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Estos son los activistas uzbekos que usan aplicaciones para conectar a hombres homosexuales con análisis y tratamientos para el VIH

Imagen (c) de Inge Snip, usada con autorización

Dima* toma un sorbo de cerveza y se le llenan los ojos de lágrimas. Rara vez habla de por qué decidió dejar temporalmente el activismo. Recuerda que era un día lluvioso de 2017, de esos días en que los habitantes de la soleada Taskent, capital de Uzbekistán, prefieren quedarse en casa.

Había planeado visitar una clínica local de enfermedades infecciosas con un hombre con el que había mantenido contacto. Ese hombre, un conocido músico uzbeko, llevaba tiempo sintiéndose mal, y Dima le había prometido apoyarlo cuando se hiciera su primera prueba de VIH. Eso era parte de su activismo. Había estado utilizando aplicaciones de citas para ofrecer apoyo y consejo a otros hombres homosexuales de Uzbekistán que sospechaban estar infectados de VIH, camino de miedo y desesperanza por el que él mismo había pasado varios años antes.

Pero en ese día lluvioso en concreto, decidió quedarse en casa y posponer la reunión. “Un día de retraso —pensó— no cambiará nada”. Dima telefoneó al músico a la mañana siguiente. Pero él ya no estaba para contestar a la llamada.

“Sé que aunque nos hubiéramos reunido ese día, es muy probable que hubiera muerto. Estaba muy enfermo”, dice Dima, mirando su cerveza. “Pero no puedo seguir haciendo esto, no tengo fuerzas. Simplemente, llegué a mi límite”.

Pidió que lo mantuviéramos en el anonimato en este artículo por miedo a las represalias. Es uno de los pocos activistas de Uzbekistán que animan a los hombres homosexuales a hacerse análisis de VIH y los apoyan durante el proceso.

Incluso antes de que existieran las reglas de distanciamiento social del COVID-19 —cuenta Dima—, los gais uzbekos no formaban comunidades públicas ni organizadas. No tienen clubs gais donde puedan refugiarse ni se reúnen en grupos grandes en lugares públicos.

“Pocos quieren vivir abiertamente” dice Shukhrat*, otro homosexual que creció en la conservadora ciudad de Kokan, y hoy es un empresario radicado en Taskent. “Vivimos en una ‘dictadura de la sociedad'”, me dijo.

Artículo 120: la ley contra los homosexuales

Uzbekistán es uno de los dos países postsoviéticos (el otro es Turkmenistán) donde los actos homosexuales masculinos siguen siendo ilegales (sin embargo, las relaciones lésbicas son legales). Si los detienen, los gais enfrentan penas de hasta tres años de cárcel a causa del infame artículo 120. Aunque en la práctica esta ley se usa muy raramente, los activistas insisten en que la criminalización contribuye a la estigmatización de los homosexuales.

Desde que el actual presidente, Shavkat Mirziyoyev, llegó al poder en 2016, Uzbekistán ha sido objeto de elogios por sus reformas progresistas, como liberar a más de 50 prisioneros políticos de perfil alto y permitir que los ciudadanos critiquen abiertamente al Gobierno.

Pero a la comunidad gay no se le ha dado libertad. En 2018, funcionarios uzbekos aceptaron numerosas recomendaciones de Naciones Unidas para mejorar el registro de derechos humanos del país, incluida la erradicación del uso de la tortura. No obstante, la ley contra los homosexuales siguió intacta. Además, las actitudes hostiles hacia los homosexuales están muy extendidas en la sociedad uzbeka, en ocasiones con consecuencias brutales. En septiembre de 2019, Shokir Shavkatov, gay de 25 años, fue asesinado en su apartamento días después de que declarara su homosexualidad en Instagram.

Según ONUSIDA, el número de uzbekos que viven con el VIH se incrementa año tras año, y aunque no hay datos específicos de su prevalencia entre la población LGBT del país, los hombres que mantienen relaciones sexuales con otros hombres son un importante grupo de pacientes en todo el mundo. Los defensores uzbekos de derechos dicen que muchos gais, sobre todo en ciudades pequeñas del país, se niegan a hacerse análisis regulares del VIH por temor a que los profesionales médicos descubran y revelen su identidad sexual o su situación médica a sus empleadores o a sus familias. Muchas personas también desconocen cómo se transmite el VIH. No existe educación sexual obligatoria en las escuelas. En 2010, el activista Maxim Popov fue condenado a siete años de prisión (y después liberado) por dar a conocer sobre el VIH, lo que se considera irrespetuoso hacia la cultura nacional.

Las medidas de emergencia por el COVID-19, que incluyen confinamiento total en las principales ciudades, han dificultado el acceso a los centros de VIH, y por tanto, a los análisis, sobre todo fuera de la capital.

Aplicaciones para proporcionar apoyo y consejo sobre el VIH

Irina* conoce bien estas dificultades. Estuvo apoyando a pacientes de VIH como trabajadora social entre 2011 y 2018, cuando terminó el proyecto y se quedó sin trabajo. Pero no pudo abandonar su labor. “El salario se acabó, el trabajo se acabó, pero la gente siguió allí. No los puedes tirar como si fueran basura”, dice.

“Sé lo que hay que hacer cuando una persona recurre a mí. Los doctores le dan un diagnóstico, le dicen ‘tienes VIH’, y después lo dejan en la oficina, a solas conmigo. Suele haber cuatro reacciones: lágrimas, histeria, desmayos y risas forzadas. Le dicen que es positivo, se sienta y ríe. Ese es el peor momento”.

Y por eso, Irina registró un perfil con un pseudónimo masculino en plataformas de citas gais, y escribió en su descripción que proporciona apoyo y consejo sobre el VIH.

“Me conocen con el nombre de Nikita”, dice. “Mucha gente me escribe, y yo les envío a sitios donde pueden hacerse análisis de VIH, y si necesitan más ayuda, los apoyo hasta donde puedo. Si alguien tiene un amigo que necesita ayuda, lo traen a mí”.

Irina también creó un canal con otros activistas en Telegram, una de las aplicaciones más populares en Uzbekistán, para que la gente encuentre más información sobre prevención y tratamiento del VIH.

En este canal, Irina proporciona consejos de cómo acceder a la medicación para el VIH. Hasta mediados de 2021, ese tratamiento será gratis, actualmente financiado por Global Fund y el Gobierno uzbeko. No está claro si los pacientes seguirán teniendo acceso a tratamiento gratuito después.

Irina también es activa fuera de línea, y trabaja como voluntaria en clínicas para asegurarse que los profesionales médicos traten a los pacientes seriamente y les proporcionen la información necesaria.

Según Irina, aunque no es ilegal tratar a gais en Uzbekistán y los doctores deben proteger la identidad de sus pacientes, a menudo la homofobia influye en la respuesta de los profesionales.

Así describe lo que le pasó a un joven: “Fue a una clínica a hacerse un análisis anónimamente y dejó su número de teléfono. Poco después, llamó una enfermera y dijo que si no se presentaba ese mismo día, tendría que llamar a la Policía. Quedó horrorizado. Primero, porque fue así como se enteró de su situación. Segundo, por la actitud de la enfermera”.

El joven no dijo nada a su familia, añade. “Conseguí registrarlo y recibió tratamiento. Pero de alguna forma, sus familiares se enteraron y dijeron que había que llevarlo a la mezquita, porque tenía un ‘shaitan’ [demonio] en su interior. Con frecuencia, la homosexualidad se trata en las mezquitas”.

“¿Voy a sobrevivir a esto?”

Algunas familias están más dispuestas a aceptarlo. Dima vive con su novio, y dice que los padres de ambos aceptan la relación. También reveló su identidad sexual en el trabajo, pero dice que para muchos uzbekos gais, sobre todo los que viven fuera de la capital, vivir su homosexualidad abiertamente no es una opción.

En este contexto, argumenta, “cualquier cambio debe empezar desde abajo”. Con este fin, tanto Irina como Dima siguen con su activismo oculto. Para Dima, esto significa ahora apoyar a los hombres gais que ya conoce en su comunidad. Irina sigue activa en línea.

Pero ambos activistas concluyen que sin apoyo de las autoridades públicas, una campaña nacional de información sobre el VIH, educación sexual en la escuela y la descriminalización de la homosexualidad, su trabajo y su impacto seguirán siendo limitados.

También será difícil de sobrellevar. “Lo enfrentas a diario. La persona te mira. Ya solo pesa 40 kg, sus nódulos linfáticos son enormes, su temperatura está justo por debajo de 40°C, la diarrea no para, y te pregunta: ‘¿Voy a sobrevivir a esto?'”, cuenta Irina. “Por supuesto que sí”, respondo yo, pero ni yo misma lo sé con seguridad”.

*Se han cambiado los nombres.

Este artículo se publicó originalmente en 50:50, sección sobre derechos LGBTQ+ y feminismo de openDemocracy. Se publica aquí con autorización y se ha editado para adaptar el estilo.

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