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Nuevas políticas de inmigración impulsan a más estadounidenses japoneses a participar en el radical acto de recordar

Los participantes de un evento en Nueva York en 2002 sostienen carteles representando cada uno de los 10 campos de concentración para japoneses estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. Tsuya Hohri Yee sostiene el cartel de Manzanar, donde su familia fue encarcelada durante la guerra. Dice que las órdenes de inmigración del presidente Donald Trump han supuesto un duro golpe para ella. Crédito: Cortesía de Tsuya Hohri Yee

Esta historia de Natasha Varner apareció originalmente en PRI.org el 17 de febrero de 2017. Se reproduce aquí como parte de una colaboración entre PRI y Global Voices.

La familia de Tsuya Hohri Yee fue encarcelada por el gobierno de Estados Unidos. Se les consideró una amenaza a la seguridad nacional debido a su ascendencia. Por eso, las órdenes ejecutivas del presidente Donald Trump dirigidas a los refugiados y a ciertos inmigrantes suponen un duro golpe.

“La noticia me golpeó como una tonelada de ladrillos y mi corazón se hundió al darme cuenta de que otras comunidades iban a enfrentarse a lo mismo que nosotros hace 75 años”, dice Yee en un correo electrónico.

Yee es una neoyorquina de 41 años. Los miembros de su familia estadounidense-japonesa estaban entre los 120.000 civiles de ascendencia japonesa que fueron encarcelados en campos sin juicio o causa justa durante la Segunda Guerra Mundial. El encarcelamiento se produjo por una orden ejecutiva firmada por Franklin D. Roosevelt el 19 de febrero de 1942.

La orden de Trump, firmada el 27 de enero, prohíbe a refugiados e inmigrantes de siete países predominantemente musulmanes entrar en Estados Unidos. Desencadenó un debate acalorado y, en su rápida implementación, caos en los aeropuertos. Aunque algunos aceptan la prohibición como un paso necesario para proteger la seguridad nacional estadounidense, otros están disputando su moralidad y legalidad en salas de justicia por todo el país.

Yee sintió algo diferente.

“Esta orden desencadenó una veloz resistencia en la que miles de personas mostraron su rechazo de la prohibición —algo que no sucedió en el caso de nuestra comunidad”, dice. “Ha sido inspirador ver a la gente salir y actuar de formas nuevas y colaborativas”.

Yee, estadounidense, china y japonesa de herencia mixta y cuarta generación, es copresidenta del Comité del Día de la Conmemoración de Nueva York. El grupo se dedica a preservar la historia del encarcelamiento estadounidense-japonés, y trabaja para evitar que otros grupos sufran injusticias similares.

“En el fondo, entendemos la necesidad de que haya vigilancia, la responsabilidad que todos tenemos como un grupo afectado por racismo tan específico, de alzar la voz y nunca olvidar”, dice Yee. “Encarnamos la realidad de que algo tan horrible puede ocurrir —ocurrió”.

Yee no es la primera de su familia que utiliza el recuerdo del encarcelamiento estadounidense-japonés como plataforma de activismo. Su abuelo, William Hohri, fue activista de los derechos civiles y uno de los principales denunciantes en un juicio colectivo en 1983 contra el gobierno de Estados Unidos por lesiones sufridas a consecuencia del encarcelamiento en la Segunda Guerra Mundial.

“Marcó la pauta para nuestra familia en nuestra postura acerca del internamiento —estuvo mal, deberíamos denunciarlo en cada oportunidad”, dice Yee.

El tío abuelo de Tsuya Hohri Yee, Sohei Hohri, sirvió como otra fuente de inspiración. Mientras estuvo encarcelado durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó como voluntario en la Aldea Infantil de Manzanar, un orfanato donde niños huérfanos estadounidense-japoneses estuvieron encarcelados. Se convirtió en un querido artista y librero en Nueva York, antes de fallecer el año pasado. Crédito: Cortesía de Tsuya Hohri Yee

Y generaciones de su familia lo han hecho. La madre de Yee, Sasha Hohri, trabajó junto a las activistas Yuri Kochiyama, Akio Herzig-Yoshinaga y Michi Weglyn, entre otros, para recoger testimonios de supervivientes del encarcelamiento para la Comisión para la Reubicación en Tiempos de Guerra y el Internamiento de Civiles.

Las historias que ayudaron a recoger terminaron conduciendo al presidente Ronald Reagan a firmar el Acta de las Libertades Civiles en 1988, que concedió una indemnización económica y una disculpa oficial a quienes vieron sus vidas afectadas. La ley reconoció que el encarcelamiento estadounidense-japonés fue motivado por “prejuicios raciales, la histeria en tiempos de guerra y la falta de liderazgo político”, no una política sensata de seguridad nacional.

En febrero, Yee y su familia conmemoran el 75 aniversario de la orden ejecutiva que cambió sus vidas. Y se les unen miles de estadounidense- japoneses para quienes el acto de conmemoración del encarcelamiento de su comunidad durante la guerra es por sí mismo un acto radical.

Laura Hibino Misumi, de 29 años, y Jessica Yamane, de 28, conocen bien la importancia de la conmemoración. En noviembre, tras oír a Carl Higbie, sustituto de Trump, decir en el programa de Fox News de Megyn Kelly que el encarcelamiento estadounidense-japonés es un precedente para un registro musulmán, sintieron que tenían que recuperar esa historia y mostrarse en solidaridad con los estadounidenses musulmanes.

Ambas son coautoras a partes iguales de “We Remember (Recordamos)”, una carta abierta y llamada a la acción para traer al presente el pasado estadounidense-japonés: “Recordamos haber tenido que vender toda una vida de Sueño Americano a los chatarreros por centavos. Recordamos muy bien haber empaquetado pertenencias de valor para nosotros para que fuesen almacenadas en iglesias y baños públicos, prometiendo un regreso que nunca llegaría”.

“Recordamos habernos colocado en fila frente a los autobuses, a niños sentados en el equipaje, con etiquetas en la solapa, una manzana en la mano, sin saber a dónde íbamos”.

“En cuestión de meses, todos los nikkei (emigrantes de origen japonés) habíamos sido desplazados a la fuerza de la costa oeste”.

“En nombre de la seguridad nacional. En fomento de la guerra”.

Finalizan con un desafío: “¿Cómo podemos usar nuestras historias para hilar narraciones de resistencia y cómo podemos transformar estos diálogos de palabras a acciones?”.

“Un montón de textos sobre el encarcelamiento y otras atrocidades se escriben utilizando la frase ‘Nunca olvides’”, dice Misumi, una yonsei, o estadounidense-japonesa de cuarta generación. “‘Nunca olvides’ es poderoso, pero el curso de la historia nos ha demostrado que la gente sí olvida y, más importante, muchos nunca han llegado a saber lo suficiente para olvidar”.

“Sentí que para los que sí recordamos, y que tenemos una conexión personal con estos hechos, es muy importante que la conmemoración sea algo activo. Recordar es un acto de resistencia”.

Laura Hibino Misumi y Jessica Yamane se conocieron durante su curso de orientación para la Escuela de Derecho de la Northeastern University. Aquí, están haciendo manju en una celebración tradicional japonesa de Año Nuevo a la que asistieron juntas durante su época en Northeastern. Años más tarde, siguen en contacto aunque se han trasladado a Nueva York y Los Ángeles, respectivamente. Crédito: Cortesía de Laura Hibino Misumi

Miembros de la familia de Misumi fueron encarcelados temporalmente en los centros de detención de Tanforan y Santa Anita, antes de pasar más tiempo en los campos de concentración de Topaz, Gila River y Rohwer. Sus padres se conocieron en los años 60 cuando ambos se estaban organizando en el área japonesa de San Francisco. Al igual que la madre de Yee en Nueva York, ellos también trabajaron juntos para que los supervivientes testificasen para que les concediesen una indemnización.

Yamane se describe como 100% china, 100% japonesa y 100% estadounidense. Su abuelo sirvió en el 100° batallón de infantería durante la Segunda Guerra Mundial. Su mejor amigo murió en sus brazos en el campo de batalla, y fue uno de los tres hombres de su compañía que regresaron a Estados Unidos. Sufrió un “intenso trauma psicológico” y, como consecuencia, hablaba muy poco sobre su pasado.

“Aprendí lo que sé por comentarios aislados que escuché, y me he aferrado con fuerza a estas anécdotas intentando conectar las piezas”, dice Yamane. “Me gusta pensar que mis ancestros estarían orgullosos de mí. Me gusta pensar que la vida que he elegido nació de esas semillas de resistencia que mis ancestros plantaron involuntariamente”.

Tras las elecciones presidenciales, conectar esos puntos históricos ha sido todavía más importante para Jennifer Hayashida, profesora de la Hunter College. Cuando su clase de “Nación, Propiedad, e Identidad Asiática” se reunió por primera vez tras las elecciones de noviembre, sus alumnos se sentían derrotados. Algunos incluso lloraban, dice Hayashida.

Pero la descripción detallada de Mine Okubo de su experiencia encarcelada fue la siguiente lectura en el temario. A los estudiantes les conmovieron tanto las similitudes entre la historia de Okubo y la política de hoy en día, que quisieron actuar.

A principios de diciembre, el grupo viajó a la Torre Trump en Manhattan y se apostaron en la recepción como parte de una serie de lecturas conocida como “Learn As Protest (Aprender como protesta)”. Entre paredes de mármol austeras y decoración navideña, la clase empezó a leer al unísono, dando vida a las páginas de las sobrias descripciones de Okubo de pérdida e indignidades en el campo de concentración de Manzanar en California.

“Estábamos cerca de la libertad, y aun así estábamos lejos. El tranvía de San Bruno bordeaba el campamento por el este y la autopista principal por el sur. Muchos coches pasaban todos los días. Las torres de vigilancia y el alambre de púas rodeaban todo el centro. Los guardas vigilaban día y noche”.

Un guarda de seguridad de la Torre Trump confundió sus palabras con un canto. Hayashida dice que “no parecía poder entender el que estos estudiantes estadounidense-asiáticos estuviesen haciendo algo que no fuese lo que él vio como una protesta religiosa”.

A los estudiantes se les pidió que se retirasen en múltiples ocasiones, pero siguieron leyendo mientras se iban. Terminaron en la acera de enfrente, donde los transeúntes se detenían a escuchar y hacer preguntas.

Para muchos de los alumnos de Hayashida y generaciones de activistas estadounidense-japoneses, la conmemoración ha sido sin duda un acto radical.

“No estoy segura de cómo la protesta en sí impactó a los espectadores en la recepción del edificio o después en la calle, pero puedo afirmar que realmente transformó a algunos de los alumnos”, dice Hayashida en un correo electrónico. “En especial a quienes nunca habían participado en ninguna protesta social y que se habían visto más como espectadores que como participantes activos de la historia”.

Este texto fue escrito en colaboración con Densho, una asociación sin ánimo de lucro de la historia pública estadounidense-japonesa con sede en Seattle, donde Natasha Varner escribe y bloguea.

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