascos de Europa, dice Bieter. Es algo que surgió en el oeste de Estados Unidos.

“Es un vistazo a toda la experiencia inmigrante, que es medular para toda la experiencia estadounidense”, dice Bieter, que vio un arbogrifo vasco por primera vez hace unos diez años cuando hacía una excursión con un pastor retirado. “Me ayuda a tener una idea de [mi abuelo], de cómo era su vida. Él es la razón por la que estoy en Boise, Idaho”.

La propia cultura vasca no está en peligro de desaparecer en Estados Unidos. Boise alberga un barrio llamado Basque Block (Bloque Vasco) y es centro de un intento de revitalizar el idioma vasco. La Universidad Estatal de Boise es una de muchas en la región que tiene programas de estudios vascos. La historia vasca estadounidense se celebra orgullosamente con frecuencia.

Pero son los mensajes, ideas y recuerdos que los primera vascos en Estados Unidos dejaron en la corteza blanca y fina como el papel de los álamos lo que está desapareciendo rápidamente, y se lleva las historias e ideas de quienes forjaron una nueva vida en el oeste. Entre los arboglifos que Bieter encontró había un mensaje que describe la vida solitaria y dura de un pastor de ovejas contratado para trabajar en la frontera: “Somos los nuevos esclavos en Estados Unidos”.

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