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¿Qué se necesita para combatir el autoritarismo digital en el Sudeste Asiático?

Inauguración de la XXXIV Cumbre de ASEAN, junio de 2019 en Tailandia. Fuente: ASEAN

Este artículo está basado en el discurso de inauguración del autor en la I Cumbre de Medios Ciudadanos de Global Voices Asia-Pacífico el 2 de junio de 2019 en Taipéi (Taiwán).

El ascenso al poder de alguien como el presidente filipino Rodrigo Duterte, que se hizo globalmente célebre por iniciar una sangrienta campaña contra las drogas ilegales, está vinculado a la manipulación de las herramientas de información en línea por parte de populistas que acaban dominando elecciones.

Ciertamente, Duterte admitió haber contratado en 2016 a un ciberejército para desarrollar una campaña centrada sobre todo en el uso de medios sociales para promover su candidatura. Luego, su gobierno fue acusado de desplegar troles en línea para distorsionar los debates públicos difundiendo desinformación. También se le ha criticado por acosar a los medios mientras incentiva al público con propuestas para controlar internet.

Por tanto, no sorprende que muchos asocien el ascenso de Duterte con la alarmante tendencia al “autoritarismo digital”.

Pero no se puede culpar simplemente a internet por posibilitar la victoria de políticos como Duterte, que es nuevo en una región dominada por regímenes autoritarios que llegaron al poder años antes de que el uso de medios sociales se generalizara. Por ejemplo, Hun Sen fue elegido por primera vez primer ministro de Camboya en la década de 1980. Los militares tailandeses perpetraron 12 golpes de estado en el siglo XX. El partido gobernante en Singapur lleva en el poder desde la década de 1960, y en Malasia gobernó la misma coalición desde la década de 1950 hasta su derrota en 2018. Brunéi es una monarquía absoluta, y Vietnam y Laos son estados comunistas.

Si se aplica a Filipinas y al resto del Sudeste Asiático, el autoritarismo digital se refiere cómo internet se ha convertido en un arma que defiende los regímenes autoritarios existentes. Esto implica que muchas herramientas en línea pensadas para la potenciación de los ciudadanos se utilizan para la vigilancia masiva y la promoción de discursos del odio divisivos. Refleja las acciones de estados represivos y paranoicos que buscan impedir el ascenso de las fuerzas de oposición por medio de la destrucción de conexiones y solidaridades entre comunidades, y de espacios virtuales de resistencia.

Legislación contra el cibercrimen

Muchos estados de la región han centrado sus esfuerzos en domesticar el “alborotador” internet. La legislación de internet se orienta a menudo a promover objetivos de seguridad nacional, proteger el interés público y preservar el estado de derecho. Al moldear la opinión pública, los Gobiernos comprometidos han racionalizado sus acciones invocando la exigencia de proteger al público de los males en línea. Con frecuencia se acogen a la necesidad de armonía social, tranquilidad pública y defensa de la moral y la historia del país. Por ejemplo, Indonesia intenta censurar la pornografía y los “actos obscenos”, mientras que Malasia cita la armonía racial cuando elimina contenido ofensivo en internet.

El primer conjunto de leyes contra el cibercrimen pretendía actualizar las draconianas regulaciones de los medios, y hacerlas aplicables en la era de los medios sociales y los teléfonos inteligentes. Los Gobierno de toda la región han aprobado leyes y ordenanzas sobre calumnia y difamación en línea. Lo que tienen en común el decreto n.° 72 de Vietnam, el artículo 66(d) de Birmania, las prakas (regulaciones) de medios sociales de Camboya y la Ley de Ciberdelitos de Tailandia, combinada con la ley de lesa majestad, es el intento de criminalizar cualquier actividad en la red que sea considerada subversiva o una amenaza pública a ojos de las autoridades.

La prioridad actual es lograr un consenso para justificar la aprobación de leyes contra las llamadas “noticias falsas“. En mayo, Singapur aprobó una ley que define las noticias falsas: “una declaración será falsa si es falsa o engañosa, ya sea toda o en parte, de forma aislada o en el contexto en el que aparece”. Los grupos de medios tenían razón al calificar la medida de orwelliana. Este tipo de leyes son demasiado generales y excesivamente imprecisas, pero brutalmente precisas en su objetivo contra la libertad de expresión.

El autor durante su presentación en la Cumbre de Global Voices Asia-Pacífico en Taipéi.

El modelo chino

En los reportajes de los medios, se suele considerar que el método de reprimir sistemáticamente la libre expresión es la adopción del llamado “modelo chino”. Apunta al uso de sofisticadas tecnologías por las fuerzas de seguridad para controlar a la población local, y concretamente, la conversión de la burocracia en un arma para silenciar la disidencia.

Esto es correcto solo en parte, porque China no es culpable de lo que sucede en los distintos países asiáticos. Aplicado a la región, el “modelo chino” resulta aún más siniestro, por cómo se fusiona con los modelos locales de opresión para crear una mezcla letal de herramientas y procesos que refuerzan los atributos autoritarios de los Gobiernos.

¿Cuáles son estos instrumentos locales de opresión? Leyes anticuadas de medios, nuevas medidas contra el ciberdelito, agencias de seguridad diseñadas para amordazar a la población, organismos que acatan las directrices del partido gobernante e instituciones sociales coaccionadas para que se autocensuren y eliminen cualquier pensamiento crítico.

Hablar de “autoritarismo digital con características chinas” sin explicar las maquinarias censoras de la región sería probablemente exagerar el papel de China en la ecuación general de la opresión, y haría más difícil reconocer la impunidad con que operan estos regímenes perversos.

Porque los Gobiernos del Sudeste Asiático no se han hecho autoritarios repentinamente, inspirados por lo que hace China. Ya tenían leyes represivas sobre difamación, sedición y filtraciones. Lo que han tomado de China, en principio, fue el valioso apoyo político de ese país, además de licencias para importar hardware de vigilancia y técnicas totalitarias para reforzar los métodos nativos de control de la población local. Esto ha dado como resultado una espeluznante mezcla de herramientas digitales y tradicionales de opresión para preservar el gobierno de déspotas y destruir la esperanza de un futuro alternativo, cuyo impacto político no se limita a suprimir la libertad de expresión, ya que tiene potencial para manipular elecciones, socavar procesos políticos y destruir responsabilidades.

De Asia a Silicon Valley

¿Hay alguna salida a la situación en la que nos encontramos? ¿Podemos quebrantar el gobierno de los autócratas? ¿Cómo podemos reclamar la esperanza y el potencial que tiene internet para reforzar nuestra visión democrática? ¿Cómo podemos afirmar nuestras demandas cuando los resultados de las elecciones se manipulan digitalmente, el discurso público se contamina con desinformación y las instituciones son rehenes de leyes arcaicas?

Me atrevería a decir que debemos volver a la base de la organización política. Las bases deben luchar no solo contra las noticias falsas, sino también contra el cinismo, al tiempo que plantamos las semillas de la esperanza en un nuevo futuro político. Si queremos nuevas leyes, el punto de partida no son los grupos de presión, sino la educación política de nuestras comunidades. Queremos movimientos sociales respaldados por una fortaleza política real que puede implicar a poderes tanto empresariales como burocráticos. Nuestra esperanza reside en una sólida sociedad civil que puede tener impacto desde Asia a Silicon Valley.

A través de la organización política podemos formar nuevas asociaciones con varios sectores que pueden contribuir a la campaña. Estudiantes, escritores, trabajadores, agricultores, programadores de software, cada uno de estos grupos tiene un papel en esta lucha contra lo que llamamos autoritarismo digital.

Debemos tratar las raíces del conflicto en la sociedad, atacando los problemas más profundos engendrados por las políticas económicas con tendencia a actuar contra los pobres, y desarrollar poder en la esfera local para cuestionar el nefasto impacto de los gobiernos de las élites. En otras palabras, debemos trabajar directamente para combatir las fuerzas y cambiar las condiciones sociales que, de entrada, permiten que los autoritarismos reclamen el poder. La tecnología será nuestra aliada en esta larga lucha, pero será el pueblo —sobre todo, el pueblo— el que liderará el esfuerzo.

Así que no es ni una revolución de medios sociales ni una revolución digital lo que nos salvará de las garras del autoritarismo digital, será nada menos que una revolución del poder popular.

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