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Vivir como votio, etnia rusa en vías de desaparecer

Fotografía de Yury Goldenshtein, usada con permiso.

La comunidad de votios más grande del mundo, integrada por unas cuantas docenas de personas, vive a dos horas fuera de San Petersburgo. Dentro de esta comunidad, que está en camino de desaparecer, existen muy pocos votios que aún pueden hablar su lengua nativa con fluidez. La periodista Victoria Vziatysheva y el fotógrafo Yury Goldenshtein, ambos colaboradores del sitio web ruso “Bumaga“, realizaron recientemente una visita a uno de esos pueblos cercanos al Golfo de Finlandia y hablaron con algunos de los últimos descendientes de los votios.

El pueblo de Luzhitsy está ubicado aproximadamente a 160 km al oeste de San Petersburgo. Cuando llegamos allí, había varios automóviles estacionados afuera de la única tienda del pueblo. Alrededor de 20 casas de madera bordean la calle principal, incluyendo una que llama la atención por tener una terraza amplia y pared de piedra. Este es el Museo de la Cultura Votia –el único en Rusia.

Una mujer rubia sale de un vehículo, camina hacia la entrada del museo y abre la puerta. Está cubierta con un abrigo de invierno, nos conduce a una habitación fría y toma de una canasta varios pasteles y una jarra de avena.

Se llama Marina Ilyina, es la curadora del museo y es votia. Recibió su educación en San Petersburgo, pero regresó posteriormente a Luzhitsy, donde afirma que ha convertido salvar la cultura votia de su extinción en su misión.

“Solo quedan ochos hablantes nativos de votio. Cada uno vale su peso en oro”, explica, mientras nos da un recorrido por el museo, construido hace un par de años  y diseñado según las tradiciones de construcción votias.

Fotografía de Yury Goldenshtein, usada con permiso.

Según los datos del censo más reciente, existen solo 64 votios en Rusia, y algunos más viven en Estonia. El problema con esos números es que solo muestran cuántas personas se autoidentifican como votios, cuando se les pregunta sobre su nacionalidad. Se desconoce cuántos votios (incluyendo a los de raza pura) se consideran como “rusos” o no fueron tomados en cuenta en el censo por completo.

La población de Luzhitsy alcanzó su punto máximo a principios de la década de 1940, cuando sus números aumentaron a casi 550 personas. En la actualidad, el pueblo alberga a 35-40 residentes permanentes, con algunos visitantes adicionales que se quedan durante el verano.

Nina Vittong nació en Luzhitsy después de la Segunda Guerra Mundial, en 1947. Vivió su niñez aquí. “En aquel entonces, este era un pueblo grande. Todos tenían una casa con un jardín y ganado. Había mucha gente joven también. Organizaban bailes y se exhibían películas dos veces al mes”, Nina comenta.

Al igual que otras etnias locales (como los vespianos, izorianos y los ingrios fineses), los votios lucharon por sobrevivir durante el comunismo. En la década de 1930, el Estado soviético prohibió las lenguas fino-bálticas de esos grupos étnicos. A pesar de que las personas de mayor edad continuaron hablando votio para comunicarse entre sí, la mayoría de los padres comenzó a criar a sus hijos exclusivamente en ruso, para evitar la represión por parte de la policía.

No obstante, los niños crecieron escuchando votio, y muchos adquirieron un entendimiento pasivo. En la actualidad, los votios que recuerdan el idioma de su niñez pueden entenderlo fácilmente, aunque duden al hablarlo en voz alta. “Escucho las palabras, pero a veces es difícil reproducirlas. Cuando las pronuncio, suenan diferente”, Nina afirma.

El votio siempre ha sido una lengua principalmente hablada, y fue en los últimos cien años que adquirió un sistema de escritura, cuando Dmitri Tsvetkov, lingüista de votio, utilizó un alfabeto cirílico modificado. El alfabeto votio actual, que utiliza caracteres latinos, apenas tiene 13 años de existencia.

Hoy en día, las ancianas provenientes de los pueblos votios aledaños llegan a Luzhitsy para estudiar el idioma. Esas lecciones usualmente se imparten en el museo.

Museo de la Cultura votia. Fotografía de Yury Goldenshtein, usada con permiso.

Nikita Dyachkov, el profesor que imparte la clase, es más joven que sus estudiantes. Tiene raíces izorianas, y por puro interés personal aprendió votio. Ahora tiene fluidez y conocimiento de la gramática del idioma –algo que la mayoría de votios de la zona nunca aprendieron.

“Te olvidas de ciertas palabras, y ni siquiera tienes a alguien a quien preguntar”, afirma Taisia Mikhaylova, otra mujer que ha vivido en Luzhitsy gran parte de su vida.

Lamentablemente, hablar una lengua prohibida no fue la mayor adversidad que enfrentaron los votios en la URSS. En 1943, los habitantes de todos los pueblos votios e izorianos fueron deportados a Finlandia y sometidos a trabajo forzado. Un año después, les permitieron regresar a la Unión Soviética, pero no a sus pueblos natales. En cambio, se asentaron en otras regiones de Rusia.

Zina Savelieva tenía aproximadamente cuatro años de edad cuando su familia fue deportada. Ella y sus familiares recién regresaron a casa en 1954. Encima después de todo, su familia y varias otras fueron obligadas a dejar el pueblo nuevamente, tras ser catalogados como “ciudadanos no confiables” por hablar votio. Por lo tanto, la familia de Zina se reubicó en Estonia durante los ocho años siguientes.

“Nos recibieron como amigos [en Estonia] –quizá porque nuestros idiomas son similares o por alguna otra razón”, Zina indica en voz baja. Ahora es una anciana, pero sus ojos todavía están llenos de vitalidad. Cuando habla del pasado, le gusta ser positiva: “Estoy agradecida, de todas maneras. Al menos aprendí estonio”, añade con una sonrisa.

Fotografía de Yury Goldenshtein, usada con permiso.

Marina Ilyina nos comenta que los votios siempre han sido un grupo bastante cerrado, que viven cerca de la frontera de Rusia y en comunidades relativamente pequeñas. Los que residen en esas zonas se han comprometido también a conservar sus costumbres locales.

“Tuvimos nuestras propias tradiciones, que son muy antiguas. Por ejemplo, cuando era una niña, recurríamos a unas ancianas que curaban las enfermedades mediante hechizos. Hacían desaparecer por arte de magia los moretones, las enfermedades de la piel y de los ojos, y pensaba que eso era normal –que todos lo hacían”, comenta Marina.

En la actualidad, la cultura votia ya no es ilegal, por lo que son libres de revivir y rescatar las tradiciones que puedan. Cada verano, Luzhitsy celebra su día, y las personas de las áreas aledañas llegan a este lugar para escuchar a las ancianas votias cantar canciones populares en su lengua nativa.

Una versión más extensa de este artículo apareció originalmente en el sitio web ruso Bumaga, realizado por la periodista Viktoria Vyzatysheva y el fotógrafo Yury Goldeshtein.
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