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Cómo los líderes sauditas utilizan la religión para consolidar su poder y silenciar voces críticas

La Gran Mezquita de La Meca, considerada la ciudad más santa del islam. Foto de Basil D Soufi en Wikimedia [CC BY-SA 3.0].

El asesinato de Jamal Khashoggi, periodista saudita columnista del Washington Post, en octubre de 2018 en el consulado saudita en Estambul arrojó una oscura sombra sobre el ejercicio de la libertad de expresión de los periodistas de Arabia Saudita y la región árabe.

La falta de una reacción política también conmocionó a las instituciones y voces más poderosas del Islam.

Después de que se revelaran las circunstancias de la desaparición y muerte de Khashoggi, numerosos líderes del mundo acusaron abiertamente al príncipe heredero saudita, Mohamed bin Salmán, de ordenar el asesinato del periodista. En lo que parecía una respuesta a estas acusaciones, el imán de la Gran Mezquita de La Meca pronunció un sermón el viernes 19 de octubre en el que exaltaba a bin Salmán, que gobierna de facto del país.

En su discurso, previamente aprobado por las autoridades sauditas, el jeque Abdul Rahman Al-Sudais alabó las “reformas modernizadoras” de bin Salmán y denunció los ataques contra “estas benditas tierras”. Llegó a la conclusión de que “es el deber solemne de todos los musulmanes apoyar y obedecer al rey y al fiel príncipe heredero, protectores y guardianes de los lugares sagrados y del islam”.

Como respuesta, en una columna de opinión publicada por el New York Times, Khaled M. Abou El Fadl, profesor de leyes de la UCLA, dijo que el sermón había “profanado y manchado” la tribuna del profeta.

“Al utilizar la Gran Mezquita para lavar la cara a actos de despotismo y opresión, el príncipe Mohamed ha puesto en cuestión la legitimidad del control y custodia saudita de los lugares sagrados de La Meca y Medina”, escribió.

La larga experiencia de Arabia Saudita de mezclar política y religión

Su teocrático sistema de gobierno, que combina religión y política, no es excepcional en el reino. Ciertamente, los líderes sauditas llevan mucho tiempo utilizando la religión como herramienta de poder político, desde la fundación del país.

En Arabia Saudita están las dos ciudades más santas del islam, La Meca y Medina.

Cada año, millones de musulmanes de todo el mundo viajan a La Meca a cumplir con el Hajj, la peregrinación, uno de los cinco pilares del islam. Esto ha hecho que el Gobierno saudita se arrogue una forma especial de legitimidad religiosa en el islam. El reino ha explotado esta legitimidad para aumentar y mantener su poder político.

Cuando se estableció el primer Estado saudita en 1744, Mohamed ibn Saud, emir de la pequeña ciudad oasis de Diriya, hizo un pacto con el teólogo y líder religioso Mohamed ibn Abd al-Wahhab. Al-Wahhab inició un movimiento religioso ultraconservador (hoy conocido como wahabismo) basado en una austera interpretación del Corán y de las tradiciones proféticas.

Fanack, sitio web de análisis y medio independiente dedicado a la región del Medio Oriente y Norte de África, explica que la unión se hizo con la intención de “crear un reino islámico gobernado por una interpretación estricta del islam”.

Este primer estado saudita fracasó décadas después, y en 1824 se estableció un segundo estado que también desapareció en 1891. En 1924 y 1925, la familia ibn Saud invadió La Meca y Medina, las dos ciudades santas del islam, con la ayuda de guerreros wahabíes. En 1932 se fundó el reino de Arabia Saudita, y desde entonces, los gobernantes de este país han puesto la religión al servicio de sus intereses políticos.

Se silencian las voces que cuestionan el discurso religioso oficial

En la actualidad, la historia del reino es lo primero que tienen en cuenta muchos sauditas que luchan con niveles crecientes de represión bajo el liderazgo de Mohamed bin Salmán. Se contrata a clérigos para etiquetar como “enemigos del islam” a quienes denuncian violaciones de sus derechos o piden reformas, y las autoridades estatales siguen desplegando un discurso religioso al servicio de los intereses políticos de los gobernantes.

En enero de 2019, Abdulatif bin Abdulaziz al Seij, ministro saudita de Asuntos Islámicos, condenó las revueltas de 2011 y 2012, las describió como “venenosas y destructivas para los humanos árabes y musulmanes”.

En una referencia implícita a las críticas dirigidas al reino tras el asesinato de Khashoggi, el ministro denunció lo que describió como “injustos ataques de los enemigos del islam”, y acusó a los musulmanes críticos con el país y sus políticas de “difundir la sedición, provocar la discordia e incitar a rebelarse contra sus gobernantes y líderes”.

Incidiendo en el vínculo entre el wahabismo y la opresión política, Yahya Assiri, activista saudita de derechos humanos exiliado en Londres, publicó este tuit el 13 de enero:

La opresión es un sistema amplio, y en nuestro país la religión lo hace posible. Cuando ibn Saud e ibn Abd al Wahhab se aliaron, Arabia Saudita y el wahabismo crecieron como dos gemelos perversos. Nuestro país no sobrevivirá a menos que nos deshagamos de la opresión saudita wahabí. Mientras nosotros decimos esto, otros, con buena intención, dicen que el wahabismo es un movimiento religioso, pero es puramente político.

Pero en Arabia Saudita, las voces de gente como Assiri se silencian.

Otra de estas voces es la de Abdalá al Hamid, uno de los fundadores de la ya disuelta Asociación Saudita de Derechos Políticos y Civiles (ACPRA), que actualmente se encuentra en prisión.

Al Hamid cumple una condena de 11 años de prisión por sus actividades a favor de los derechos humanos, convicto, entre otras cosas, de “quebrantar la lealtad y desobedecer al gobernante”, e “incitar al desorden con manifestaciones”. Fue condenado en 2013 por el infame Tribunal Criminal Especializado, establecido para juzgar casos relacionados con el terrorismo, pero utilizado a menudo para perseguir a activistas por los derechos humanos.

Grupos defensores de derechos informan que al Hamid comenzó una huelga de hambre el 17 de febrero. En una declaración atribuida a él, y publicada por la plataforma de derechos humanos MBS MeToo, al Hamid anunció que exige la liberación de prisioneros políticos y activistas de derechos humanos encarcelados.

Abdalá al Hamid. Foto de su cuenta en Goodreads.

Además de ser activista de derechos humanos, al Hamid es poeta e intelectual. En sus escritos ha utilizado tradiciones y textos islámicos para pedir reformas democráticas, reivindicar los derechos humanos y criticar las instituciones religiosas que facilitan la represión en Arabia Saudita, como el Consejo Superior de Ulemas, el más alto organismo asesor del rey en temas religiosos.

Hamid ha acusado al Consejo de apoyar a “quienes roban el dinero del pueblo, su dignidad y su libertad”, de “infligir daño a la ciudadanía, la pluralidad, la tolerancia” y “fomentar la violencia y el extremismo”.

También defiende un “discurso religioso moderno que acepta un papel consultivo” y se opone a lo que describe como el “discurso religioso común” en el reino que “llama a la oración tras un imán injusto (…) aunque haya violado nuestra propia libertad, justicia e igualdad”.

Represión de clérigos independientes

A la vez que silencian a quienes cuestionan el discurso oficial, las autoridades de Arabia Saudita también toman represalias contra los clérigos que no muestran suficiente apoyo a las políticas y acciones del príncipe heredero.

Los clérigos Sheikh Salman al Awda, Ali al Omari y Sheikh Awad al Qarni fueron arrestados en septiembre de 2017 bajo distintas acusaciones, como supuestos vínculos con la Hermandad Musulmana. Los grupos defensores de derechos dicen que las detenciones se deben a que los religiosos no han expresado claramente su apoyo a la ruptura de los lazos económicos y diplomáticos de Arabia Saudita y sus aliados con Catar. Los tres se enfrentan a la pena de muerte.

A los 62 años, Sheikh Salman al Awda es un destacado clérigo con muhchísimos seguidores en los medios sociales, no solo de Arabia Saudita, sino de toda la región árabe. La suma de sus seguidores en Instagram, Facebook, Twitter y YouTube supera los 22 millones. Al Awda ya había expresado su apoyo a los levantamientos árabes de 2011 y había pedido reformas democráticas en el reino y la región.

Amnistía Internacional y otros grupos de derechos humanos vinculan su arresto a un tuit publicado el 8 de septiembre, en el que contestaba a informaciones sobre una potencial reconciliación entre estos países. En una segunda parte de este tuit, escribió: “Que Dios armonice en sus corazones lo que es bueno para sus pueblos”.

Alí al Omari es un intelectual religioso, presidente de 4Shbab, canal de televisión islámico para jóvenes. A diferencia de los otros, Omari no se ha pronunciado en temas políticos del país. En una ocasión, incluso tuiteó su apoyo a los líderes del reino, y publicó un tuit en el que oraba por el éxito de bin Salmán cuando fue nombrado príncipe heredero en junio de 2017.

Sheikh Awad al Qarni se enfrenta a numerosas acusaciones, como calumnias al reino, sus políticas y sistemas, y supuesto apoyo a la Hermandad Musulmana, organización ilegal en Arabia Saudita.

Actualmente, en Arabia Saudita hay otros clérigos encarcelados. Algunos han pedido reformas democráticas en el reino, como al Awda, otros se han pronunciado contra las políticas o reformas sociales de Salmán. Otros, como al Omari, habían expresado antes su apoyo a los gobernantes sauditas y al príncipe heredero.

Lo que confirman estos casos es que bajo el mandato de facto de bin Salmán, el silencio ya no es suficiente. Además del mandato de aniquilar las voces “independientes” —la de cualquiera que no escriba al servicio del liderazgo o la agenda política del reino—, los clérigos deben ir más allá y alabar explícitamente al príncipe heredero y a las autoridades sauditas.

Las opiniones e ideologías de los prisioneros de conciencia que se encuentran actualmente encarcelados varían, incluidos los defensores de los derechos de la mujer, de derechos humanos, manifestantes chiítas y clérigos. Pero bajo el reinado de facto de bin Salmán, todos están expuestos a injusticias cometidas por las autoridades sauditas, como detenciones arbitrarias, aislamiento en prisión, tortura y desapariciones forzadas. Para legitimizar y lavar la cara a estos actos de opresión, los gobernantes sauditas nunca han dudado en utilizar la religión como cubierta.

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